El alfiler en el pajar

Gideon Kramer  -  - 3181 words

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Summary

La historia de amor más bizarra que jamás vas a leer...

La historia de amor más bizarra que jamás vas a leer...

EL ALFILER EN EL PAJAR


-¿Por qué nunca te sacás la remera? -se escuchó en la oscuridad.
No hubo respuesta. Sólo un suspiro de pesadez.
-¿Por qué? -insistió la misma voz, tras estirar el brazo y encender la luz de una lámpara junto a la cama-. Hace cuatro meses que estamos juntos y tengo ganas de tocarte. Me gustaría ver qué hay debajo de esa ropa. ¿Por qué sos tan misterioso?
-Esa no es la cuestión -aclaró Kevin. Se desenvolvió de los brazos de su novia y la hizo a un lado con delicadeza-. Mi intención no es hacerme el misterioso.
La chica lo miró con calma. Las facciones delicadas y los abismales ojos verdes de su novio, la hipnotizaron por unos instantes. Luego, comentó:
-Sos el único hombre en el mundo al que no le gusta que lo toquen.
-Tampoco pasa por ahí, Melisa, a mí sí me gusta que me toquen.
-¿Y entonces? ¿Qué pasa? ¿Por qué yo no puedo hacerlo? -inquirió la chica, sin levantar el tono.
Aquella sensibilidad radiante que brotaba de la voz de su pareja, le prohibía ser tosca con él. Nunca había conocido a un hombre que la tratara con tal respeto; que recordara todo lo que le contaba y que la hiciese sentir especial con acciones y no sólo con palabras que, en la mayoría de sus relaciones anteriores, no significaron nada. Nada más que estrategias bien elaboradas para quitarle la ropa y llevársela a la cama.
Melisa quería que esta relación funcionara. Había algo en Kevin que la hacía vibrar y querer más de él. Y no en el sentido de la exigencia (siempre necesitó utilizar la fuerza para que sus ex novios aportaran más de ellos mismos en la relación). Esto era diferente, se trataba de un tipo de necesidad que no se pedía; sino que se exploraba.
-No quiero sonar molesta -continuó la chica, mordiéndose los labios-, ¿pero cuando voy a poder tocarte, ahí?
Kevin se quitó las sábanas que cubrían su cintura y se sentó en el borde de la cama. Su espalda era ancha y los músculos de los hombros se le dibujaban como pequeños lomos de burro, atrapados bajo la tela azul de la remera. Sus brazos eran fornidos y marcados, a tal punto que cada vez que Melisa veía la sombra de su figura, pensaba en los cuerpos esculturales de los personajes animados de los dibujos japoneses. En especial, a aquellos de un animé llamado Dragon Ball Z, que él le obligaba a ver ciertas noches cuando no podían dormir. Por otra parte, su sonrisa era perfecta y sus ojos dos trampas mortales, en las que no le habría importado morir a fin de sentirlas sobre su cuerpo.
El muchacho se excusó y fue a la cocina en busca de algo para beber.
La chica lo observó alejarse. Aprovecharía el momento para volver a sus cavilaciones, las cuales siempre la conducían a un callejón sin salida; ya que las supuestas razones por las cuales Kevin no se dejaba tocar, no se aplicaban a una persona como él. ¿Vergüenza? Esa opción quedaba descartada. Nadie con un físico así podía sentir vergüenza de ser acariciado o alabado por su aspecto. Sería contradictorio. ¿Delicadeza? Imposible. Si bien Kevin era gentil y tenía tacto con ella como ningún homosexual sería capaz, varias veces había inmovilizado y golpeado a ladrones que intentaron robarle el bolso al salir del cine. Su hombre terminaba con la ropa manchada de sangre o tierra, por haberse arrojado al suelo con sus agresores. Alguien fino y delicado optaría por dar la plata a tener que mancharse la ropa en un enfrentamiento.
Cualquier motivo que le cruzase por la cabeza, era desechado sin más. Muchas de sus amigas le dijeron que la mejor manera de descubrir lo que estaba sucediendo, sin que él se enterara, sería levantarle la camisa mientras dormía. Pero ella no se sentía capaz de traicionarlo de ese modo. Además, no era tan sencillo como sonaba; Kevin usaba remeras ajustadas y, despegársela del cuerpo para indagar qué había debajo, implicaría hacer presión y eso lo despertaría de inmediato.
De pronto, su cerebro le arrojó otra posibilidad.
Un fetiche, le dijo, debe ser un fetiche, como esas personas que no pueden tener sexo si se sacan los zapatos.
¿Era eso? No, no podía ser tampoco. A él no parecía importarle la pilcha cuando se encamaban -no más de lo normal- y la base de aquél tabú, era esa: la fijación por alguna parte del cuerpo o alguna prenda relacionada como objeto del deseo. De haberse tratado de un fetiche, le habría pedido que le acariciara la remera en lugar de la piel desnuda de los brazos o que ella misma se dejase puesta la suya durante el sexo.
-¡Por dios! ¡Esto me está volviendo loca! -gritó de repente. No se había dado cuenta, hasta ese momento, de lo mucho que le impacientaba no saber lo que sucedía con su novio. Quizás no se trataba sobre el hecho de saber, sino sobre la rabia de no poder averiguarlo por su cuenta-. ¡Tengo que descubrir lo que le pasa!


Kevin abrió la heladera y sacó una jarra de jugo exprimido de naranja. Miró el reloj en su muñeca y esperó a que la aguja de los segundos llegara a 12 antes de beber. El gimnasio había dejado en él la extraña costumbre de cronometrar todo lo que hacía. Prácticamente, ya le resultaba molesto hacer cualquier tipo de actividad sin comenzarla en el segundo cero. O en el minuto o la hora, dependiendo de la intensidad del trabajo.
Pero aquella noche, administrar el tiempo no era lo importante.
Debía abandonar a Melisa, puesto que la muchacha se estaba acercando demasiado a su secreto, y no podía permitir que eso sucediera. La había oído hablar por teléfono con sus amigas, y ya no era seguro dormir a su lado. La curiosidad había entrado en ella -desde un principio, como en todas, claro-, pero ya había dejado de controlarla. Era la curiosidad quien la manejaba a ella ahora. Kevin debía pensar en algo; en una estrategia diferente. Odiaba tener que abandonarlas, así que, en cambio, deseó que Melisa resistiera, que no se dejara tentar como las demás. ¿Pero quién lo escucharía? Nisiquiera él mismo logró aferrarse a la idea de modo convincente.
-¿Por qué siempre pienso que la siguiente será distinta? -se reprochó.
Volvió a guardar la jarra en la heladera y regresó a hablar con Melisa, adjudicando a Mauricio, su gato negro, la pequeña sombra que vio moverse entre los muebles del comedor.


Cuando entró en el cuarto, la cama estaba vacía. La luna se recortaba contra la ventana y las nubes se movían con vida propia; se agitaban en el cielo negro como células cancerígenas bañadas en ceniza. Kevin aguzó los oídos y se sintió perturbado por el repiqueteo de su propia respiración.
-¿Adónde fue? -se dijo en voz baja-. Esto no me está gustando…
Lentamente, comenzó a caminar hacia el baño. Cada tanto, daba miradas fugaces sobre sus hombros para asegurarse de que Melisa no se le abalanzaría por detrás. Al llegar a la puerta, pegó una oreja a la madera y logró escuchar el sonido del agua, que caía ruidosamente contra la bañera.
Al parecer, su novia se duchaba. Eso lo alivió, lo suficiente para que su instinto de defensa se relajara, y decidió volver a la cocina. La esperaría allí, y aprovecharía para cocinarle algo antes de decirle que todo había acabado entre ellos. Por experiencia propia, Kevin había aprendido que las malas noticias y el estómago vacío no hacían buena mezcla; mucho menos en altas horas de la madrugada, donde la persona se sentía más desahuciada al no saber a quién recurrir tras la ruptura, y la mejor manera de evitar un desmallo o un ataque de locura, era con la barriga satisfecha.
¿Por qué no esperaba hasta el otro día entonces? No, Kevin no podría dormir sabiendo que compartía la cama con el enemigo.
Pero tal vez Melisa no sería como las demás. Después de todo, habían pasado cuatro meses juntos y ella nunca le reprochó nada cuando él se negaba a mostrarle lo que había debajo de su ropa. Era una persona comprensiva. Y tampoco le había dado razones para dudar de ello o de su atractiva estabilidad emocional. El muchacho no creyó que la chica fuera capaz de volverse loca de un segundo para el otro, y contradecir la buena naturaleza que había demostrado hasta el momento.
¿O sí?, pensó mientras evocaba los consejos de su padre, acordate que las mujeres no son todas iguales, pero ojo, que sí muy parecidas.
En fin, recapacitaría sobre ello cuando se sintiera seguro, con un cuchillo en la mano y envuelto por el aroma de la lechuga fresca recién lavada.
Pero al pasar frente a la cama, Kevin sintió una humedad caliente bajo sus pies. Se detuvo y chapoteó frunciendo los dedos, atento a la consistencia del líquido. Éste parecía tratarse de agua, no obstante, desprendía un penetrante olor a orina. Cuando el muchacho quiso moverse para ir a encender las luces, una hoja de trincheta desafilada le atravesó la carne del tobillo.
De la dimensión de los horrores infantiles bajo el colchón, brotó una sombra furiosa que lo empujó con vehemencia. Kevin trastabilló con el pie herido y cayó de costado contra el mueble donde descansaba el televisor. Sus costillas traquetearon al dar de lleno contra la punta de unos de los cajones que se hallaba abierto.
El joven partió la noche con un grito condenado; para nada importó lo resistentes y voluminosos que fuesen sus músculos laterales; si el ángulo del golpe era el indicado, toda masa se venía abajo ante el impacto.
La sombra se transformó en una figura, y la figura en un contorno humano. Era una mujer quien se abalanzaba precipitadamente sobre él. El cabello le caía enmarañado sobre el rostro, y la cadera era tan delgada que era imposible que se tratase de otra cosa.
-Fue un engaño -murmuró el muchacho, tratando de incorporarse aunque sentía la mitad del cuerpo paralizado. Luego, fue levantando la voz hasta transformarla en un grito-, abriste la ducha para que creyese que estabas en el baño. ¿¡Cómo pude ser tan estúpido de pensar que serías diferente!?
Como no podría ponerse en pie y dar lucha, hizo lo único que, con suerte, podría desviar -o demorar, para su desgracia- las intenciones de su atacante: se abrazó a sí mismo con todas sus fuerzas, hundió su mentón en el pecho y se enterró las uñas en la carne, por debajo de los omóplatos.
Líneas de sangre, violáceas por los rayos de la luna, recorrieron su remera azul y formaron un charco oscuro alrededor de sus nalgas. El joven adoptó la posición fetal contra el mueble y apretó los dientes, esperando el forcejeo inevitable.
La mujer se le fue encima y comenzó a tironearle la ropa desde donde pudo. Al ver que no podría removerla, comenzó a clavarle sus uñas aguzadas.
-¡Rasguñá lo que quieras, hija de puta! -contraatacó el muchacho-. ¡La remera es de algodón! ¡Vas a romperte los dedos antes de rajarla o quitármela de encima!
Con una simple bofetada en la cara todo habría acabado. No obstante, Kevin era un caballero y nunca le habría levantado la mano a una dama. Sin embargo, ¿era aquella fiera enardecida una dama? No, una mujer de esa clase nunca apuñalaría a un hombre indefenso de un modo tan sanguinario…
La trincheta se le incrustó repetidas veces en el tríceps del brazo izquierdo. Al quedar totalmente inutilizado, el músculo se volvió gelatina sobre el hueso. Junto con la sangre y las conexiones nerviosas, todo rastro de ética y raciocinio abandonó a Kevin; esté se volteó hecho una furia y le encestó a su atacante un golpe limpio en la mandíbula.
-¿¡Te volviste loca, Melisa!? -le gritó a la figura que se tambaleó hasta desmayarse al otro lado de la habitación.
Si bien la trincheta quedó entre medio de ambos, Kevin no se dignó a ir por ella. En cambio, se arrastró dolorosamente hacia el baño.
Al cruzar la puerta, el ruido de la ducha se intensificó y sus ojos no pudieron dar crédito a lo que vieron al entrar.
Con el corazón latiéndole en los oídos, Kevin continuó reptando hacia dentro. Hacia la mano que colgaba inerte contra el borde de la bañera.


Melisa comenzó a masturbarse para aplacar la tentación. Si algo lograba aliviarla, era acariciarse a sí misma con la delicadeza que sólo el conocimiento sobre su propio cuerpo podía darle. Pasó suavemente una mano por sus pechos hasta que sus pezones se endurecieron y luego bajó por su vientre, bordeó su ombligo y jugueteó con el piercing hasta humedecerse. Quizás ella sí tenía un fetiche, pensó, su piercing la exaltaba de un modo único y provocativo; y siempre lograba mojarse al juguetear con él. Y aquella noche no sería la excepción. Los sacudones de placer aparecieron muchísimo más rápido que so hubiese seguido hasta abajo para acariciarse entre las piernas como primera opción.
Cuando se introdujo el segundo dedo en la humedad de su sexo, aplastando el rostro contra las almohadas para no delatarse con gemidos, ya había olvidado por completo su absurda necesidad de saber qué había bajo la ropa de su novio.
Sin darse cuenta, la muchacha se hallaba sobre sus palmas y rodillas, con la cola apuntando hacia el televisor y la cara enterrada en los almohadones. Una posición muy provocativa… y un tanto peligrosa si no se sabía con seguridad quien era la persona que, en ese preciso instante, compartía el cuarto con ella…
El goce se transformó en horror cuando sintió una par de dedos, aparte de los suyos, hurgar en su vagina. Aterrada, torció la cabeza y, tras el espacio que se dibujaba entre sus piernas, logró visualizar un brazo que parecía provenir del frente de la cama. Quiso ponerse en pie, pero estos dedos malignos se aferraron de sus labios y comenzaron a jalar de ellos. El dolor fue insoportable, pero al fin logró librarse de sus captores al encestarles una patada.
Melisa se sorprendió a sí misma por no haber gritado ante tan terrible situación. En cierto modo, creyó que estaba preparada para algo como eso: desde niña aguardaba por ese momento; por el día en que el payaso bajo la cama hiciera su aparición y ella tuviese que tragar sus mocos para enfrentarlo. El cuarto parecía cernirse sobre ella; entonces, se tomó de las rodillas y dejó de respirar. Necesitaba alejar las paredes con la mente y oír su miedo con atención, necesitaba estar segura de… ¿qué cosa? ¿Que el monstruo fuera real? ¿¡Por qué siempre pensaba en esa estupidez!? ¡No había ningún payaso bajo la cama!
Además, aquellos dedos misteriosos eran suaves y delgados. Imposible que pertenecieran a un payaso -vivo o muerto- de manos enguantadas y regordetas, como ella siempre las había imaginado.
-Basta -se reprochó la chica. Todo acabaría allí.
Melisa alzó el colchón desde uno de los extremos superiores, y se quedó muda ante el rostro de la mujer que se dibujó bajo las tablas. Por un instante, se calmó al pensar que tal vez Kevin había dejado un espejo allí guardado, pero la idea desapareció cuando el supuesto reflejo giró hacia un costado y reapareció de pie junto a la cama.
-Supongo que no estarás de nuestro lado… -dijo la mujer, antes que Melisa pudiese articular palabra. Enseguida, la muchacha recibió una puñalada en la parte superior de la cadera, y se desplomó con las cuatro extremidades extendidas sobre el lecho. Con una velocidad inenarrable, la agresora le cubrió la herida con una mano y evitó que la sangre manchara las cobijas; la puso en pie aplicando toda su fuerza y la arrastró hacia el baño mientras este reciente costal de huesos se orinaba sobre sus pies.


-¿Melisa? -inquirió Kevin, al mismo tiempo que agitaba la muñeca del cuerpo que yacía en la bañera. La extremidad estaba tiesa y empapada por la lluvia, que caía estrepitosamente contra la cortina de baño-. ¿Qué hacés acá si acabo de tumbarte contra el piso?
En ese momento, el chico escuchó pasos sobre su cabeza. Parecía que alguien caminaba por el techo. Apoyó un codo en el borde de la tina y se recostó de espaldas junto a la mano de su novia. Una lágrima brotó de su ojo izquierdo y le surcó la mejilla hasta llegar a su mentón; allí, pendió un largo rato hasta desprenderse y caer sobre sus calzoncillos ensangrentados.
Lloraba porque había perdido el brazo. Había perdido el brazo porque confiaba en que Melisa no lo lastimaría.
Lo lastimaron porque no fue su chica quien lo atacó.
Kevin giró el cuello dolorido y se dirigió al cadáver con voz apaciguada:
-¿Sabés algo? Estaba a punto de cortar con vos. Quería que te fueras, pero no así, no de este modo. ¡Qué raras resultaron las cosas! Ahora nunca sabré si eras como las demás.
-¡Oh, claro que no lo soy! -exclamó la chica y se levantó de la bañera.
Su cuerpo se alzó erguido ante la mirada sorprendida de Kevin, y sus pechos quedaron sensualmente marcados bajo la camisa mojada. Sin embargo, la muchacha volvió a encorvarse de dolor al sentir una punzada en la cadera.
-Me hice la agonizante -comentó, mientras palpaba la herida con la punta de sus dedos-, me la clavó hasta el alma, pero nadie muere por una simple trincheta.
-¿Te parece? -gesticuló Kevin con una mueca de repulsión. Una simple trincheta le había costado la movilidad de todo un brazo y la pérdida temporaria del pie derecho.
Melisa salió de la tina y tomó una toalla para secarse y luego hacerla jirones.
-¿Cómo es eso de que me ibas a dejar? -inquirió, una vez hecho el torniquete alrededor del brazo destruido de su novio.
-Sí, te escuché hablando con tus amigas…
-¿Qué escuchaste?
-Que planeabas levantarme la remera mientras dormía.
Melisa se separó unos centímetros de Kevin y esbozó la sonrisa más tierna que los músculos cansados de su cara le permitieron:
-Amor, no me importa lo que haya debajo de tu remera, ya no. Todos tenemos nuestros secretos y no veo por qué deba indagar en los tuyos sin tu permiso. Has sido tan bueno conmigo que sería capaz de dar la vida por vos. Nadie me ha querido ni se ha preocupado por mí como vos lo hacés. Sos único -finalizó emotiva-: el alfiler en el pajar.
Kevin se sintió estúpido. Melisa sí era diferente y él se había negado a aceptarlo por temor a equivocarse.
-Soy un pelotudo -le dijo sonriendo. Luego agregó-: ¿me vas a querer igual ahora que soy manco?
-Claro que sí, tontito.
La escena estaba a punto de ponerse candente, cuando más pasos en el techo los interrumpió.
-Mejor asegurate de que esté muerta -soltó Kevin con voz rasposa.
-No te hagás problemas, yo me encargo, amor. ¿Quién es, después de todo?
-No sé, no llegué a verle la cara, supongo que alguna ex.
Melisa se acercó a la puerta y notó que la otra chica aún se encontraba tirada al otro lado de la habitación.
-¿Creés que la del techo es otra?
-Es lo más probable. ¿Estás lista para enfrentarlas?
Melisa abrió los ojos como platos, pero no flaqueó al preguntar:
-¿Enfrentarlas? ¿Vos decís que vinieron todas juntas?
Kevin sonrió y luego se aclaró la garganta:
-Dijiste que darías la vida por mí, ¿no?
-Claro, con todo gusto -afirmó la chica-, y más si es pateándoles el culo a esas mugrosas.

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Comments

mmm ya estoi sacando mis propias conclusiones: el loco no se queria sacar la remera porq ya no queria mas nada con la novia..y debajo de la ropa ai dos opciones : 1) sólo tenia piel,y musculos marcados,pero él no queria mas nada con ella... 2)Ocultaba algo,puede ser un tatuage raro,con algo relacionado a brujeria o tipos de rituales satánicos..o tenía todo lastimado porque,o bien,hacia rituales satánicos con él mismo,o era un enfermito que se cortaba solo.. Pensalo,yo te descubro los finales xD
2011-07-21 10:49:53
jajajaja excelente la idea de cortarse solo o de practicarse ristuales satánicos él mismo! Qué bueno tener otro punto de vista XD yo había imaginado otras cosas, que ni a palo llegan al nivel de morbosidad de esas que dijiste vos
2011-07-21 17:59:26
Mierda, estuvo genial. Te ganaste un voto. me gustó el final, viva la morbosidad y gente que corta testículos con trinchetas.
2011-08-01 09:12:57
Muchas gracias Archie! :D viva la morbosidad y gente que corta testículos con trinchetas!
2011-08-03 14:08:26
Me encantó ja, ja, muuuuuy bizarroooo!
2011-08-25 01:57:02