Los Chicos del Fairlane

Gideon Kramer  -  - 11670 words

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Summary

Dos mejores amigos que sufren una aventura paralela. Cuento con humor negro, acción, romance y el rugido ensordecedor de un Ford Fairlane negro de 8 cilindros.

Dos mejores amigos que sufren una aventura paralela. Cuento con humor negro, acción, romance y el rugido ensordecedor de un Ford Fairlane negro de 8 cilindros.

LOS CHICOS DEL FAIRLANE


1


La tarde se marchaba herida tras los cerros de Seguí. Un Ford Fairlane negro avanzaba apacible sobre las calles repavimentadas del pueblo. Los últimos rayos del día eran absorbidos por las imponentes curvas metálicas del vehículo. Cuarenta años atrás, habría sido el dueño del camino; pero hoy, sólo con su buen cuidado y su lujo póstumo, costaba verlo de ese modo…
-¿Cuándo lo vas a vender? -Renzo arrojó la colilla de su cigarrillo y subió la ventanilla-. ¿No te han ofrecido ya lo suficiente?
-Puedo sacarle muchísimo más -respondió Kevin. Su mirada no se desvió del camino. Aceleró, haciendo rugir el motor con una vehemencia armoniosa, y atravesó la cuadra antes de que el semáforo en amarillo se pusiese rojo-. Este auto está en perfecto estado. Tiene todas sus partes originales. Es de colección. Mirá, hasta sigo escuchando cassettes.
-Sí, Kevin, lo he notado… -el muchacho esbozó una mueca al recordar las tardes enteras que habían perdido grabando canciones de la radio, como cuando eran niños, en esas épocas donde los CD’s sólo eran para gente con dinero y la piratería era cosa de nerds superdotados-. Pero no es nada barato mantener a esta bestia. Siempre tenemos que reservarnos la mitad de la plata de las salidas para ponerle combustible. Y vos reacio a ponerle gas…
Kevin clavó los frenos y estacionó junto al cordón de la vereda. Algo nervioso, contestó:
-¡Ya sabés lo que pienso del gas! Prefiero venderlo a arruinarlo de esa manera. Es como ponerle un corazón de plástico a un robot.
-Yo creo que seguís aumentando el precio para no venderlo…
-¿Sabés algo?
-¿Qué?
-No sabés de lo que estás hablando, idiota.
Hubo un silencio de unos diez segundos, luego, retomaron la marcha. Al llegar a la esquina, Kevin habló:
-Si no fuera por este auto, ahora mismo, no tendrías cómo llegar a la casa de Milena.
-Habría caminado. Habría llamado a un remis. ¡Tenía miles de maneras de llegar a su casa!
-¿¡Y por qué me elegiste a mí!?
En ese instante, ambos se miraron a los ojos. El auto seguía en movimiento, ronroneando indiferente ante la tensión de sus ocupantes. Parecía ser lo único con vida en todo el ambiente. El sol había desaparecido por completo tras las colinas montañosas. La noche se coló entre los muchachos. Fue entonces que echaron a reír:
-Parecemos una pareja -vociferó Kevin.
-Sí, peor que mis viejos -contestó Renzo, aplacando la carcajada que había brotado casi con locura-. Perdón por ponerme así. Estoy nervioso.
-No -repuso el otro, mientras encendía las luces altas-. Fui yo el que se enloqueció. No te equivocaste: no lo quiero vender. Pero de verdad estoy esperando a que llegue la oferta adecuada. Sabés lo bueno que es este auto; en todos los sentidos.
-Decíme a mí -bromeó Renzo-; no tuviste tu primera vez acá adentro porque sentiste que lo estabas engañando.
Kevin soltó una risotada y asintió. Algunas gotas de baba volaron contra el parabrisas. Las luces de la calle se encendieron. También las de los frentes de las casas, casi simultáneamente, como si los vecinos se hubiesen puesto de acuerdo en un horario determinado para iluminar sus entradas.
Sólo una casa se mantenía a oscuras al final de la cuadra.
-Llegamos -soltó Kevin y se detuvo en la vereda de enfrente, sin apagar el motor. Observó con detenimiento como una cortina roja sobresalía de una de las ventanas del segundo piso. Era la única habitación con luz, y por lo visto, la única con una cortina de color. Las demás eran blancas.
Un escalofrío sin fundamentos le surcó la espina. Recordó unos comentarios extraños (fragmentos, más bien) sobre Milena. Pero por más esfuerzo que puso en evocarlos, no pudo descifrarlos ni darles forma. Podían ser negativos, como también positivos. Muchas cosas se dicen sobre una persona. Y uno no presta atención a esos comentarios superfluos cuando no se considera un entrometido, como Kevin lo hacía; a él le gustaba concentrarse en sus propios asuntos y procuraba no meterse en problemas; había aprendido de pequeño a callarse la boca.
Cuando Renzo se bajó del auto y lo vio pasar frente al capot, Kevin sacó el cuerpo por la ventanilla.
-Hey.
Renzo se detuvo en el medio de la calle:
-¿Qué?
-Tené cuidado -pronunció Kevin, con desgano, como si al bajar de su mente hacia su lengua, se hubiese dado cuenta de lo estúpido que sonarían esas palabras. Se sintió dentro de una mala película de terror; en una de esas donde los diálogos parecían escritos por un adolescente borracho sin noción de originalidad.
-Pero claro -le respondió su amigo, socarrón-, siempre me cuido. Nunca lo hago sin forro.
Kevin quiso decirle que no era eso a lo que se refería, pero sonrío y volvió a meterse al auto. ¿Qué podría pasar? Sólo era una cita con una inofensiva chica de pueblo, con nada más grave que alguno u otro ex novio celoso rondando por ahí… y tampoco se trataba de una modelo de revistas o de una joven tan hermosa, según él, como para matar (o ser asesinado) por ella.
Esperó a que su amigo tocara el timbre antes de marcharse para vagar toda la noche por los alrededores del pueblo, más precisamente, por las afueras, donde no había gente caminando por la calle. O, al menos, hasta que los cincuenta pesos que había cargado de combustible se consumieran con la misma velocidad con la que habían sido cargados. Cuando estaba solo, sí se daba el lujo de maldecir…
-Auto de mierda, no sé por qué te sigo aguantando…
Golpeó el volante con el reverso de la mano y subió el volumen de la música. Tras la interferencia y el desgaste de la cinta, podía oírse la voz del cantante de Audioslave. Éste le aseguraba, a la muerte suponía Kevin, que esperaría, pacientemente, como una piedra por su llegada.


2


El auto le recordaba al LTD Crown Victoria de los Hombres de Negro. No sabía por qué, pero siempre pensaba en lo mismo cuando lo veía alejarse. Y esto lo llevaba, de inmediato, a pensar en su supuesta indiferencia con el vehículo: no sabía exactamente cuáles serían sus sentimientos si ese auto desaparecía. Había pasado momentos esplendidos en él y gracias a él. En especial, el que estaba a punto de afrontar.
Un hombre joven de gorra hacia atrás y remera ajustada al cuerpo atendió la puerta. Una sonrisa de oreja a oreja se le abrió en la cara e invitó a Renzo a pasar.
-Bienvenido, compañero, adelante. Yo soy el primo de Milena.
Renzo le dio la mano y lo siguió hasta un saloncito junto al comedor. Parecía un mini estudio o, en su defecto, un cuarto para relajarse. Sólo había un escritorio con un rejunte de papeles y dos sillones reclinables.
-Tomá asiento. Milena se está preparando. ¿Querés beber algo?
Renzo se sorprendió ante semejante hospitalidad. ¿Por qué no aprovecharla? Nunca había sido tímido o retraído, ni le molestaba aceptar cosas cuando se las ofrecían con tan buena predisposición.
-Me encantaría, pero… ¿Cómo te llamás? Meli nunca te mencionó…
-Qué tonta esta chica -rió el hombre fornido. Tenía una dentadura perfectamente blanca y alineada-. Me llamo Beltrán.
-Bueno, un gusto, Beltrán. ¿Qué tenés para ofrecer?
-Tengo Branca con Coca Cola o el especial de la casa: licuado de frutas con un chorro de Bacardi; acabo de prepararlo. Está para tragarse la lengua.
¿Tragarse la lengua?, pensó Renzo, ¿no es: chuparse los dedos?
No importaba, el licuado sonaba bien; el ron era de marca.
-Un especial de la casa, por favor.
Menos de dos minutos más tarde, al recibir el trago, sonrió como si le hubiesen dado un premio.
-¿No te molesta si me siento acá con vos un ratito?
-¡Para nada! -respondió Renzo. La verdad, no le incomodaba. El primo Beltrán le había caído muy bien. Le llamaba la atención que Milena nunca lo hubiese traído a conversación. Esa chica hablaba hasta por los codos; momentos para hacerlo, nunca habían faltado. Incluso sabía de la existencia de la prima Soli, que se había casado con un doctor y mudado a Canadá. También del tío Marcos, quien había enviudado hacía menos de un año y ya estaba comprometido con una universitaria a la cual triplicaba en edad.
-¿Sos hermano de Soli? -inquirió Renzo, para comenzar una charla.
-No, soy de otra camada.
-¿Hijo del tío Marcos?
-¿De ese hijo de puta? Ni hablar, ¡ojala fuese su hijo!
-¿Ah, sí? ¿Por qué? -y dio un largo sorbo al licuado de frutas con ron. Estaba delicioso. Tanto como para tragarse la lengua…o el sorbete, que pasó desapercibido bajo su escrutamiento y le raspó el paladar.
-Por su futura mujer -respondió Beltrán, y se encorvó en su asiento, creando confidencia-. Está re buena. No sabés lo que es esa yegua. Ya la vi desnuda un par de veces cuando salía de ducharse.
Renzo abrió los ojos, sorprendido. Revolvió su trago con el sorbete que casi se había tragado por accidente y fingió desinterés.
-Mirá vos… me imagino…
-No me hagás esa cara -susurró Beltrán-, no me digás que no te gustan las jóvenes. Milena tiene 23, no digo que esté en mal estado ya, pero no podés compararla con una gatita de 20 recién cumplidos.
-¿Cómo contestarte eso?
-Con la verdad, viejo. Estamos en confianza. Nada sale de acá. Somos hombres. No te hagás el caballero, no tenés por qué fingir conmigo; todo está bien.
La voz de Beltrán era amigable; inspiraba complicidad, comodidad. A tal punto que instaba, inconscientemente, a contarle anécdotas que nunca se le referirían a una persona que acababa de conocerse. El batido también estaba aportando su cuota; el mencionado chorro de Bacardi tenía todas las luces de ser algo más que un simple chorro.
-La verdad es que… sí, me encantan las pendejas. Y no digas nada, pero si son menores de 20, mejor. Están en esa edad, antes de la universidad, donde todavía viven con los padres, no tienen preocupaciones, más allá de mantenerse en forma y salir de fiesta. Una vez que aparece la facultad, se empiezan a descuidar, y ahí es cuando engordan y pierden esas figuras perfectas. Eso sí, tienen que ser mayores de 15 también. Y bien formadas. No soy tan atrevido…
-¡Así me gusta! -Beltrán se acercó con su asiento y le dio a su invitado una palmada en la rodilla-. ¿Y cuáles son tus intenciones con mi primita? Porque está fuerte, si no estuviéramos unidos por sangre, yo ya le habría caído encima hace tiempo. Tengo muchos conocidos que salen con sus primas en secreto, pero no es lo mío. No me gusta joder con la familia. Es algo sagrado, no sé si me entendés.
-Sí, sí, te entiendo. Uno tiene límites -dio un último sorbo a su bebida y dejó el vaso vacío entre sus pies-. ¿Y mis intenciones? No sé…
-¿No sabés? Dale, no seas rata, contame, contame.
Renzo no estaba seguro. Había tenido citas en las que sólo deseaba acostarse con la chica en cuestión y volver a casa; sin importar lo que ella pensara de él luego. ¿Milena era una de ellas? Aún no lo sabía.
-No lo sé, me gusta, tiene un culo hermoso. Quizás sea momento de sentar cabeza.
-¿Pero no la querés coger?
-Obvio que sí. Pero no creo que sea sólo para eso. O si. No sé. Esta nisiquiera es una cita oficial. No puedo asegurarte nada ahora.
Beltrán se hizo hacia atrás, arrastrando su silla, y se puso en pie. Ofreció buscar otro trago, pero Renzo se rehusó, alegando que la mezcla estaba demasiado fuerte. No quería aparecer borracho frente a Milena. Ya era suficiente con el hedor a cigarrillo, que ella odiaba, por cierto, impregnado en su camisa.
Al verlo parado nuevamente, Renzo tuvo la impresión de que Beltrán era gigante. Su cuerpo era un sinfín de bultos y lomas bien definidas. La mandíbula cuadrada, el rostro soberbio. Ahí pudo notar unos cabellos blancos sobresaliéndole por uno de los costados de la gorra. ¿Serían canas?
-¿Qué edad tenés, Beltrán? Sé que sos mayor que yo, ¿pero por cuanto?
El primo lo miró serio por primera vez. Si en ese momento alguien le hubiera arrojado una piedra al rostro, Beltrán la habría partido al medio sólo con la mirada.
-¿Te ofendí con la pregunta? No pensé que…
De pronto, una voz femenina lo interrumpió desde atrás:
-¡Renzo! Estoy lista, perdón por hacerte esperar tanto.
El chico se volteó. Milena llevaba puesto un jean ajustado que dibujaba las curvas más exquisitas que Renzo hubiese visto jamás. Su pelo planchado caía con delicadeza sobre sus pechos, ocultos bajo una provocativa musculosa negra. Su aroma inundó la habitación. Olía a menta con frutilla.
Sin embargo, nada de eso fue lo que le quitó a Renzo el aliento. Sino las palabras que salieron de su boca pintada de caoba…
-Qué bien -exclamó la chica, con el rostro iluminado-, ya conociste a papá. ¿Podemos irnos o querés charlar con él otro ratito?


3


Odiaba el pueblo por una simple razón: la gente que caminaba por la calle. En las ciudades grandes no veías a las personas deambulando por el medio del camino como si no existiesen las veredas. Su auto poseía una dirección hidráulica casi mágica, pero no tenía por qué utilizarla toda la noche, manejando en zigzag, esquivando peatones.
Like a Stone de Audioslave había terminado, dramáticamente, antes del último estribillo; debido a un leve daño en la cinta, para darle paso a Limp Bizkit y sus rimas vulgares anti sistema, acompañadas de instrumentos pesados y arreglos electrónicos. Kevin añoró viejos tiempos, recordándose que Chocolate Starfish and the Hot Dog Flavored Water había sido, para él, el mejor nombre que había escuchado para un CD de New Metal. Sin mencionar también, el mejor trabajo discográfico de esta banda. ¿Dónde habían quedado esos años? Por lo que Renzo pudo percibir con el tiempo, el sonido alienante del reggaetón se los había tragado vivos…
Kevin decidió manejar hasta la entrada del pueblo y descansar los ojos sobre una vieja plazoleta que ya nadie visitaba. Bien porque a pocos metros su vecina del barrio, la señora Nancy, había instalado una parilla de mala muerte para camioneros y viajantes o porque el pasto había crecido lo suficiente para confundirse las hamacas con ruinas antiguas sepultadas bajo los yuyos.
Kevin subió hasta la ruta y transitó unos quinientos metros sobre el asfalto -resquebrajado a causa de los sobrecargados camiones brasileros que transportaban maquinaria agrícola- antes de tirarse a la banquina y adentrarse en el parque por la única porción de selva sin cercar. Años atrás había habido un accidente donde perdieron la vida un matrimonio joven y tres cuartos de la valla metálica que mantenía alejados a los chicos de la autopista.
Estacionó entre los columpios y un asador de ladrillo devenido.
Tras subir el volumen de la música al máximo, salió del auto; se sentó sobre el capot y abrió su celular. Chequeó su libreta de contactos, leyendo detenidamente los nombres de todos y cada uno de ellos y suspiró con pesadez. 108 teléfonos diferentes y sólo podía contar con uno. Si Renzo volvía a formalizar una relación, él volvería a pasar sus fines de semana solo…
Kevin no era una persona envidiosa, mucho menos posesiva o rencorosa. Se alegraba de que su amigo tuviera pareja -algo que parecía galaxialmente distante para él-, pero le molestaba que lo dejara de lado cuando eso sucedía. Nada le costaba implementarlo a su nueva vida. ¿Qué tenía de malo? Él siempre estuvo ahí, no veía razones para abandonarlo. Era tan sencillo como bajarle una actualización nueva a un programa viejo. Sí. Así de sencillo.
-Sos lo único que tengo -masculló el muchacho y acarició el parabrisas del Fairlane. Pasó sus dedos por los limpiaparabrisas durante unos segundos y luego se cruzó de brazos. Quiso contemplar las estrellas, pero los cerros y las copiosas copas de los arboles se lo impidieron.
De pronto, le entraron ganas de orinar. Se puso de pie junto al vehículo y verificó que nadie lo estuviese observando desde El Buen Gusto -típico nombre de parador de ruta, pensaba siempre-. Al no ver moros en la costa, se volteó y vació su vejiga apuntando hacia un paraíso levemente inclinado.
En el proceso, algo llamó su atención. El sonido del líquido contra los arbustos no se oía normal. Había algo entre los yuyos, algo que hacía que la orina sonara cual lluvia golpeteando contra un saco impermeable.
Junto al paraíso, Kevin halló un bolso repleto de dinero.
Su primer impulso fue llamar a Renzo. Éste no contestó. El chico quedó unos diez segundos con el miembro al aire y el celular contra la oreja, totalmente paralizado.
Al reaccionar, le mandó un mensaje, diciendo: Ahora te paso a buscar. Salí un momento. Es importante. Y se metió al auto sin cerrar el cierre... del bolso, por supuesto.
Se deleitó viendo la plata sobre el asiento del acompañante, mientras manejaba de regreso a lo de Milena.


4


Quizás no lo fuese para Kevin, pero para Renzo, Milena era despampanantemente bella. Tras rozarle el hombro con su brazo, y sentir la inigualable calidez de la primera fricción romántica, Renzo comentó:
-No me dijiste que tu papá era fisicoculturista…
-No te dije nada de él, en realidad -rió ella. Dos hoyuelos graciosos se le marcaron en las mejillas. La luz de las farolas de la calle se los iluminaba al pasar junto a algún poste. El cabello de la chica brillaba de forma constante, dejando entrever unos delicados reflejos, rojizos y naturales, cada vez que ladeaba la cabeza. La cuadra se hacía interminablemente larga, caminando a su lado-. Papá no es fisicoculturista. Era director de teatro. Por lo tanto, también fue actor. Y aunque ya no ejerza ninguna de sus vocaciones, le quedó la costumbre de mantenerse en forma. Uno nunca sabe. Por cierto, ¿de qué hablaron? No te habrá aburrido con sus historias de cuando era boina verde en el ejército, ¿no? Adora esas anécdotas. Ya me las sé de memoria. Me las contaba cuando era chiquita, antes de dormir. ¿Qué clase de padre le narra atrocidades bélicas a una niña de diez años para que concilie el sueño?
-El tuyo, supongo -contestó Kevin, algo distante. Lo había aterrado e invadido la idea de que su futuro suegro fuese un veterano de guerra demente, de esos que volvían a casa con secuelas y trastornos psicológicos alarmantes, disimulándolos tan bien como disimulaban sus armas blancas bajo la ropa. Quiso contarle a Milena lo que había sucedido con él antes de salir de la casa, pero, en cambio, dijo-: ¿Y? ¿Podías dormir después de eso?
-Como una bebé -soltó ella, notablemente extrañada.
-¿Por qué nunca me hablaste de tu padre?
-Hay un sinfín de cosas más interesantes para hablar.
-Me hablaste de tus otros parientes.
-Ellos sí son interesantes.
Renzo titubeó. Se le vinieron a la mente cientos de contestaciones para ese comentario, pero se las guardó para sí mismo. Era obvio que Milena no tenía ni la más pálida idea de que su padre era un… ¿un qué? ¿Un padre sobreprotector como cualquier otro? Quizás un poco exagerado con todo el tema de la actuación y el engaño, pero no dejaba de ser una táctica más en el modus operandi de un hombre preocupado por su niña. Quizás no había de qué preocuparse después de todo. No más de la cuenta, por lo menos.
Pero él sabía que eso sólo era mentirse. Si son menores de 20, mejor… ¿en qué estaba pensando cuando dijo eso? Todavía lo sorprendía el hecho de haber salido vivo de esa casa.
Cuando llegaron a la esquina, se detuvieron.
-No le tendrás miedo, ¿no? -inquirió la muchacha.
Renzo demostró una mueca burlona:
-Por supuesto que no. ¿Debería?
Milena sonrió:
-Por supuesto que sí.
El chico no comprendió. La calidez de la sonrisa no encajaba con la sequedad de la respuesta. Nervioso, preguntó:
-¿Y eso por qué?
-Porque me gustás -confesó la chica.


5


Kevin estacionó sobre la vereda de la casa. Por alguna razón que él desconocía, el cordón estaba venido abajo. Ni se molestó tampoco por obstruir el camino de los pasantes. Que bordearan el auto; no tardaría mucho, había puesto las balizas. Tuvo que bajarse cuando vio que Renzo no lo esperaba afuera, y cuando su instinto -muchas veces acertado en situaciones anteriores y similares- le dijo que no saldría a su encuentro.
Tocó el timbre y esperó impaciente, zapateando con la punta del pie derecho sobre una rejilla metálica, situada junto a la entrada.
Unos minutos después, un hombre fornido de pelo rubio, lacio y abundante, atendió la puerta. Las puntas florecidas le caían sobre los imponentes pectorales que se dibujaban bajo una chomba blanca sin abotonar. El sujeto le recordó a Nicolas Cage, en aquél film donde un montón de presidiarios asesinos y maniáticos eran trasportados en un avión de carga.
Intentó decir hola, pero se quedó mudo ante la estúpida asociación que su cerebro le había tirado.
-Kevin -exclamó el hombre, como si lo conociese de toda la vida-. Soy Beltrán, el primo de Milena, un gusto -y le extendió la mano para saludarlo.
Kevin frunció las cejas y le estrechó la gigantesca mano.
-Un gusto… eh, ¿se encuentra Renzo? Necesito hablar con él.
-Por desgracia, no. Salió con Milena hace un rato. No me dijeron a donde.
El muchacho ya se había dado la vuelta para irse, cuando Beltrán le arrojó un cumplido sobre el auto. Kevin no tuvo control sobre sí mismo, tuvo que contestar:
-¡Muchas gracias! ¡Yo opino igual!
Ambos esbozaron una sonrisa.
-Y me encanta que le hayas dejado las llantas originales.
-¿En serio? Nadie lo nota. Es más, todas las partes son originales, hasta la antena. El auto está como nuevo.
-Un lujo, daría lo que fuera por tener un auto así. Dirección hidráulica, caja tercera y un motor V8. ¿Quién no querría levantar 80 en primera? Un deleite para los sentidos. Éstas sí eran máquinas.
-No se olvide de que es puro fierro.
-Claro, chocás un Scania y lo desarmás, pobre camioncito -ambos rieron como adolescentes en recreo y luego el hombre agregó-: ¿Es un LTD, no?
-Sí, es un Limited, la versión full.
-¿Te molesta si damos una vuelta? Estoy solo en la casa y no conozco a nadie acá en el pueblo. Milena se fue y… bueno, tu auto tiene lugar para que diez como yo entren cómodos. Además, te perdonaría el que lo hayas estacionado sobre la vereda.
¿Qué más daba? El sujeto parecía buena persona. Kevin aceptó.
Así que, apresurando el paso para llegar primero al auto, y sin que su nuevo amigo lo notara, el chico se guardó un fajo gordo de billetes en el bolsillo y luego depositó el bolso con el resto en el baúl. Cuando Beltrán le preguntó qué había dentro, él le respondió que no había nada, sólo ropa sucia que había prometido dejar en la lavandería.
-¡Y vaya que está sucia! -proclamó el hombre al tomar asiento.
-¿Cómo? -por suerte, el muchacho, reaccionó de inmediato-. La ropa, sí, ¿se nota mucho?
-Hermano, huele a meada. ¿Acaso te revolcaste con infantes de primaria?
-Algo parecido…
-¿Qué pasó? -inquirió Beltrán, tentado.
Kevin tuvo que improvisar.
-Mi hermanito. Tengo un hermanito de 3 años al que le gusta meterse y dormirse adentro de los bolsos.
-Pero eso es peligroso -todo rastro de sonrisa se le desdibujó de la cara-. Puede quedarse encerrado y asfixiarse.
-Sí, lo sé. Por suerte, nunca pasó ni estuvo cerca de pasar. De todos modos, ya le estamos sacando la maña. Después de hoy, no creo que vuelva a hacerlo.
En ese momento, Kevin rogó porque las preguntas se detuvieran. ¿Qué le diría si le preguntaba sobre cómo le habían curado un mal hábito a un niño que nisiquiera existía?
Desafortunadamente:
-¿Por? ¿Cómo lo solucionaron?
-Mamá intervino. Cosas de padres, vos sabés -eso fue astuto-. Un padre siempre sabe cómo solucionar los problemas de sus hijos.
-Ni me digas -suspiró Beltrán, con una mezcla de alivio y pesadez- sé muy bien a lo que te referís.
Y mierda que lo sabía.
Kevin puso el Fairlane en marcha y se dirigieron hacia su primera parada juntos: la estación de servicio.
Al llegar, Kevin hizo algo que jamás había hecho en sus 23 años de vida...
Llenar el tanque de su auto.
Se sintió en el paraíso. Nada como observar cómo trescientos pesos se le resbalaban de la mano sin ningún tipo de remordimiento.
Antes de bajarse, le preguntó a Beltrán si quería algo para comer y él le pidió unas petacas de vodka y unas latas de bebida energizante. Kevin se adentró en el quiosco de la estación y recogió los suministros. Mirando sobre el hombro, para asegurarse de que su nuevo compañero no lo estuviese observando, puso sobre el mostrador de la caja registradora el fajo de dinero que se había guardado en el bolsillo. Ya lo había supuesto cuando le entregó, sin elegirlos, tres billetes de cien al empleado de la nafta. ¡Una maravilla! Todos los billetes eran del mismo palo… pagó lo que debía y se volvió a guardar el dinero en los pantalones. No sin rellenar primero su billetera con unos quinientos pesos.
Kevin volvió al auto y le entregó la bolsa con bebidas a su acompañante. Éste sonrió como un niño socarrón y le dio las gracias.
Ambos miraron el reloj en el tablero. Faltaban diez minutos para las nueve. La noche de a mediados de diciembre era calurosa, pero un viento seco y constante, que bajaba desde los cerros, los mantenía a gusto.
Y con la locura de los viernes corriendo por sus venas.
-¡La noche está en pañales! -gritó Beltrán, antes de pegarle un sorbo al vodka y aplastarse la lata vacía de energizante contra la frente.
Qué frase más anticuada, pensó Kevin, e hizo rugir el monstruoso motor de su preciado Ford Fairlane negro. Aceleró, haciendo chillar las gomas en su sitio y despegó hacia la aventura más estrambótica que jamás habría vivido.


6


-Vos también me gustás -respondió Renzo. Las palmas le sudaban, la voz le subía y bajaba de tono. ¿Qué estaba sucediendo? No era la primera vez que decía algo así. El corazón se le atoró en la garganta.
-Sí, lo he notado… -masculló Milena-. Y ya que abrí la boca: vos me has gustado desde siempre…
Renzo no contestó. No le mentiría diciéndole que también, porque no era así. Sonrió y le rodeó las caderas con los brazos.
Ocurrió algo extraño al hacerlo. El acercamiento fue el mismo que había utilizado con otras tantas chicas antes, pero había algo diferente en la delicadeza de éste en especial. Se sentía diferente. El perfume de la chica se percibía con mucha más intensidad. Sentía el calor de su cuerpo bajo la ropa. Sus manos no rodearon la cintura de él, sino que subieron lentamente hacia su rostro.
De pronto, a Renzo lo invadió la necesidad imperiosa de besarle los labios, pero, al mismo tiempo, de evitarlo.
¿Qué me pasa? ¿Por qué se siente tan diferente?
Ya había recibido esa respuesta. Sólo necesitaba procesarla.
Ella es diferente, eso pasa…
Un auto pasó a toda velocidad junto a ellos, y les tocó bocina. Ninguno de los dos volteó. Sus miradas estaban conectadas por un puente imaginario que nacía de sus ojos. Paso a paso, lo atravesaron, hasta que sus labios se fusionaron en un primer beso apasionado. Sus almas cantaron armoniosas.
El ruego de sus deseos era evidente. Ambos querían estar juntos. El beso selló el trato.
Se separaron y, tomados de la mano, cruzaron la calle.
-¿Qué hacemos ahora? -preguntó Renzo, ahogado en el dulce sabor a frutilla que ahora le inundaba la boca.
-Lo que vos quieras -respondió Milena, con ojos nebulosos-, estoy demasiado borracha de amor para decidir. Mientras no te hagás el vivo, podés elegir lo que quieras; yo te sigo.
Como me gustaría tener el Fairlane en estos momentos, pensó el joven, frunciendo las cejas.
-Ya sé, tengo una idea.
Buscó su celular para llamar a Kevin y pedirle prestado el auto, pero no halló el aparato en ninguno de los bolsillos.
-Por las dudas, vos no agarraste mi teléfono, ¿no?
-No -de igual manera, la chica se tanteó los bolsillos traseros del jean-. Tampoco tengo el mío. Lo habré dejado arriba de la mesada de la cocina. ¿Para qué lo querés?
-Quería pedirle el auto a Kevin, así dábamos unas vueltas o subíamos a la punta del cerro a mirar las estrellas.
-Uh, eso suena interesante. Me gusta la idea.
-Sí, pero no sé donde dejé mi teléfono. ¿Lo llevé a tu casa? ¿Se me habrá caído cuando me senté a tomar el batido con Beltrán?
-¿Con quién? -reaccionó la chica.
-Con tu viejo. ¿No se llama Beltrán?
Milena lo miró confundida.
-Papá se llama Horacio, Renzo.
-Tenés razón -el muchacho se dio un golpe en la frente, en un falso ademán de torpeza. Una gota fría le recorrió la palma-. Qué boludo que soy; no sé por qué dije eso. Me habré confundido con otro de tus parientes.
-No tengo ningún pariente que se llame así; nisiquiera un conocido.
Renzo tragó saliva. Necesitaba desviar la conversación hacia otro punto.
-Bueno, no importa, un error mío. ¿Qué te parece si volvemos a tu casa, buscamos los teléfonos, compramos unos helados, llamamos a Kevin y terminamos esta charla allá arriba? -y señaló la punta del cerro más bajo. El único al que se permitía el acceso sin riesgo de desmoronamientos; y el único al que le habían puesto guardarails para evitar que los conductores borrachos terminasen practicando paracaidismo con sus vehículos.
Milena se remordió los labios. Contempló el horizonte montañoso durante unos instantes y luego aceptó:
-Bueno, pero vayamos primero por el helado. Estamos a dos a cuadras.
-Como usted lo desee, milady.
Tras comprar un kilo de amarena con tramontana, la pareja volvió a la casa de la chica. Una vez allí, se sorprendieron al encontrarla vacía. No había rastros de papá por ninguno de los cuartos.
-Qué extraño -comentó Milena.
-¿Por qué? -quiso saber Renzo, por más de una razón.
-Porque papá nunca sale. Desde que murió mamá, ha sido un hombre muy solitario. Ni los vecinos lo reconocerían ahora.
-¿Vos creés que le pasó algo?
-No. Encontré una nota en la heladera que dice que salió a dar una vuelta.
-Entonces, es algo bueno…
-Podría ser. No lo sé. Supongo que sí.
Renzo comenzó a ver que la chica perdía la concentración en la cita. Necesitaba reavivar el fuego. El boina verde estaría bien. Aquél hombre no era ningún idiota, y él había tenido la desgracia de comprobarlo.
-Va a estar bien -acotó con tono risueño-, si sobrevivió a la guerra, va a sobrevivir a una pequeña caminata por el pueblo. No te preocupés. Además, no es lo que podríamos llamar un viejito indefenso. Yo creo que hasta Terminator la pensaría dos veces antes de atacarlo o de robarle la billetera.
La muchacha intentó sonreír, pero aún no estaba convencida. Tenía un mal presentimiento.
Fue entonces que Renzo no tuvo otra opción. No era lo que él quería, pero debía hacerlo. El primer sacrificio de la pareja (deseó que no se volviera costumbre):
-Si querés, podemos quedarnos acá hasta que vuelva.
El rostro de su nueva novia se iluminó.
-¿En serio? ¿No te jode?
-Para nada. Además, es temprano todavía. Tenemos tiempo para hacer de todo. Miremos tele y comamos el helado.
-Sos un amor… -la chica se le abalanzó encima y lo besó.
Tras un buen tiempo de arrumacos contra la pared, terminaron sobre el sofá, hurgando, acaloradamente, con las manos de uno bajo las ropas del otro.
Sabían que no podían pasarse de la raya. No allí. Así que sólo se frotaron mutuamente, sin ir más allá de la masturbación, sin quitarse las prendas. Él jugó con sus dedos hasta hacerlos desaparecer dentro de ella; y ella le devolvía el favor apretándole con suavidad los testículos y restregándole el pene de forma alternada.
Unos veinte minutos más tarde, el timbre de la puerta los interrumpió.
-¡Tu papá! -se alarmó Renzo.
-¡Papá no tocaría el timbre! -reaccionó Milena-. ¡Calmate!
El chico se reacomodó la ropa interior y se puso de pie junto al sofá.
-¿Querés que atienda? -consultó, más relajado.
-No, voy yo. Vos, sentate. Ya vengo.
Milena echó un vistazo por el ojo de la puerta. Un sujeto de traje y anteojos negros aguardaba. Tenía las manos entrelazadas al frente y parecía estar silbando; sus labios se fruncían de forma exagerada.
¿Será un vendedor de perfumes?, pensó la chica, titubeando entre la idea de si atender o no, odio a estos tipos, siempre te interrumpen en medio de algo importante… por otro lado, algunos, a veces traen perfumes de marca, robados, a menos de la mitad del precio original…
Echó otro vistazo para detectar si el extraño traía una bolsa en donde llevaría los productos. Pero no detectó nada; ni bolsa, ni mochila, nisiquiera un maletín. Si no hubiera sido por las extrañamente graciosas arrugas que se le formaban en el rostro al silbar, aquél hombre habría desprendido cierto aire de seriedad gubernamental. ¿Lo buscaría a su padre? Necesitaba atender…
-Buenas noches -dijo el trajeado, incluso antes de que Milena asomara la cabeza.
-Buenas noches -replicó la muchacha, ocultando medio cuerpo tras la puerta-. ¿Qué necesita?
-Busco al señor Kevin O’Hara. Su madre me dijo que posiblemente podría encontrarlo aquí.
Milena se volvió y buscó a Renzo con la mirada.
Cuando al fin lo detectó, éste salía de la cocina con una lata de picadillo Swift entre las manos, más unos grisines de salvado sobresaliéndole de la boca; entonces, le preguntó:
-¿El apellido de Kevin es O’Hara?
-Sí -respondió el chico, dejando caer uno de los grisines, que más bien parecía un cigarrillo, por la forma en que lo apretaba con los labios hacia un lado. Maldijo al verlo caer sobre la alfombra. Luego, continuó-: ¿Por qué?
-Porque lo buscan.
-¿Acá? ¿Para qué? ¿Quién?
-¿Y usted cómo se llama? -inquirió la muchacha, devolviéndole la mirada al hombre trajeado, que al parecer, se había acercado varios centímetros hacia la puerta. Milena recordaba claramente haberlo visto parado junto a la rejilla de metal; ahora, ésta, estaba a una distancia notablemente diferente.
Ella lo sintió. Una especie de dejá vù le erizó la piel. Él se le echaría encima e intentaría irrumpir en la casa.
Pero sus pensamientos fueron erróneos. El hombre de gafas oscuras no lo intentó.
Lo llevó a cabo completa y satisfactoriamente.
Milena ahogó un grito y Renzo tuvo el reflejo de arrojarle su picadillo al atacante. La lata voló a través del comedor y golpeó contra la puerta de entrada, a pocos centímetros de la cabeza de su novia; ahora utilizada cual escudo humano por el atracante.
-Tranquilo, muchacho -masculló éste-, no quiero lastimar a nadie, sólo quiero recuperar lo que es mío; así que ponete en contacto con tu amigo para que me lo devuelva ya.
-No sé de qué carajo estás hablando -respondió Renzo, impotente. La punta de su pie daba pequeños brincos, pronta para abalanzarse sobre el usurpador en caso de que fuese necesario.
-Tu amigo se robó algo que me pertenece.
-¿Kevin? El Kevin O’Hara que conozco no le robaría ni un alfajor a un quiosquero. Es más maricón que la mierda. Además, vos no sos del pueblo. Nunca te he visto en mi vida.
Milena giró levemente la cabeza para observar con detenimiento el rostro del asaltante, pero sintió como éste le ejercía presión en la garganta con el brazo que la aprisionaba.
-Nunca dije que fuera de este pueblo de mierda. Mirá, esto es sencillo. Llamá a tu amigo, hacelo venir y arreglamos todo esto sin pasar a mayores.
-Bueno, pero primero soltá a mi novia.
Vaya momento para decirlo…
-¿Vos te pensás que soy boludo? Hasta que tu amigo no aparezca, la morocha se queda conmigo. Yo que vos, haría esa llamada ahora mismo. No tengo mucha paciencia.
El hombre de traje presionó con fuerza la garganta de Milena. Ésta intentó soltarse, pero su captor era más fuerte de lo que aparentaba a simple vista.
-Llamá -lloriqueó la chica-, tu celular debe estar en el estudio donde estuviste con papá. Si no, el mío debe estar arriba de la mesada de la cocina.
-¡No! -exclamó el trajeado-. Nada de movimientos raros; que utilice el teléfono fijo.
-No tenemos teléfono fijo -masculló Milena.
El hombre carraspeó enervado.
-En ese caso, avanzá despacito; vamos hasta el estudio o donde mierda sea que estén los celulares.
Con el maleante haciéndole de sombra, Renzo caminó hasta el estudio. Halló las dos sillas reclinables, su vaso vacío junto a una de ellas, pero ninguna señal de su teléfono móvil. Por lo visto, no lo había traído consigo aquella noche. Cosa que le extrañó, puesto que nunca salía de su casa sin él.
-Busquemos el tuyo, Mile, el mío no aparece por ningún lado.
La sombra gruñó molesta.
Ya en la cocina, junto al microondas, Renzo tomó el teléfono de Milena y marcó el número de Kevin. La voz mecánica de la casilla de mensajes atendió en los primeros tres intentos.
-Y bueno -soltó el hombre de traje, ya resignado ante la idea de acabar rápido con todo aquello-, seguiremos intentando hasta que atienda, o hasta que se percate de las llamadas perdidas. ¿Vivís sola, nena? ¿Dónde están tus padres?
-No lo sé -contestó Milena, en ademán sincero.
-¿De quién es la habitación con las cortinas rojas? Me llamó la atención desde la calle.
Milena intentó liberarse otra vez. Fue inútil. El hombre le tomó una mano por la muñeca y se la llevó hacia uno de sus bolsillos. La muchacha se percató con horror del arma, seguramente una nueve milímetros, que el trajeado portaba bajo la ropa; así que captó la indirecta. Se limitó a quedarse quieta e intentó tranquilizarse.
-Es el estudio de mi padre -comentó, tragando saliva con dificultad.
-Mirá vos, ¿y tu mamá?
-Murió hace años.
-Qué lástima. Mi vieja también murió cuando yo era joven, ¿pero qué le vamos a hacer?
Renzo observaba toda la escena con impotencia. Se sentía frustrado al no poder hacer nada más que presenciar. Cierto enojo comenzó a fluir como ácido por sus venas. Un enojo hacia el estúpido de Kevin, quien nunca contestaba el teléfono cuando se lo necesitaba.
¿Dónde estás, idiota?, masculló entre dientes, ¿qué mierda estás haciendo?


7


-¿Qué te gustaría hacer ahora? -preguntó Beltrán. Ya habían recorrido el pueblo de punta a punta (sin cruzarse ni una sola vez con Renzo y Milena; algo poco común en un lugar tan pequeño, y con pocos lugares públicos o de encuentros sociales. Era como si la pareja hubiese despegado de la tierra y desaparecido del mapa); habían hablado sobre autos; música; hecho chistes sobre los políticos actuales y compartido anécdotas vergonzosas de la infancia. El alcohol los había llevado a desinhibirse, a soltar la lengua sin pudor. Incluso Beltrán narró algunas de sus hazañas en Malvinas (con la extraña suerte de no haber delatado su verdadera identidad bajo los efectos de la bebida).
-Quisiera coger -bromeó Kevin-. Llevo un tiempo sin hacerlo.
-Hagamos eso entonces.
Kevin miró a su acompañante. Titubeó antes de contestar:
-Era una broma.
-¿Qué cosa? ¿Lo primero o lo segundo?
-A decir verdad, lo segundo es muy cierto. Nunca he tenido mucha suerte con las mujeres. Y menos acá, en un pueblo tan chico. Una vez que te marcan, es imposible quitártelo de encima; es como un tatuaje grabado a fuego. Si hiciste algo estúpido en tu niñez o en tu adolescencia, te perseguirá por siempre. Yo y otros chicos somos la prueba viviente de ello.
-¿Tu amigo Renzo es uno de esos?
-Para nada. Renzo es perfecto para las mujeres. No me preguntés por qué, pero una cita nada más y ya terminás en la cama con él. Él y yo somos los dos clásicos estereotipos que podrías encontrar en lugares como estos.
Beltrán gruñó y miró por la ventana.
-¿Dije algo malo?
-No, no -respondió el hombre, y se volteó hacia Kevin-, para nada. Sólo recordaba algo que tengo que hacer más tarde. Volviendo al tema: ¿la querés poner o no?
-¿Me estás hablando en serio?
-¿Te parece que bromeo?
-No, pero… en el supuesto caso de que te diga que sí, no podríamos hacerlo.
-¿Por qué?
-Porque acá no hay prostitutas. Vivimos en un pueblo, acordate. Veo que vos sos de ciudad, esas cosas deben ser moneda corriente para vos. La ciudad más cercana a Seguí, es Paraná, y está a 50 kilómetros.
-¿Y soy el único que recuerda que tenemos el tanque del auto lleno? Vamos, viví un poco. Yo invito.
La invitación era tentadora. Nunca se le había ocurrido semejante travesía cuando estaba con Renzo. ¿Habría sido porque nunca les alcanzaba el dinero para nada más que combustible y medio cajón de cervezas? ¿O porque Renzo tenía sexo frecuente y no pensaba en que su mejor amigo también necesitaba descargar sus frustraciones? Fuera lo que fuese, nunca había surgido la idea. Y ahora, no sólo había surgido, sino que era monetariamente posible.
Sin pensarlo dos veces, Kevin se vio aceptando por segunda vez la propuesta de un desconocido. ¿Qué cosa mala podía pasar? ¿Acaso no todos los amigos comenzaban siendo desconocidos? Ya se sentía en confianza con él, ahora debía dar el siguiente paso: crear una oportunidad, un momento, para poner a prueba esa confianza. El procedimiento social más normal de toda la existencia.
Si la vida te da limones, hacé limonada, ¿no?

El viaje duró aproximadamente quince minutos menos de lo esperado. Kevin llevó el Fairlane sobre la ruta como si fuese un misil teledirigido, ansioso por atravesar el continente y borrar del mapa a algún territorio enemigo. El muchacho ya estaba acostumbrado a descender por las cornisas a toda velocidad; algo a que, al parecer, Beltrán no estaba muy acostumbrado. Éste se aferraba del cinturón de seguridad y se ensimismaba hacia el interior del auto cada vez que su conductor doblaba, casi sin mirar, en las curvas peligrosamente cerradas. El acantilado se dibujaba con suma precisión fuera de la ventanilla del acompañante y la mente de Beltrán, aunada al terror, lo acercaba hasta el final del precipicio, allá abajo, en donde imaginaba al Ford Fairlane negro rebotando entre las rocas hasta desarmarse por completo, incluso antes de llegar al suelo.
-¡No sé cómo te llevarás con Dios, pero yo no me llevo muy bien, así que bajá un poco la velocidad! -llegó a exclamar el hombre musculoso de cabellera rubia platinada, entre temblequeos, en una de las últimas curvas donde el guardarails de la cornisa parecía estar a punto de impactar contra el chasis.
-¡Tranquilo! -respondió Kevin, con media sonrisa burlona-. ¡Sólo los buenos mueren! ¡Nosotros tenemos para rato!
-¡Y los estúpidos conductores imprudentes también!
Kevin lo miró con cara desquiciada y volanteó en zigzag sin mirar hacia el camino.
-¡Relajate, viejo! ¡Disfrutá del paisaje!
Con la respiración entrecortada y varias octavas de voz menos, Beltrán se bajó del auto y besó el pasto húmedo y descuidado que adornaba la entrada de Paraná. Habían llegado. Nunca estuvo tan agradecido por estar parado sobre tierra firme, incluso más que cuando escapó de la zona de batalla de Malvinas y los ingleses dañaron la hélice del helicóptero que lo sacaría de la isla… ¡con él abordo! Quizás había sido eso; la altura, el precipicio, la velocidad, los bamboleos… sintió que estaba sucediendo otra vez.
-Sos una nena debajo de todos esos músculos -le infirió Kevin, sacando medio cuerpo por la ventanilla. Golpeó el techo del auto con una mano y se echó a reír al ver que Beltrán estuvo a punto de contestarle pero se detuvo para agacharse y ponerse la cabeza entre las piernas. El jadeo y la respiración cargada de su copiloto hicieron que Kevin riera con más intensidad.
-Cuando pare de morirme, te fajo -tartamudeó Beltrán-. ¿Me escuchaste?
-Fuerte y claro, capitán.

Ya cerca del río, en el centro nocturno de la ciudad, la música de los boliches electrónicos sacudían los fierros del viejo Fairlane. Beltrán se sacudía incomodo sobre su asiento ante estos nuevos sonidos computarizados sin nada de intervención humana, más que el de un borracho drogadicto que apretaba botones a diestra y siniestra. Kevin sólo movía la cabeza por inercia. No era muy adepto a este tipo de música. Se llevaba mejor con los instrumentos reales, líricas elaboradas, y algo no tan masivo. Por otro lado, chocaba con las personas que oían este género, ya que con su estilo de baile frenético y compulsivo siempre lo golpeaban y le hacían derramar su bebida; y pararse frente a ellos y enfrentarlos era como hacerle frente a un enfermo con Parkinson en pleno ataque de epilepsia.
-¿Y vos creés que acá vamos a conseguir putas?
-¿Dónde más, si no? -respondió Beltrán, mientras bajaba la ventanilla.
-No sé. Vos sos el experto en esto.
-Y por eso te traje acá. Así que prestá atención, no son muy difíciles de detectar.
Kevin frunció la cara. Con algo de miedo, preguntó:
-¿Y es seguro levantar chicas de la calle?
-Claro que no -Beltrán le indicó que frenara en la esquina contraria-. Por eso vamos a preguntarles a aquellas chicas donde podemos encontrar un privado como la gente. Es exactamente lo mismo, pero la infraestructura física y una buena decoración te dan cierta sensación de seguridad. Es tu primera vez, corazón, no quiero que la pasés mal.
Kevin aparcó frente a dos mujeres. Una de ellas era un travesti. Sin embargo, el muchacho no lo notó.
-Buenas noches, señoritas -exclamó Beltrán, estirándose sobre el asiento y apoyando los codos sobre el regazo de su conductor -. ¿Les gustaría ganarse veinte pesos sin hacer nada?
-¡Claro! -contestó la morena con espalda de nadador profesional. Su voz ronca y maciza le produjo a Kevin escalofríos.
-Dennos la dirección de algún privado que valga la pena.
-¿Y perdernos el servicio nosotras? ¿No te parece que 20 pesos son una miseria por esa información?
-Está bien. Tienen razón. ¿Cuánto cobran ustedes?
Las prostitutas se miraron entre ellas.
-150 -contestó la más pequeña, una rubia con peluca pelirroja.
-Lo siento, chicas, pero eso es demasiado por una dirección. Gracias de todos modos.
-Esperá -intervino Kevin, y sacó dos billetes de cien de la billetera-. Tomen, ahí tienen 200.
El travesti tomó el dinero con tal velocidad que nisiquiera un prestidigitador lo hubiera superado. Con voz chillona y apresurada, tiró un número y una calle; le dio un empujón a su compañera y desapareció tras unos arbustos a sus espaldas. A los cuales sorteó de un brinco.
-Wow -mascullaron los chicos del Fairlane.
Al salir de su sorpresa, Beltrán le preguntó a la otra prostituta si la dirección era real. Ésta le dijo que no. Pero enseguida, les propuso otro trato.
-Tengo una amiga re linda que vive acá a la vuelta. Si quieren, la buscamos y cerramos el trato. Somos buenas minas, estamos en la calle porque nos gusta trabajar por nuestra cuenta, nada de estar cobrando a medias con un privado -la chica se quitó la peluca. Resultó extraño como el simple hecho de quitarse algo tan sencillo como eso la hizo verse más joven y natural. Su cuerpo estaba bien, no tenía arrugas ni estrías. No pasaba los 21 años.
Kevin miró a Beltrán. Analizaron la situación en silencio, escrutándose fijamente a los ojos. Ambos asintieron.
-Dale, subite.

La segunda chica se llamaba Rubí. Nombre, que según ella, le pusieron unas antiguas compañeras de trabajo por el color de sus pezones.
Sin preguntar nada, y ante la previa llamada de su amiga, Rubí se metió en el auto.
-Qué espacioso -comentó-. Nunca lo había hecho en un auto tan grande.
-No, no lo vamos a hacer en el… -comenzó Kevin, pero Beltrán lo detuvo.
-¡Hay una primera vez para todo!
-Pero…
-Pero nada, viejo. Vamos a la costanera, ahí es tranquilo y yo me paso para atrás.
Por tercera vez, Kevin asintió, obedeciendo las órdenes de su nuevo amigo. Las cuales le agradaban a sobremanera, de un modo el cual no quería admitir conscientemente. Eran atrevidas, diferentes, nuevas. ¿Por qué no?
Ya hacía unos veinte minutos frente a la playa, Kevin aprovechó para espiar por el retrovisor, mientras la puta que había elegido quedarse con él, rebotaba, enardecida, contra su regazo. Lo que vio, lo impactó más que los gemidos de esta jovencita rubia, gritándole groserías eróticas a viva voz en los oídos.
Beltrán se masturbaba, casi con enojo, al mismo tiempo en que su chica le jalaba de los dedos del pie. Ahí estaba ella, de rodillas, metida como un paquete, entre el respaldar de la butaca de Kevin y las piernas elevadas de Beltrán. Una, tocaba el techo con el talón. La otra, se mantenía erguida gracias a los brazos de la prostituta, quien le jalaba y retraía las extremidades, compulsivamente, como si se tratasen del pene mismo.
Este tipo sí es raro, pensó Kevin. De repente, otro pensamiento lo invadió alarmante: ¿o seré yo? ¿Qué hago espiando a otro en lugar de concentrarme en lo mío?
Buena pregunta. Pero era difícil concentrarse cuando alguien con el físico de Beltrán prefería manipularse a penetrar. Era algo que, por estúpido que sonase, intrigaba más que el sexo mismo.
Sin siquiera percatarse de ello, Kevin acabó dentro de su dama de compañía. Ésta se sacudió y contrajo el vientre, disfrutándolo. Luego, el chico la tomó por la delicada cintura y la arrojó sobre el asiento del acompañante, como a un envase vacío. La chica estaba muy agotada para protestar o quejarse; se reacomodó en el asiento, sin decir palabra, y se durmió. Al parecer, había puesto todas sus energías en la cabalgata. Era raro en una prostituta. Quizás era nueva. O de veras disfrutaba de su oficio.
Por lo tanto, Beltrán seguía tocándose, y Kevin trataba de observarlo discretamente. Al fin, el hombre gritó:
-¡Escupime en el ombligo! ¡Dale, putita, llename el ombligo de saliva!
La chica puso una cara de consternación tal que sobrepasó su propio morbo. Había tenido clientes extraños, pero esto era demasiado. Algunos, incluso, le habían causado gracia con sus peticiones, pero ante la orden de Beltrán, quedó perpleja, no supo cómo responder. Luego de pensarlo un momento, habló (su cara era de asco, y su voz, cinismo puro):
-¿Que te escupa en el ombligo? ¿Me estás hablando en serio?
Le soltó los dedos del pie y se cubrió los pechos con el brazo.
-Andá, decile a tu podólogo que te tire de los dedos, princesita.
Kevin estuvo a punto de echarse a reír ante el comentario de la prostituta, pero mantuvo la boca cerrada al ver cómo Beltrán le tumbaba los dientes de una patada… la cabeza de la chica golpeó contra el asiento de Kevin y se pudo oír con claridad como su cuello tronó al descolocarse.
El hombre miró por el retrovisor y contactó los ojos desorbitados del muchacho. Entonces, dijo:
-Uno que las trata con respeto, y ellas nunca saben apreciarlo. A veces no sé por qué me preocupo tanto por ellas. ¿Tendría que pegarles y cogerlas con odio, no? Justo me vengo a encontrar una prostituta a la que le gusta trabajar. ¡Cuántas darían lo que fuera porque no les tocaran un pelo!
Kevin tartamudeó, sin lograr una conexión coherente entre las sílabas. Al fin, tras unos forzosos intentos, pudo mascullar:
-¿Está… está… muerta?
-Claro, viejo, le quebré la nuca, ¿acaso no escuchaste?
El muchacho tragó saliva antes de hablar. Sintió un puñado de agujas circulándole por la garganta:
-Mejor… volvamos a Seguí…
-Claro -afirmó su compañero, mientras se subía los pantalones. Acto seguido, se cerró el cierre, al mismo tiempo en que jugaba con la cabeza de la prostituta como si esta fuese una pelota entre sus rodillas-. Pero primero, hay que deshacerse del cadáver. No querrás volver a casa con un fiambre en el baúl.
Kevin condujo, en completo silencio, hacia la esquina donde habían encontrado a la amiga de Rubí. Al estacionar, Beltrán se bajó, abrió la puerta delantera del acompañante y tomó a esta última chica (la prostituta dormida) en brazos. La acarreó con delicadeza y la depositó entre unos arbustos. Al despertar, tendría su casa a unas pocas cuadras.
-Ahora, volvamos -ordenó el hombre fornido, recuperando su lugar junto al conductor.
-¿No te olvidás de algo? -se atrevió a comentar éste.
-No, no me olvido de nada. La solución está a mitad de camino de regreso.
El chico abrió los ojos como platos.
-No… no vas a hacer eso…
-¿Y qué más querés que haga? ¿Parir un clon con vida?
-No… pero…
-Pero nada, Kevin. Apretá ese acelerador o lo hago yo.
-A la orden, capitán -cedió el muchacho, sólo que esta vez, sin ningún rastro de gracia.
Salieron de la ciudad a todo motor (topándose con la suerte del verde y el amarillo en todos los semáforos). Recorrieron la mitad del destino y Beltrán le ordenó a Kevin detenerse cuando llegaran a la punta del cerro.
Una vez allí, ambos se bajaron del Fairlane y contemplaron las luces de las dos ciudades, una a cada lado de la montaña. Luego, caminaron hacia el frente: hacia el oscuro e inmedible acantilado.
-No queda otra… -dijo Beltrán, decidido.
Kevin se volvió al auto y apagó las luces para no llamar la atención de los demás vehículos que pasaran. Beltrán metió su hinchado cuerpo en la parte trasera y extrajo el cadáver de la prostituta. El otro muchacho lo observó avanzar con paso seguro, mientras hacía algo que no había hecho en toda la noche: revisar su celular.
El chico quedó estupefacto por la cantidad de llamadas perdidas marcadas. Un número desconocido para él había intentado comunicarse unas 38 veces. El teléfono habría sonado cuando venía manejando como loco cornisas abajo, y quizás algunas veces más, ahora, de regreso. Entre la euforia, el viento endemoniado que entraba por las ventanillas abiertas, las quejas de Beltrán y la música de fondo… detectar el teléfono, en esos precisos momentos, habría sido pura casualidad.
Entonces, creyendo que podría tratarse de Renzo, marcó su número.
El pánico que sintió, al escuchar el ringtone de Abarajame, de Illya Kuryaki, provenir del bolsillo trasero del pantalón de Beltrán -al tiempo en que éste arrojaba a la puta por la cornisa-, lo paralizó rotundamente. No había forma de que existiera una coincidencia tal. Aquél teléfono no podía haber tenido la misma canción ni sonado al mismo tiempo…
Beltrán observó al cadáver de la muchacha desaparecer en la neblina oscura y se volteó lentamente hacia Kevin.
-Pará, viejo, puedo explicarlo…
De fondo, se escuchaba el cuerpo de la chica golpeando contra las rocas, acompañado por la inconfundible tonada de Emmanuel Horvilleur. Carne, rocas, yo tengo hijos en los ocho continentes, carne, rocas, rocas, y a todo ellos, rocas, yo les saqué los dientes, carne…
-Quedate ahí, Beltrán. No te movás más.
-Creo que es momento de sincerarnos -comentó el hombre, con voz llana, directa.
-¿¡Te parece!? -rió Kevin, descontrolado. No se sentía bien, creyó que algo dentro de él se estaba rompiendo. Probablemente, su cordura.
-Lo primero es lo primero. No hay por qué seguir ocultándolo, ya que no es nada importante, pero… no me llamo Beltrán, ni soy el primo de Milena. Soy su padre y mi verdadero nombre es Horacio.
Algo hizo click en el interior del muchacho. Luego, estalló:
-¡Mataste a una prostituta! ¡Te robaste el celular de mi amigo! ¿¡Y ahora me decís que no sos quien decías ser!? ¿¡Qué mierda te pasa!? ¿¡Acaso te explotó una bomba en la cabeza!? ¿¡O lo de Malvinas también es un engaño!? ¡Confié en vos! ¿¡Qué mierda vas a hacer conmigo ahora!? ¿¡Me vas a matar también!? ¿¡Y qué le pasó a Renzo!? ¿¡Dónde está Renzo!?
-Tranquilo -masculló Horacio, acercándose de a poco-. Lo de la puta se dio. No tengo explicación para eso. Lo de Malvinas es cierto; todo lo que compartí sobre mi pasado con vos, es cierto. La única mentira es la de mi nombre; siempre lo hago cuando mi hija está por salir con algún hijo de puta nuevo. ¡Pero tu amigo es diferente! No del todo, pero mejor que los anteriores. Le saqué el celular para inspeccionar que no anduviera en nada raro, y bueno, no hay nada de qué preocuparse. No voy a hacerte daño -el hombre se detuvo. Puso el cuerpo recto y le extendió una mano a Kevin, en ademán de confianza-: lo tuyo también, simplemente se dio, pero me caés bien. Hacía rato que no me divertía así con alguien.
-¿¡Y se supone que debo creerte!?
-No, ¿pero qué otra te queda? ¿Vas a atacarme? Sabés que te rompería los huesos. Y, en cuanto a tu amigo, él está bien; salió con Milena un rato antes de que vos llegaras a casa.
Kevin se dejó caer al piso y se tomó la cabeza con las manos.
-Si querés -continuó el hombre-, llamamos a mi hija y te cercioras por vos mismo.
Kevin alzó la cara. Con ojos llorosos, aunque con rabia en la voz, solicitó autoritario por el número de Milena. Horacio se lo dictó y el chico volvió a ponerse en pie al notar que se trataba del mismo número de las llamadas perdidas.
-Es el mismo número que ha querido contactarme toda la noche…
-¿El de mi hija? ¿Y por qué te llamaría a vos?
-Porque de seguro es Renzo quien llama.
-¿Habrá pasado algo?
Kevin notó la genuina preocupación de aquél hombre. La había percibido en la mirada de sus propios padres cuando era pequeño. Bajo esta nueva mirada, Horacio no se percibía tan peligroso. Más bien, parecía un hombre cansado, poseído por ese miedo tan característico de un padre ponderoso.
-Quizás -contestó el joven, mucho más relajado. La euforia había descendido. Que Horacio fuera bueno o malvado ya no importaba tanto a estas alturas. Si hubiera querido matarlo, lo habría hecho al momento justo de haber sido descubierta la farsa. Y una prostituta más o menos el mundo, ¿a quién le importaba?
-Dejame llamarla…
Kevin le tendió el teléfono sin quejas ni recriminaciones.
Horacio esperó impaciente mientras entraba la llamada. Una vez establecida, una voz eufórica y subida de tono lo atendió:
-¿¡Dónde mierda estás, animal!? ¿¡Por qué no me contestabas!?
-¿Quién habla? -preguntó Horacio.
-¿Kevin? ¿Quién habla ahí?
-Renzo, habla el papá de Milena.
Hubo un silencio acompañado de una leve interferencia al otro lado de la línea. Al cabo de un instante, se escuchó, casi en un cuchicheo:
-Señor… necesito que me pase con Kevin.
-Él no puede hablar ahora. Decime lo que necesitás decirle y yo se lo digo. ¿Está todo bien con mi hija?
Otro silencio.
-No puedo hablar fuerte… hay un matón acá en la casa que nos tiene secuestrados… y no sé por qué carajo lo busca a Kevin. Eso es lo único que sé. Tráigalo para la casa de inmediato -y antes de finalizar, Renzo subió el tono de voz, unas octavas más de lo normal-: ¿Me escuchaste, Kevin? ¡Vení ya, boludo!
Y cortó.
Los chicos del Fairlane tomaron carrera de inmediato, sólo estaban a mitad de camino.


8


-Renzo, habla el papá de Milena -contestó una voz madura y fría.
Renzo quedó helado ante la respuesta. ¿Qué hacía el padre de Milena al teléfono de Kevin? El chico bajó la mirada, para evitar el contacto directo con el hombre de traje que aún aprisionaba a Milena. Ésta estaba sentada en un sillón, con el hombre detrás, tumbado en una silla, apuntándola con un arma.
Renzo se dio la vuelta y solicitó en voz baja:
-Señor… necesito que me pase con Kevin.
-Él no puede hablar ahora. Decime lo que necesitás decirle y yo se lo digo. ¿Está todo bien con mi hija?
Renzo volvió la mirada hacia la chica. Ella se encontraba bien. Algo asustada, eso era todo. A simple vista, parecía que las armas no le alteraban los nervios ni la hacían actuar de manera alarmante. Renzo se preguntó si habría armas ocultas en la casa a las que pudiera echarles mano. El hombre de traje no le prestaba atención mientras hablaba por teléfono; mantenía la vista fija en la nuca de la chica.
Renzo volvió a aprovechar su distracción:
-No puedo hablar fuerte… hay un matón acá en la casa que nos tiene secuestrados… y no sé por qué carajo lo busca a Kevin. Eso es lo único que sé. Tráigalo para la casa de inmediato -y antes de finalizar, Renzo subió el tono de voz, unas octavas más de lo normal, para que el trajeado lo escuchara claramente-: ¿Me escuchaste, Kevin? ¡Vení ya, boludo!
Cerró el teléfono y se lo metió en el bolsillo.
-Muy bien -contestó el hombre de traje-. ¿En cuánto tiempo va a estar acá?
-No me dijo ni le pregunté.
-Genial -resopló el otro, molesto-, ya me duele la muñeca. Esta mugre parece liviana, pero no lo es.
-Y deje de apuntarla, entonces -dijo Renzo.
-Como si eso fuera una opción -rió el hombre.


9


Kevin estacionó a una cuadra de distancia. Había un Renault Laguna azul estacionado frente al hogar de Horacio. El vehículo no pertenecía a nadie del barrio, ni a parientes de alguno de los vecinos que rodeaban la casa del ex militar.
-¿Ves a alguien adentro del auto, Kevin?
El muchacho estiró el cuello (como si con eso hubiese logrado ver mejor), pero no detectó nada. Las lunas traseras del Laguna estaban polarizadas. La luz del interior, apagada.
-No sé, no se ve nada.
-Y lo más seguro es que sí. Es muy raro, hoy en día, que alguien asalte una casa solo.
Horacio tomó bruscamente a Kevin por la ropa y le arrancó una manga. Le revolvió el pelo. Le quitó una zapatilla y le restregó la planta sucia por los brazos. El muchacho se quejó molesto ante la invasión de su espacio.
-¿¡Qué hacés!?
-Te camuflo -contestó el hombre fornido.
-¿Para qué?
-Vas a distraer al que está en el auto, mientras yo me meto en la casa.
-¿Y cómo carajo querés que haga eso?
-Hacete el lindo, que te sale. Parate en la ventanilla del acompañante y pedíle una moneda, bailale, lo que vos quieras, pero hacé que te mire. ¡Dale, movete! ¡No estoy boludeando!
Kevin bajó del Fairlane. Meditó por un momento y luego volvió a meterse.
-¿Y si me reconoce? Digo, me buscan a mí, ¿no?
-¿Vos querés treparte por la ventana del segundo piso, y atacar por sorpresa a los que sea que estén adentro?
-Em… creo que paso -puso un pie fuera del vehículo y emitió un suspiro antes de bajarse por completo-. Suerte con eso, Schwarzenegger.

El hombre dentro del Laguna, un pelado de traje y ojeras tan violáceas como una uva a medio madurar, se encontraba dormido. La cabeza le caía bruscamente hacia atrás, esquivando el cabezal del asiento. El cuerpo se mantenía medianamente erguido gracias al cinturón de seguridad que lo aprisionaba. Kevin pudo leer el título “Zulma Lobato y la trata de mujeres en Entre Ríos” en el diario amarillista que cubría las piernas del hombre. De inmediato, Kevin le hizo señas a Horacio y éste cruzó la calle al trote, encorvado, en alguna clase de postura militar que a Kevin le causó gracia. Respiró profundo para contener la risa.
Pero toda gracia fue reemplazada por genuino asombro al ver cómo el hombre se trepaba con sigilo por el frente de la casa, saltando de alfeizar en alfeizar, hasta alcanzar la ventana con cortinas rojas, situada en el segundo piso. Horacio tenía la gracia de una acróbata de circo, pero en lo primero que pensó Kevin (al cerrar la boca, abierta por el asombro) fue en esos chicos que practicaban Le Parkour en unas instalaciones abandonadas en la cima del cerro los domingos.
Al final, el hombre desapareció dentro de la casa y Kevin volvió los ojos hacia el pelado.

Al atravesar la habitación, se tropezó con su propia máquina de hacer ejercicios. El sonido del golpe fue sordo, puesto que llegó a tomar la polea del aparato antes de que ésta golpeara contra los fierros del respaldar. Horacio apretó los labios en un quejido, contrajo el estómago y respiró aceleradamente por la nariz hasta que el dolor cesó. No había sido la gran cosa, pero los golpes inesperados en los dedos de un pie siempre resultaban exageradamente tortuosos. Entreabrió la puerta y aguzó el oído para tratar de deducir qué era lo sucedía dentro de su propia casa. Para detectar la ubicación de las personas. Para… reavivar su vieja emoción por el peligro.
Salió del cuarto de musculación (que también usaba para ensayar sus monólogos, inventados por él mismo, frente al mismo espejo en que contemplaba sus músculos recién trabajados luego de cada sesión de aparatos). No había rastros de nadie en el segundo piso. La puerta de la habitación de Milena estaba abierta, y podía contemplarse, con toda claridad, la inactividad que la habitaba. Su propio cuarto estaba a menos de cinco pasos de donde ahora se hallaba parado. Nadie allí tampoco.
Se encorvó nuevamente en su postura de comando y bajó por las escaleras de madera. Horacio conocía tan bien las estructuras y desperfectos de su hogar, que sabía con exactitud cuáles eran los tablones que emitían ruidos al pisarlos. Los esquivó.
Una vez al pie de los escalones, allí estaban ellos. En el comedor. Su hija se encontraba inmóvil, bajo punta de pistola. Renzo caminaba frenéticamente en pequeños círculos, mientras se tomaba la cabeza y miraba su celular.
Horacio meditó por unos momentos. Era muy arriesgado intentar algo por sorpresa. El matón podría asustarse y jalar del gatillo. Si se revelaba, para que el hombre desviara el arma hacia él, Renzo no sería capaz de controlar la situación, ni tomar el coraje para envestirlo mientras él desviaba su atención. Milena sí sería capaz de emplear alguna de las tantas técnicas que le había enseñado para defenderse, pero Horacio no quería arriesgarse. Además, ambos se encontraban sentados. De nada serviría que la chica le encestara un golpe al respaldar del sillón.
De pronto, la solución (o parte de ella, más bien) acudió a él.
Sacó su celular -el que le había sustraído a Renzo tan sagazmente luego de haberle ofrecido una bebida- y le mandó un mensaje a Kevin:

TOCÁ TIMBRE

Ahora sólo debía aguardar a que el muchacho hiciera sonar la puerta para que todos desviaran la atención hacia el otro cuarto.

El hombre dentro del auto nisiquiera mosqueó ante el bullicio que emitió el teléfono de Kevin. Éste lo sacó rápidamente de su bolsillo, y con dedos torpes, presionó todas las teclas que pudo para silenciarlo.
Bien, la orden era clara. ¿Pero qué pasaría si el pelado despertaba? A todo esto, ¿qué era lo que querían de él? ¿Para qué lo buscaban estos matones?
Kevin se llevó nuevamente la mano al bolsillo, para depositar el celular, y fue ahí cuando se percató de cuál parecía ser el problema. Los billetes de cien pesos que le rosaron los dedos eran la respuesta.
-El bolso… -dijo-, el bolso con la plata.
¿Qué debía hacer ahora con esta información reveladora? ¿Entregar el bolso haría que todo aquello terminara antes de que comenzase? El tiempo corría… quizás Horacio se estuviese desesperando. Kevin no recibió otro mensaje de su parte, apresurándolo a que tocase el timbre; ¿lo habrían descubierto y capturado?
Que el hombre tras el volante siguiera durmiendo. Kevin volvió al Fairlane por el bolso con la plata. Entraría a la casa con él y acabaría con todo de una buena vez.

El timbre sonó. Todos se voltearon, como Horacio predijo que lo harían. El hombre de traje que apuntaba a la nuca de su hija con una nueve milímetros, la obligó a levantarse del sillón mientras él giraba en su asiento, sin ponerse de pie. Con voz autoritaria, le ordenó a Renzo que fuera a abrir la puerta.
Renzo y Kevin se encontraron cara a cara, por primera vez, luego de haberse despedido allí mismo, en la cuadra de enfrente, unas cuantas horas antes.
-No te referías a los forros cuando me dijiste que me cuidara esta noche, ¿no? -bromeó Renzo, en un intento de aliviar la desesperación que lo carcomía por dentro.
-No -sonrió Kevin-, me refería a los matones armados que te tienen cautivo.
Ambos rieron lenta y amargamente.
-¿Y ese bolso, Kevin? ¿Qué onda con el bolso?
En ese preciso momento, el hombre de traje estiró el cuello y, finalmente, se puso en pie.
-¡Eso es! -gritó, eufórico-. ¡Vieron que no era tan…
Pero Horacio no le dejó terminar la frase. El hombre fornido lo envistió desde atrás y lo redujo contra el suelo. Le encestó un golpe fulminante en la mandíbula y le dijo que si volvía a apuntar a su hija con una arma, le arrancaría los dientes uno por uno y se los haría tragar, no sin antes masticarlos con las encías rotas y expuestas. Finalizó con:
-¿¡Semejante lío por un bolso con ropa sucia!?
Y al terminar de decir esto, Horacio se dio cuenta de lo estúpido que sonaba. No podía tratarse de ropa sucia. Le ordenó a Kevin que se acercara y abriera el bolso.
El hombre frunció las cejas al ver lo que había en el interior.
-¿Y nunca se te ocurrió mencionarme esto, Kevin?
El chico titubeó y se rascó la cabeza, sonrojado:
-Es que no lo asocié hasta hace un ratito. Me había olvidado completamente de que tenía la plata en el baúl del auto.
Horacio gruñó, pero la rabia pareció disiparse de inmediato. El chico le caía bien. No había otra explicación. Se incorporó, aprisionando al hombre de traje con un pie en la garganta, y su hija lo abrazó.
-No quiero interrumpir el momento -dijo Renzo, mientras paseaba la vista entre la puerta abierta y la escena en la casa-, pero creo que hay alguien más en el Laguna de enfrente.
-Sí, el pelado -comentó Kevin, con una naturalidad que a Renzo le pareció descabellada.
-Bueno -carraspeó éste-, ¿y qué vamos a hacer con “El Pelado”?
-Nosotros, nada -contestó Horacio-, la policía, sí. Mile, llamá a Mauricio y decile que se apure, que tenemos a un ladrón estacionado enfrente de la casa y a otro inmovilizado acá en el comedor. Dale, bebé.


10


Luego del rápido y desinteresado interrogatorio en la comisaria del pueblo, todos se subieron al Fairlane y resoplaron con pesadez.
-Qué noche.
-Ni hablar.
-Me quiero bañar.
-Yo tengo hambre.
Todos se quedaron con esta última idea en la cabeza.
-¿Y si vamos al comedor de la salida? -sugirió Renzo.
-Pero es un barsucho de mala muerte eso -comentó Milena.
-Pero es lo único abierto a estas horas -aclaró Kevin.
-Y bueno, a mi no me molesta -afirmó Horacio.
Kevin puso el pie sobre el acelerador y marcharon hacia la salida de Seguí. En el camino, todos se preguntaron cómo habían hecho los matones para llegar hasta la casa de Horacio y Milena. Pero nada se les ocurría, y no había ganas de dar la vuelta y preguntárselo a Mauricio, el jefe de policía. Era ya un dato menor. Todo había salido bien y todos estaban vivos. ¿Qué importaba eso ahora?
Llegaron al Buen Gusto y se sentaron en una mesa que aún tenía los platos sucios sobre el mantel. Eso tampoco importaba ya. Ni los camioneros borrachos que se dormían sobre la barra, con sus vasos a medio beber aún aferrados a las manos.
-¿Al final, te encontraste con tus amigos, Kevin? -preguntó la única moza y dueña del comedor, quien ya venía con los encargues en una enorme bandeja redonda de acero.
-¿Amigos? -le respondió el muchacho-. ¿Qué amigos, señora Nancy?
-Los hombres de traje que andaban en un Laguna azul. Pasaron hoy más temprano por acá, preguntando sí había visto a alguien esperándolos en la plazoleta; y les dije que vos habías estado ahí, te vi por la ventana de la cocina, ¿viste? y que te habías ido apenas llegaste. Les di la dirección de tu casa, puesto que no la recordaban, hacía tiempo que no venían a visitarte. O eso me dijeron. Tu buena madre los habrá atendido, de seguro. Buenos chicos, el peladito era gracioso. Me compraron un par de choripanes y me dejaron seis pesos de propina -la mujer se tiró sobre la mesa y repartió los platos de comida frente a cada uno de los comensales. Apenas terminó, se llevó la bandeja de acero a un costado, bajo la axila, y acotó sonriente-: dales mis saludos si los llegás a ver, es lindo…
-¡Tu mamá! -interrumpió Milena, alarmada-. ¡El tipo me dijo que tu mamá les había dado la dirección!
Y todos se levantaron violentamente de la mesa.

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Comments

Muy bueno!
2011-08-05 06:17:05
Muy bueno!
2011-08-05 06:17:16
Muchas gracias! :D inspirado en mi Fairlane de 40 años (que estaba impecable, por cierto) y que mi viejo vendió al morir mi abuelo u.u
2011-08-08 13:10:25