Es también la anfisbena.

exstaciie  - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 497 words

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Summary

"Enderezaste tus pasiones hacia tu meta suprema, y entonces se convirtieron en tus virtudes." Nietzsche.

"Enderezaste tus pasiones hacia tu meta suprema, y entonces se convirtieron en tus virtudes." Nietzsche.

Dios en una cornisa, a punto de suicidarse. Y la gente sólo veía a un hombre cualquiera, mirando tentativamente hacia abajo y acobardándose al instante. Por eso no miraban demasiado. Porque querían seguir fingiendo que no les importaba. Porque querían seguir fingiendo que iban a poder vivir de un modo completamente normal si ese tipo se mataba ahí, frente a sus ojos. Asimilar esa actitud que la sociedad pregona tanto, de cada uno vivir en su pequeña islita en medio del inmenso mar de la realidad, lleno de criaturas marinas de lo más desagradables. Pero en el fondo saben que cuando pasaron por ahí, caminando, fingiendo desentendimiento, sintieron que eso que estaba pasando, que dejaron solamente en las manos de la prensa sensacionalista, era importante.

Sólo algunos se iban quedando a mirar. Se paraban ahí, mirando para arriba con expresiones fijas que denotaban alguna emoción entre asombro y compasión infundada. Algo les decía que la situación era digna de tristeza y entonces, aunque no la notaran realmente, se esforzaban en mostrar que comprendían realmente que la situación era digna de tristeza. Y la seriedad atraía a otros tantos fortuitos transeúntes. Y, pronto, se había armado una pequeña multitud.

Por otro lado, también era posible que ese hombre no supiera que era Dios. Era posible que ese hombre no entendiera que, si se mataba, iba a destruir la coherencia de la arcaica confianza ciega que la gente denominaba “Fe”. Era posible que ignorara que muchas de las personas que lo observaban dedicaban su vida a él. Era posible que Dios, consciente y conocedor, mientras al borde de una muerte premeditada, se permitiera el egoísmo y deliberadamente olvidara la presión infundada por el brillo asustado en los ojos de aquellos pocos que habían sido enseñados en la supremacía de la vida, en el aterrado respeto a la muerte.

La pequeña multitud comenzó entonces a inquietarse. Esperaban ver algo más de ellos reflejados en el hombre de la cornisa. Esperaban verlo, cuanto menos, algo nervioso. No era normal en un suicida cualquiera esa expresión de calma, esa postura desafiante, esa singular monotonía o acaso expectación. Ese hombre no sufría, sólo necesitaba hacerse una vez más conocedor de la muerte.

Una mujer estornudó.
- Salud –gritó Dios. Los metros que lo separaban de aquellas personas parecieron, por un instante, menos de los que era en realidad. La mujer, sin comprenderlo realmente, tomó ese simple sustantivo como una sentencia. Y, mientras Dios se soltaba finalmente al no tan intimidante vacío, sintió por él cierta simpatía.

Murió mucho antes de llegar al suelo.

Los pocos niños presentes se voltearon para no ver al golpe. Los que elegían no saber, cerraron los ojos con lentitud y pronunciaron internamente algunas palabras de absolución. Los que habían sospechado, esbozaron una media sonrisa. Alguno de ellos se permitió pensar que algún día podría referir esa historia sólo cambiando algunos detalles. Y que, por qué no, le creerían.

Todos los demás, ajenos al efímero disturbio, continuaron sus rutinas en la torva alegría de la ignorancia.

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