Episodios.
exstaciie - CLASSIC FICTION - 814 words
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Summary
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Verano era Canelones, la Floresta, los gritos alegres o enojados de padres, madres e hijos. Verano era levantarse temprano para ir a la playa, aprender a leer la hora mientras papá dormía la siesta, escuchar música para niños y en la tarde comprar, en una odisea interminablemente fantástica, caramelos. Verano era todo eso, y me gustaba. Mi traje de baño azul con frutillas, mi abuelo enseñándome a diferenciar pescados y a plantar flores. Por algún motivo recuerdo muy poco de eso, episodios separados, perdidos.
Recuerdo una moneda de dos pesos en esas máquinas que pregonan saber tu peso y tu altura, y tus números de la suerte y tu destino. "Olvida el pasado y sé feliz", me dijo la máquina endiablada durante un verano en que todo lo que me afligía era el pasado. Y hoy recuerdo y pienso que no podía ser así, porque a esa edad, ¿qué pasado tenía yo? Siempre fui propensa a la nostalgia, a llorar por errores estúpidos y viejos y presentes, siempre presentes.
Recuerdo caminar al lado de lo que para mí era la presencia del verano, riendo, llorando. Mamá empujaba un carrito azul oscuro, que apenas se diferenciaba del color de la noche de Floresta. Y adentro, dormida, Mariana.
Recuerdo también a mi abuelo, la otra mitad de las presencias de mis veranos, parado en la orilla del mar, contamplativo. Lo recuerdo uniéndose a mí en mis baños interminables, enseñándome, entre tantas otras cosas, a saltar más alto en las olas, a evitar las peleas con todas esas otras niñas que cantaban: "la venganza nunca es buena..."
Recuerdo los juegos de Tejo en el fondo de la casa alquilada, el balde amarillo con una agua viva medio putrefacta que euivalía, en mi imaginación, al dragón gigante y feroz que separaba a la princesa del mundo, o al mundo de la princesa.
Recuerdo un verano distinto, excepcional, un techo demasiado bajo y un avanzar arrodillados, riendo.
Recuerdo a papá, dibujando con el dedo sobre mi rodilla una explicación de cómo dos padres podían quererse y no estar juntos, de cómo yo no iba a sufrir eso porque ambos me querían y todo lo que les preocupaba era que yo estuviera bien. Recuerdo que lo entendí, y que no me preocupé. Porque, después de todo, ya era hora de almorzar.
Pero en algún momento Canelones se convirtió en Rocha. Mi verano dividido fue doblemente rochense y a ratos, ya con un dejo de nostalgia acumulada, canario. Verano era Rocha. La gente siempre sonriente, jóvenes y algunos pocos no tan jóvenes produciendo polvo anaranjado mientras deslizaban, sin pereza, sus sandalias por la callecita de piedras. La ropa de colores, las olas, la enorma devoción a las olas. El arroyo Valizas. Pez de Color. Esos recuerdos inútiles que no tienen demasiado sentido. Pero mamá estaba contenta, a mí siempre me bastó con eso.
Mi vestido rojo y blanco, la mujer de pelo desprolijo que alguna que otra vez nos hizo trenzas. Aquellos almuerzos afuera, complicados pero placenteros. Un par de adolescentes pasando y ofreciéndonos, tal vez orgullosos, corbinas a precios razonables. Qué sabría yo.
Paseos a caballo y fotos. Fotos, fotos.
Jaureguiberry, el bosque enrevesado, hamacas improvisadas y cuevas descubiertas. "A mí me criaron los indios, mucho después llegué acá." Puñales que era troncos y eran un sello nuestro en los laberintos de maleza, nuestra marca en la eternidad más próxima.
Toda esta etapa fue mucho más corta, y la recuerdo con ifinita precisión. Es curioso. Días como hoy, en una playa que nunca fue mía, con una arena de textura intrusa, diferente, y un cielo de un color totalmente distinto, me pregunto por qué dejé de recordar lo que me gustaría recordar. Me pregunto cuántos episodios separados y perdidos me olvidé por completo.
Y en algún otro momento llegó un Abril cualquiera, un Abril tan melancólico como cualquier otro Abril. Un Abril que tuvo un sábado 23 en que me interrumpieron de golpe, lastimaron mi continuidad y caí y lloré.
En algún momento de la tarde, o la noche, de ese veintitrés de abril dejé algo atrás, acaso varias cosas. En ese momento olvidé, crecí. Mis dos presencias de verano se convirtieron en una sola. Y, acaso por la mutua dependencia, o porque no puede haber mitad sin entero, antes del siguiente verano ya no había presencias.
Hay veranos, pero no hay sustancia. Realmente lo lamento, y puede que hiera, pero no alcanzaron seis años para hacerme encontrar nuevas presencias de verano. No creo que alcance la vida. Ahora los veranos me cuestan, me duelen, me pesan.
Hoy asumí, por primera vez en todo este tiempo, que no es necesariamente malo. Entendí que en la playa puedo cerrar los ojos y pensar lo mismo que pienso acá, ahora, todo el tiempo en todos lados.
Sólo que de un modo más lento, más atormentado por la nostalgia.








