Los Fenoglio

Gideon Kramer  -  - 6145 words

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Summary

Una familia. Una distorsión mental. Un niño regordete en el medio que deberá crecer para satisfacer los vicios más sangrientos de sus padres. Carne humana.

Una familia. Una distorsión mental. Un niño regordete en el medio que deberá crecer para satisfacer los vicios más sangrientos de sus padres. Carne humana.

LOS FENOGLIO


Sus ojos estaban rojos como un par de guindas bien maduras que exaltaban jugo de sólo verlas. Su cuerpo temblaba y su paladar palpitaba con frenesí. Las paredes de su garganta luchaban en vano por expulsar la molestia que las aquejaba. Sólo fue cuestión de segundos para que el rojo enfermo de su mirada se tornara blanco…
-¡Volvió los ojos! -gritó Elina, llamando a su marido. Éste entró azotando la puerta con una sonrisa dentada que surcó su rosto cual herida recién abierta.
-¡Está listo!
Elina sacó el brazo del interior de la garganta de su sobrino y se relamió los dedos. Masculló algo entre dientes y luego se enderezó. El niño rechoncho cayó hacia atrás, suavemente, quedando con el torso sobre la mesa de la cocina y sus piecitos de toro colgando inertes.
-Dio lucha, pero nada que no se pudiera manejar -se felicitó Elina, torciendo la boca hacia su marido, sin quitar la vista del cadáver.
-Perfecto -proclamó el hombre-, excelente.
Las primeras luces de la mañana se colaron por el ventanal que había sobre las hornallas, junto a la heladera. Un gallo cacareó hasta carraspear y enmudecerse, oculto, desde alguno de los cinco galpones de chapa anexos a la casa. Luego, el hogar de los Fenoglio volvió a sumirse en silencio.
El marido se asomó por la ventana:
-¿Seguís sin encontrarlo?
-Sí -maldijo la mujer-, gallo de mierda. El día que lo encuentre, no voy a darle tregua: vamos a comerlo crudo.
El cuerpo sobre la mesa dio un sacudón post-mórtem y la mujer pegó un brinco hacia atrás. No perturbada a causa del movimiento, sino porque temió que el niño vomitara. Todos aquellos líquidos e ingredientes que habían quedado a mitad de camino -estancados por su brazo- debían recorrer uno de los dos trayectos básicos. A veces (la mayoría de ellas, podría asegurar Elina) bajaban hasta el estómago nuevamente. Otras, salían al exterior. Caso que, de haber resultado así, la habría llevado a tener que asearse y cambiarse la ropa. Y ella detestaba arruinar su ropa.
En ese momento, Ángelo entró a los bostezos en la cocina. El padre corrió a pararse frente a él, antes de que el niño tuviera la oportunidad de poner los ojos en el desayuno.
-Andá, cambiate -ordenó Roberto. Su voz era ronca y no hacía juego con su contextura desproporcionado de tonos amarillentos. Su cabeza, con un corte de cabello al ras, parecía la punta de un fósforo sin encender-, sabés que no podés desayunar en pijamas. Dale, dale -comenzó a instar a su hijo, mientras lo empujaba fuera de la habitación-, andá, lavate la cara, Ángelo, tenés lagañas hasta en la boca.
Padre e hijo desaparecieron al final del comedor, tras una puerta corrediza de algarrobo.
Elina suspiró aliviada.
Puso manos a la obra.

Los ojos de Ángelo eran azules. Tan azules que en los días de lluvia se tornaban turquesas y en los días de niebla, completamente grises. Era como si la bruma se viera forzada a meterse dentro de sus globos oculares, y debiera estancarse allí. Pero eso sólo funcionaba con la niebla natural, no con el humo ni con el vapor de agua.
El chico comenzó a lagrimear y al fin parpadeó. Limpió el espejo del baño con las manos y se cepilló los dientes con desgano. Esperó a que el chorro de la canilla se enfriara y luego llenó un vaso para enjuagarse la boca. El niño pensaba que algún día tendría el poder de cambiar sus ojos de color, que sólo debía mantenerlos bien abiertos y concentrarse, lo suficiente como para que el vapor del agua entrara por las comisuras -o los pocitos rojos, según él, donde se formaban las lagañas- y los poseyera por completo. Sería algo estupendo, ninguno de sus compañeros de clase tendría algún poder que se le asimilara; algunos podían escupir con cerbatana y romper un vidrio o levantarlo a él del cuello sin esfuerzo alguno, pero nada como lo que él podría hacer si lograba cambiar sus ojos de color. Todos los niños le temerían y dejarían de llamarlo Zanahoria. ¡Por supuesto que le tendrían miedo! La señorita Izaguirre les había contado una vez que los ojos eran la entrada al alma; y eso significaba que si se tenía el poder sobre la esencia misma de una persona, ¿qué impedía ejercer poder sobre otras más débiles? ¿Y hacer con éstas lo que uno quisiera?
Tenía sentido, ¿no?
Pero aquella tampoco fue su mañana. Aún no era su momento para jugar a ser Carrie White. Y nunca lo sería; no por el tiempo suficiente.
Una vez que el vapor desapareció del todo sobre la cara del espejo, este le devolvió a Ángelo su verdadero reflejo. El chico aún no estaba en edad de preocuparse -estética y conscientemente- acerca de su sobrepeso, pero cada vez que veía sus cachetes redondeados y sus labios hundidos entre estos dos globos de carne blancuzca y pecosa, sentía que algo no andaba bien. Sus compañeros eran más altos que él y delgados, sólo César Voltarel, que tenía trece años, era robusto y de brazos anchos y marcados; daba la impresión de poder arrancar arboles con las manos. Ángelo siempre quiso burlarse de sus dedos; que eran diez cilindros gordos que le recordaban a un pedazo de mortadela Paladinni que venía envuelta en un plástico rojo con la misma forma, pero bien sabía que si abría su boca frente César; al cerrarla, ninguno de sus dientes volvería a reacomodarse en su lugar.
Eso no era todo. A pesar de que todos los niños eran provenientes del campo, donde un desayuno abundante y surtido era lo más común, ninguno de ellos comía las mismas especialidades que la mamá de Ángelo preparaba.
Cuando el niño retornó a la cocina, más de la mitad de la mesa estaba ocupada por platos de diferentes tamaños y colores (a causa de los diferentes tipos de glaseado con los que estaban recubiertos). El aroma que entró por sus narices era el mismo que todas las mañanas.
-Mamá -proclamó Ángelo, decidido. Creyó que ya era momento de plantarse firme ante sus padres-, ¿todo esto no te parece demasiado? ¿Por qué tengo que desayunar todas estas cosas dulces?
Elina utilizó su única excusa, la cual no había tenido variaciones ni cambios desde que comenzó a utilizarla unos seis meses atrás.
-Porque estás en etapa de crecimiento y debés alimentarte correctamente, Ángelo, por eso.
El niño se acercó a la mesa y corrió la silla para sentarse.
-¿Correctamente? ¿Esto te parece correcto? Hemos dado la pirámide alimenticia en la escuela y la maestra siempre nos cuenta cuales son los alimentos que integran un desayuno balanceado, y esto no se parece en nada a lo que ella nos enseñó.
-Eso es porque tu maestra no tiene hijos -Elina esbozó una sonrisa y le sirvió a su niño una taza gigante de leche chocolatada caliente con más de cinco cucharadas soperas de azúcar-. ¿Cómo puede saber sobre alimentar a un hijo si nisiquiera tiene uno? ¿Eso te parece correcto a vos?
Sonaba razonable. Ángelo suspiró con pesadez y tomó asiento.
Antes de comenzar a beber de la taza humeante que delineaba a un Garfield sonriente abrazado a un Odie despintado, el niño notó que faltaba algo sobre la mesa. Se encorvó en su lugar, con ojos entrecerrados, lo buscó atento entre todos los platos de torta, potes de dulce y mermeladas varias. No lo halló por ninguna parte.
-Mamá.
-¿Sí, querido?
El niño carraspeó.
-¿Dónde está la taza de Gino?
-Gino se fue, Ángelo.
-¿Ya?
-Sí, querido.
-¿Me dejó algo?
-Por supuesto -asintió la madre, mientras cortaba en triángulos perfectos una torta de hojaldre que rezumaba dulce de leche al contacto del cuchillo-, como todos, hijo.
Ángelo estiró el brazo y tomó una rebanada de torta rusa, que además de ser su favorita, era la más cercana; le untó mousse de chocolate, le colocó algunos confites de colores, la remojó levemente en caramelo y luego le esparció coco rallado. Después, su madre le obligaría a hacer lo mismo, sólo que con las rebanadas de las tortas restantes. Pero a Ángelo ya había dejado de importarle todo eso aquella mañana; por un momento, olvidó lo de su peso y desayunó ansioso; ya que una nueva sorpresa lo esperaba en su habitación.

Un brillante moño turquesa se apoderó de su atención. Ángelo jadeó de la emoción y tomó el paquete, envuelto en papel de regalo navideño, que se hallaba sobre su cama. Un fulgor desquiciado brotó de su mirada. Esperaba con toda su alma que dentro de la caja estuviera la pieza que le faltaba para completar, de una vez por todas, su rompecabezas…
Lo habrá deseado lo suficiente, porque eso fue lo que encontró.
-¡Mamá! -gritó, llamándola.
Elina ya se encontraba bajo el marco de la puerta.
-¿Sí, hijo?
-¡Mirá, Gino me dejó la parte que me faltaba!
La mujer permaneció en silencio unos segundos antes de hablar.
-Qué bien, amor -dijo al fin, y se cruzó de brazos-. Pero ponete a jugar después, ahora tenés que prepararte para la escuela. Aunque, ¿sabés qué? Dale, te dejo un ratito, si querés, pero no mucho. Acordate que papá te espera en la camioneta.
-Bueno -asintió el niño. El brillo aún flotaba en sus ojos.
En esos instantes era cuando Elina sentía algo de remordimiento por las cosas que la vida misma le había llevado a hacer. Esas cosas terribles, que la marcaron para siempre. Sin embargo, la sensación no tardaba en desvanecerse. Para ella, esas cosas terribles habían dejado de ser tan terribles hacía tiempo.
Mientras la humanidad de la madre retomaba y se esfumaba con la misma rapidez con la que el humo de un cigarro lo hacía, Ángelo corrió hacia el ropero con su nuevo obsequio entre brazos y abrió la puerta.
Entre su guardapolvo de la escuela y unas pilchas desgastadas, sostenido por un gancho para ropa, colgaba un payaso de madera.
-¡Mirá, Fliz, mirá! -gritó el niño y alzó el obsequio hacia los ojos del muñeco. Luego, lo descolgó con todo y percha, y lo arrojó sobre la cama.
-Es un poco más chico que el otro, creo.
Ángelo se arrodilló frente al maniquí de rulos caoba y mechones verdes, y le tomó el pie descubierto con una mano, mientras que con la otra, sostenía la zapatilla que su primo le había dejado dentro del paquete con moño turquesa. Miró la pequeña topper, con franjas azules y manchas de barro seco sobre la lengua, y la midió con la vista. Entraría algo ajustada, pero calzaría.
Una vez que el trozo de madera que hacía de pie se acomodó en la zapatilla y los cordones estuvieron atados, Ángelo dio unos cuantos pasos hacia atrás y esperó ansioso porque la magia sucediera. Su padre le había dicho que cuando Fliz estuviera completo, cobraría vida, al igual que Pinocho, aquél personaje de cuentos infantiles del cual Ángelo adoraba oír cuando caía en cama con fiebre y el insomnio sólo podía ser curado con la presencia imaginaria de personajes mágicos, que lo hacían desprenderse de la realidad de sus dolores.
Pero ante la sorpresa de Ángelo, Fliz no despertó.
Una decepción abismal se apoderó del chico. Sus sueños de tener un compañero de batalla que lo ayudase a defenderse contra las malicias de César Voltarel y sus secuaces, se estaban esfumando. ¿Tendría que volver al baño y tratar con más empeño lo del control de almas frente al espejo? Tantos años esperando, juntando las piezas que sus primos dejaban, alimentando una esperanza que ahora se veía tan nula como la idea de bajar de peso. Miró al payaso tendido sobre sus sábanas aún destendidas y recordó el camino que tuvo que atravesar: primero había convivido con Marcos (quién había dejado la cabeza); luego Matías (quién había dejado el tronco junto con un brazo); después Joaquín (brazo faltante y ambas piernas); ya casi nunca pensaba en Abel (conjunto de pantalón y camisa a cuadros rojos y negros junto a la primera zapatilla); y por último y con el que menos se había llevado: Gino (la pieza que completó al personaje). Éstos chicos aparecieron en su casa (nunca dos al mismo tiempo), ocuparon sus cosas y, por si fuera poco, no iban a la escuela. ¿Por qué Ángelo tenía que ir a estudiar mientras los demás se quedaban en su casa comiendo su comida, mirando su televisión o tomando su lugar como el favorito de mamá? Eran cuestiones que surgían, de vez en cuando, en la cabeza de Ángelo, pero que se esfumaban con la misma velocidad con que llegaban, puesto que el chico se daba cuenta de que, al final de todo, él nunca rotaba. Sus primos aparecían y desaparecían, uno detrás del otro; pero él nunca se había ido de la casa. Siempre llegaba a la conclusión de que sus padres lo querían mucho más a él, porque de no haber sido así, alguno de sus primos habría ocupado su lugar y él se habría tenido que ir al pueblo, a ese lugar horrible donde, según su madre, acababan los chicos malos.
Tratando de ahogar el llanto que tanta decepción le provocaba, Ángelo tomó su guardapolvo del ropero y se fue con la cabeza a gachas hacia la camioneta.
Papá Fenoglio tendría que dar algunas explicaciones.

-No lo hizo -gruñó Ángelo al cerrar la puerta de la vieja F-100 carcomida por el óxido. Tomó su mochila que ya se hallaba sobre el asiento y la colocó entre sus piernas.
-¿Que no hizo qué? -contestó el padre-. ¿De qué hablás, hijo?
La camioneta comenzó a moverse y la conversación se vio algo opacada por el bullicio mecánico que un descuido en el vehículo producía.
-De Fliz, papá -el chico tuvo que gritar prácticamente-, no lo hizo. No despertó como me lo prometiste. Me juraste que tendría un amigo.
El padre clavó los ojos en el camino y tardó unos momentos en volver el rostro hacia su hijo; su cerebro procesó la respuesta con tal lentitud que Ángelo creyó que aquella sería otra de esas preguntas que no recibiría más que un suspiro por parte de su padre. Como lo habían sido: ¿Papá, cuando voy a conocer a la tía y por qué siempre nos manda algún primo para que viva con nosotros? O ¿Papá, por qué los primos me dejan regalos si nunca nos llevamos bien? O la más recurrente por excelencia: ¿Por qué ninguno es pelirrojo como nosotros?
El hombre se relamió los labios antes de hablar, su tono fue condescendiente, pero se perdió todo rastro de ello al tener que alzar la voz a causa del incesante ruido a metal entrechocando:
-Ángelo, estabas enfermo, volabas de fiebre y, no sé por qué, el decirte eso te hacía dormir. Tuve que mentir para que pudieras descansar.
-Pero…
El padre se llevó por delante unos profundos pozos en la tierra y la Ford se sacudió, dio unos brincos y ambos ocupantes se despegaron del asiento y volvieron a caer de inmediato sobre él, haciendo rechinar los resortes. Roberto estuvo a medio centímetro de dar la cabeza contra el techo.
-Lo siento -carraspeó éste, tratando de estabilizar el vehículo-, Fliz no va a despertar.
Fin de la conversación.
Con un gruñido, el hombre bajó la visera junto al retrovisor para protegerse de la luz; el sol de la mañana los había golpeado de lleno cuando la camioneta entró en la curva habitual (al final del sendero que conducía al casón de los Fenoglio) para subir a la ruta. Franjas amarillas se dibujaron sobre una recta gris; la Ford se estabilizó finalmente y, sin problemas, continuó hasta la entrada del colegio, unos diez kilómetros más adelante. Durante el trayecto, Ángelo se limitó a observar el horizonte en silencio, aquella lejanía celeste y nebulosa recortada por árboles y alambrados.

El ingreso a la escuela estaba señalizado por un cartel amarillo y ovalado. Éste tenía impreso a un niño dando saltitos (una mancha negra que tenía otra mancha más pequeña por detrás que intentaba hacer alusión a una mochila). El movimiento de sus brazos y pies estaba denotado por el dibujo de arcos cortos en cada una de las articulaciones, como la representación de ondas de radio, emanantes de cada extremidad.
Ángelo siempre admiraba aquél dibujo, le sorprendía como unos trazos tan simples podían brindarle la ilusión de movimiento a un mero manchón de pintura. Desde segundo grado, todos sus dibujos en la clase de artes plásticas tenían ese efecto; pero como era habitual, un día se cansó de él y dejó de aplicarlo (lo cual no significaba que no siguiera sorprendiéndole).
La camioneta avanzó por el camino de gravilla hasta entrar en una zona que era llamada La Arboleda Azul, una parcela de arboles altísimos que proyectaban una sombra de lo más acogedora. Se la llamó así porque las copas de los arboles casi tocaban el cielo, era imposible decir con certeza la altura que tenían, ésta era tal que uno se entregaba a la sensación de estar adentrándose en un túnel de hojas y brisas refrescantes que, al salir del otro lado, se hallaría sobre las nubes. Sin embargo, también existía una versión oscura -como todo en la vida- y decían que allí fue asesinado un campesino extranjero, perteneciente a la realeza española. En un malentendido de identidades, este hombre de sangre azul murió desangrado de un corte en la garganta por un par de magantes inmobiliarios. Claro, la gente de la zona prefirió quedarse con la belleza que brindaba la idea de un árbol que tocase el firmamento, pero la historia del extranjero siguió rondando por ahí, casi siempre entre los alumnos de la escuela cuando éstos se juntaban a dormir en alguna de sus casas, situadas en el medio de la nada, sin vecinos en kilómetros ni ningún tipo de ayuda inmediata.
Y al igual que toda leyenda sobre muertos, ésta también traía su fantasma.
Pero a Ángelo ya no le daba miedo tal cosa. Tenía cosas peores en qué pensar. Asuntos reales que lo aterraban mucho más que un tipo que deambulase por ahí con una sonrisa goteante en la garganta.
Y aquél terror se volvió inmediato al bajar de la camioneta.
César Voltarel se hallaba en la entrada de la escuela atándose los cordones. Sólo ver su espalda, hacía a Ángelo tartamudear.
-Papá -balbuceó el chico, ya de pie junto a la puerta abierta de la Ford. Tardó unos momentos en formular la pregunta. Quizás por miedo, quizás por vergüenza-, ¿por qué somos anaranjados?
Roberto Fenoglio frunció la cara en una mueca que mezcló la sorpresa con la indignación. Un calor rasposo le subió por la garganta y no pudo evitar la mala palabra al contestar:
-¿¡Por qué mierda me preguntás tal cosa!? ¿Acaso te molestan con eso?
Ángelo miró sobre sus hombros. César ya no estaba.
-No… -masculló el niño, volviendo el rostro. El daño ya estaba hecho, aunque lo negara, ya le había dejado a su padre la semilla de la discordia. Una semilla que crecería bajo la tierra húmeda y fertilizada de unos recuerdos reprimidos.
-¿Estás seguro, Ángelo? -insistió, estudiando la mirada de su hijo. Roberto se vio así mismo, más de treinta años atrás, pasando por la misma situación. Nada bueno brotó de esos recuerdos. Trató de retenerlos un poco más y entonces gritó-: ¡No me mientas, lo puedo ver en tu cara!
Ángelo cerró la puerta de un golpe y dio un brinco hacia atrás. Perturbado, observó la cara perpleja de su padre al otro lado del vidrio polvoriento de la portezuela. El hombre gritó algo, pero el sonido del motor en marcha lo acalló. Ángelo alzó torpemente la mano y lo saludó en ademán de despedida mientras la muñeca le temblaba. No quería tener esa conversación ahora -ni nunca-. ¿Por qué tuve que mencionarlo?, se dijo así mismo y esperó a que su padre captara la señal y se fuera de una vez.
Ambos quedaron allí, mirándose el uno al otro sin abrir la boca. Al fin, Roberto bajó la cabeza; puso reversa y la caja de cambios emitió un cliqueo estrepitoso; el vehículo dibujó una U en la tierra y se marchó a toda prisa por donde había venido.
La camioneta no alcanzó a desaparecer de la vista de Ángelo que la voz de César Voltarel lo invadió desde atrás.
-Hey -gritó este chico de brazos fibrosos-, Zanahoria de mierda, ¿vas a entrar a clases o no? La señorita nos está esperando. Movete si no querés que te rompa el culo a patadas -César comenzó a reírse de un modo tan grotesco que las arrugas que se formaron en su cara lo hacían ver diez años mayor. Mientras intentaba aplacar la risa, que podía notarse a cualquier distancia que era de malicia, apresuró-: Dale, que hoy vamos a trabajar con trinchetas y punzones, y no te hacés una idea del trabajo que voy a presentar.
Ángelo tragó saliva y avanzó hacia él, no había forma de evitarlo, estaba de pie junto a la entrada. El chico rezó con todas sus fuerzas para que su verdugo no le encestara un rodillazo en los muslos antes de cruzar la puerta; odiaba con toda su alma aquella sensación de parálisis que esos golpes le provocaban.

Roberto condujo de vuelta a casa con miles de pensamientos en la cabeza, hechos que revoloteaban frente a sus ojos como un tornado de secuencias desordenadas: niños corriendo por ahí; risitas hirientes por allá; un poco de barro húmedo sobre su cara inocente, mezclado con un poco de saliva y mocos tan verdes como el ácido; un mingitorio que se le acercaba al rostro a toda velocidad; y después de un sonido hueco contra su cráneo… sangre. Luego nada.
Más que oscuridad.
Siseos.
Dolor.
La mayoría de estos recuerdos lo hacían estremecerse en su asiento y lo llenaban de furia; quiso pegar un volantazo y acabar con todo eso de inmediato, pero ya era un hombre maduro; no se podía dar el lujo de escapar del modo fácil. ¿Qué clase de enseñanza le dejaría a su hijo? Existían otras maneras de enfrentar la situación.
Y unas más deliciosas que otras. Hablaría con su esposa sobre ello al llegar a casa.
Retuvo ese pensamiento y se dedicó a enfocarse en el camino; observó cómo su vieja Ford devoraba la ruta y la claridad del día se hacía más y más acogedora. En ese instante, dos liebres pasaron corriendo frente al vehículo y la segunda no tuvo la misma suerte que su guía. Ésta logró, luego de unos saltos que se notaron desesperados, perderse entre los yuyos de la banquina, mientras que su compañera era atrozmente demolida por las ruedas de la Ford.
El hombre apenas y se removió en su lugar.
Por poco y ya jugaba a sumarse puntos cada vez que llevaba algo vivo por delante.

Una vez que estacionó la chata en al garaje de la finca y abrió el capot para echarle un vistazo al motor, le dijo a su mujer:
-Creo que es el momento.
-Yo creo que no -respondió Elina, mientras le pasaba una caja de herramientas.
-¿No viste acaso el asco que tenía hoy mientras desayunaba? Ya está harto, más que asqueado. Además, tengo a la víctima perfecta.
Roberto estiró el brazo y éste se perdió entre los intestinos metálicos de la F-100; el hombre creía haber localizado la fuente que producía el molesto ruido.
-No sé, no me pareció tan así -repuso ella-, lo vi normal. Sí, debo admitir que está empezando a sospechar algo, pero no creo que eso signifique que está listo para dar el paso -el marido le pidió que, por favor, le alumbrara las manos con una linterna mientras intentaba ajustar unas juntas. Ella lo hizo y luego espetó-: creo que deberíamos esperar a que no pueda más. Tal y como pasó con nosotros. Llegará un momento en que ya no querrá comer más cosas dulces y ahí, en ese preciso y exacto momento donde el sistema le exija otra cosa, es que debemos actuar. De otro modo no servirá, y habremos hecho todo este esfuerzo en vano. Tiene que quebrarse.
Roberto sacó los brazos, ahora recubiertos por aceite y grasa, y miró a su esposa a los ojos.
-¿Nunca pensaste en dejar todo de lado?
-¿A qué te referís?
-A él. Sólo a él. Es sólo un niño.
-Nosotros también lo éramos. Y además, sabés muy bien por qué lo hacemos. El que la sociedad no lo acepte, no significa que sea una atrocidad. No somos nosotros los incomprendidos, Roberto; no somos nosotros los ignorantes. Es una práctica que se fue ocultando con el tiempo y el que la hayan catalogado de malsana unos estúpidos que se creían civilizados, no la hace menos pura. Está en nuestra sangre y es lo que somos…
Roberto agitó la cabeza y volvió su mente al trabajo. Elina tenía razón. Él odiaba tener dudas sobre su descendencia, pero, para su suerte, había encontrado a la mujer (o más bien, se la habían encontrado) que lograba volverlo a sus cabales. También la idea de la futura iniciación de su hijo lo llenaba de una lujuria exquisita y positiva.
-Tenés razón -comentó el hombre al terminar con lo que creyó que solucionaría el traqueteo del motor-. De todos modos, creo que ya es hora.
Elina meditó aquello por un momento.
-Tal vez -soltó con un suspiro-. Lo veremos esta tarde cuando vuelva de la escuela.

Ángelo entró al aula con la suerte de no haber sido pateado por César. Esto no significaba que pasaría el día sin un golpe, pero era un buen comienzo.
O quizás, no lo suficiente, después de todo. Si el pequeño niño rechoncho de ojos azules y cabellera rojiza hubiese sabido lo que le esperaba ese día, habría pedido a Dios porque César Voltarel lo hubiese dejado paralitico en la entrada del colegio.
Al pasar por entre las hileras de bancos para llegar al suyo, un extraño retorcijón comenzó a gestársele en el estómago. El malestar tenía sus bases en el presentimiento de lo que vendría y en lo que había acabo de vivir, en referencia al desayuno cargado como… al desayuno cargado.
La señorita Izaguirre lo recibió con la misma grata sonrisa que siempre lo animaba. Al menos por unos segundos, hasta que al tomar asiento, alguien le arrojaba papelitos mojados en saliva desde atrás. Algunos golpeaban contra su mochila y otros sólo quedaban pegados allí, contra la parte trasera de su cuello. Ángelo había aprendido a convivir con ellos. Si se los quitaba de encima, sólo impulsaría a sus compañeros a que le arrojasen más.
El niño dejó caer su pesado cuerpo sobre el anexo de su pupitre y no tardó en perderse dentro del universo verde con galaxias de tiza que el pizarrón con apuntes le representaba. Los meteoritos ensalivados pasaban a un segundo plano cuando Ángelo perdía sus ojos y oídos en las nuevas enseñanzas de la señorita Izaguirre, impartidas con tanto ánimo. En eso o en el cabello lacio de Anna Gussalli, que lo cautivaba tanto como la idea de que Fliz cobrara vida en algún momento…
Cierto. Fliz nunca sería como Pinocho (esto hizo que el malestar se intensificara).
Sólo quedaba el cabello de Anna entonces.
La voz de la señorita Izaguirre lo despegó de sus pensamientos:
-Chicos, ¿trajeron los materiales para trabajar con esto hoy? -y señalizó una especie de castillo medieval dibujado en el pizarrón.
Todos los alumnos asintieron y César Voltarel, emocionado por la asignación que tendrían ese día, blandió sobre su cabeza la plancha de telgopor que debían traer para el trabajo, acompañada de una trincheta azul incrustada en el centro.
-Muy bien, César -apremió Aída-, me alegro que hayas venido con ganas hoy. Así me gusta, espero ese entusiasmo para las demás materias a partir de ahora.
César asintió con una sonrisa y volvió a dejar los materiales sobre el banco.
Claramente, sólo estaba actuando, pensó Ángelo hastiado, ni con todo el entusiasmo del mundo podrían meterle divisiones y multiplicaciones en esa piedra que Voltarel usaba como adorno sobre el cuello. Hacía trampas desde el principio. Los días de exámenes de matemáticas, traía las tablas de multiplicar garabateadas en los antebrazos; y sin eso estudiado -lo más básico-, nunca podría avanzar en esa materia ni en las que implicaran el uso de operaciones similares o más avanzadas. César Voltarel sería de esos chicos que, si por razones más allá de lo divino llegaban a la secundaria, aún sumarían con los dedos. El terror de todo profesor de nivel medio.
-Bueno, chicos -sentenció la directora-, se que están ansiosos, pero los trabajos los comenzaremos luego del recreo. Primero quiero que veamos otros temas.
La mitad del aula asintió. La otra mitad refunfuñó con pesadez.

Ya en el recreo, César Voltarel fue solicitado por la señora del kiosco para acomodar unos estantes. El chico, entre protestas y quejas, no tuvo otra opción que aceptar. Aquella mujer, además de ser autoritaria cuando se lo proponía, no dejaba de ser su madre.
Los demás chicos, se reunieron bajo la pequeña cueva que se formaba entre el piso y la escalera de madera que subía hasta el depósito prohibido de la escuela. El sol azotaba en el patio descubierto; aquél era el único lugar meramente fresco para resguardarse.
-Mis padres están peleando otra vez -comentó Antonela, una niña de ojos verdes y cabello castaño, que apenas le rebasaba los hombros.
-Los míos siguen cantando de noche -interrumpió Marcos, el menor por un año de todos los varones. Cumpliría ocho al mes siguiente-. Lo peor de todo, es que no les entiendo. ¿Será inglés? Yo no sé inglés -se rascó la punta de la nariz. Al recibir la atención de sus compañeros, sus ojos se humedecieron-: cuando se ponen esas capuchas, actúan como si no me conocieran.
-Yo completé mi payaso… -atinó a decir Ángelo.
Todos se voltearon, reacomodando la atención sobre el niño pelirrojo.
-¿Y? -balbuceó Antonela-. ¿Nos ayudará?
-No lo creo…
-¡Yo sabía! -sentenció Agustín, el escéptico del grupo-. ¡Si hablamos, nos maltrataran más! ¡Nadie puede ayudarnos! ¡Menos un payaso de madera! ¡Los cuentos de hadas no son más que eso: cuentos!
Y se echó a llorar.
-Calmate -le dijo Marcos, tratando de retener su propio llanto. Antonela le puso una mano sobre el hombro, y miró a Anna.
-¿Y vos? ¿Cómo van las cosas en casa? ¿Alguna mejora?
La niña se levantó el vestido. En ambas entrepiernas, tenía tatuado un hematoma violáceo que le bajaba hasta la parte trasera de las rodillas.
-Anoche, me abrió como a un compás… -la voz se le quebró-. Ya no lo soporto…
Ángelo sintió unas ganas impetuosas de tomarla entre brazos. Pero se contuvo. Nisiquiera sabía de dónde provenía esa exultación extraña que lo hacía sentirse atraído más y más hacia Anna Gussalli. ¿Serían las vivencias? ¿Las situaciones por las cuales ella tenía que pasar? ¿Esto creaba en Ángelo una especie de necesidad de consuelo? Él tenía sus propios problemas. Sin embargo, cuando oía los de su compañera, los suyos se resumían a un simple dilema entre sí elegir ravioles o tallarines para la cena. Sí, en su mente, en algo tan banal como eso (por más que en la realidad, fuesen todo lo contrario…).
Se hizo de valentía e intentó lo suyo.
Todos se hicieron para atrás cuando Anna rechazó a gritos el afecto de Ángelo. El chico le había acercado la mano lentamente, pero al apoyar los dedos en la piel de los brazos, la niña comenzó a gritar y a sacudirse, como si un ejército de arañas negras le hubiese caído del cielo.
Anna salió de la cueva. Se abrazó a sí misma. Los demás chicos se quedaron quietos, observándola. Ángelo se miró los dedos.
El grito de la niña atrajo a los secuaces de César; un par de niños no tan fornidos, pero de rostro tan malvado como él. El primero en llegar fue José, de siete años recién cumplidos; cabello hasta los hombros y flequillo hasta el tabique. Sin muchos segundos de diferencia, apareció Mauricio; un rubiecito de ojos miel, dientes delanteros torcidos y una mancha de nacimiento en la mejilla izquierda. Ésta le nacía en el orificio del oído y terminaba junto a la fosa nasal. Su forma era extraña: era un conjunto de rectángulos perfectamente alineados, que le surcaba la piel en forma transversal. Más que una mancha, parecía el tatuaje de un código de barras.
-¿¡Qué le hicieron!? -preguntó José, con la frente arrugada y los labios temblorosos.
Inconscientemente, todos miraron a Ángelo. Éste seguía contemplándose las manos cual dos armas de fuego.
-La Zanahoria -apuntó Mauricio. Dio un paso hacia delante, decidido a moler a golpes a su compañero, pero Anna lo detuvo.
-No le hagás nada -musitó la niña-. No fue su culpa.
-Eso no me importa -contestó el chiquillo y pegó una zancada, esquivándola. Golpeó a Ángelo en el estómago y luego le dio una patada en los tobillos. El niño se vino abajo.
Cuando Fenoglio quiso levantarse, ya tenía a José a un lado, quién le impartió un rodillazo en los laterales de los muslos. La paralitica lo hizo chillar. Odiaba esa sensación castañeante que le sacudía la carne.
Los demás chicos, atónitos, se apegaban cada vez más al muro bajo la escalera. Eran presas acorraladas, tomadas por el miedo, incapaces de huir.
Sólo estaban dibujados ahí, mientras Ángelo sucumbía.
El timbre de vuelta a clases los dispersó. Fenoglio fue el último en entrar al aula.

Entre que escribía en el pizarrón y explicaba en voz alta cómo realizar los cimientos para el castillo de telgopor y madera, la maestra Izaguirre no notó las manchas de tierra en la ropa del pequeño, ni el rengueo forzado de éste por llamar su atención. Al darse cuenta de que la maestra estaba demasiado sumergida en su cháchara, el niño tomó asiento sin más. Con un resoplido, se tomó la cabeza con las manos.
Ya estaba harto de que lo golpearan; de ser el punto de las burlas y los comentarios racistas.
Entonces, como si la frustración y el odio no fueran suficientes ya de por sí, Fliz entró en escena. ¿Por qué no había revivido? Ah, cierto, porque no era real… Ángelo se había pasado meses enteros alimentando la esperanza de que el payaso lo ayudaría a enfrentar a sus enemigos; que, de algún modo, le enseñaría a controlar sus poderes frente al espejo. Y más inconscientemente, albergaba esa ilusión de que el muñeco lo ayudaría a afrontar a sus padres. ¿Por qué? Porque estaba cansado de comer cosas dulces; se sentía mareado la mayoría del tiempo, vivía con esa asquerosa sensación de vómito en la garganta; la lengua le latía como si la tuviese constantemente al fuego; sentía una burbuja de baba rasposa que le palpitaba entre las cuerdas vocales; hablaba de manera gangosa; siempre tenía la ropa manchada; el cuerpo le picaba a causa de las migas que le quedaban alojadas en los pliegues de la gordura bajo la ropa: cuando sudaba, ¡el escozor era insoportable!
En ese preciso momento de inestabilidad mental para Ángelo, a un asiento de distancia, César Voltarel le quitó la cobertura a una barra de chocolate; éste estiró su fornido cuerpo sobre su pupitre, y haciendo pequeños sonidos con connotación sexual, comenzó a frotarle a Ángelo la pegajosa barra por el costado del cuello.
-Mmm, sí, sí -susurró el chico-, chocolate… metemelo en la boca, papi… mmm…
Fue ahí. Ni un segundo antes, ni un segundo después.
Algo dentro de Ángelo Fenoglio detonó con fuerza. Fue una sensación expansiva que recorrió cada uno de sus órganos. Una punzante descarga eléctrica le subió por la espina dorsal, dándole la impresión de que las vertebras eran agujereadas cual acero por un taladro, y estalló en su cerebro. La orden nació, estrepitosa:
MATATE.
Ángelo sacudió la cabeza.
DESTROZATE.
Muchas emociones entrecruzadas lo golpearon a la vez. Un impulso casi involuntario lo llevó a tomar la trincheta que tenía guardada en la cartuchera.
MUTILATE.
El niño la tomó con mano firme. Se la apuntó a la cara. Cerró los ojos un segundo. Al abrirlos… la cuchilla retráctil arrasó con la carne de una de las comisuras de los labios como si de una rodaja de pan lactal se tratase. La sangre cubrió la mano con la que Ángelo empuñaba el instrumento y le resbaló por el brazo, en un chorro disparejo, surcándose en canales espesos y goteantes. Eso no lo detuvo. El niño continuó cercenando hasta llegar al lóbulo mismo de la oreja. Estuvo a punto de repetir el procedimiento sobre la otra mejilla, la euforia del momento lo hacía insensible ante el dolor, pero… sólo era un niño.
Inevitablemente, el sufrimiento se apoderó de él, y el impulso de auto-mutilarse cambió de facetas; se transformó en un arranque indetenible de mutilemos a alguien más. ¿Y quién era la víctima más próxima? ¿La pobre criatura situada en el lugar equivocado, al momento justo del recambio?
César Voltarel se orinó en los pantalones al ver cómo el niño regordete que siempre le había causado gracia, ahora se abalanzaba sobre él como una fiera endemoniada, sedienta de sangre. Su rostro rechoncho ya no era tan divertido con aquél corte transversal separándole la mejilla en dos. Tampoco lo era el verle la hilera completa de muelas ensangrentadas que asomaba de aquella sonrisa grotesca. Reíte ahora, le susurró una voz siniestra en su interior, llamalo Zanahoria, dale...
Ángelo lo embistió y ambos cayeron al piso. Los escritorios rechinaron. Las sillas volaron hacia los lados. La maestra Izaguirre maldijo en voz estrepitosa y desaforada -por primera vez en toda su carrera de docente-, mientras veía cómo dos de sus alumnos se despedazaban mutuamente frente a sus ojos. Literalmente: César bramaba y Ángelo le arrancaba la piel de los brazos a tarascones.
Roberto tenía razón. Ya era hora.

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