El Camino De la Babosa

maurobertone  -  - 1092 words

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Summary

Cuando uno anda en busca de una compañía siempre tiene a buscar a quien ve más solo; generalmente aquella persona es quien ama la soledad. En síntesis; has elegido de manera incorrecta.

Cuando uno anda en busca de una compañía siempre tiene a buscar a quien ve más solo; generalmente aquella persona es quien ama la soledad. En síntesis; has elegido de manera incorrecta.


Es una cosa increíble, lo mismo de siempre; la una y media de la mañana; el humo del cigarro que me entra en el ojo izquierdo con ese picazón molesto como espina; el brillo de la computadora que me fríe el cerebro y una babosa arrastrándose por el zócalo del cuarto con su baba brillante y esos sin pies magistrales que me repugnan. Aparte de eso, también lo de siempre; el mate con sus mil mundos; el azúcar húmeda en su respectivo paquete y ahora el humo que se me clava en el ojo derecho. Es sorprendente como uno se adapta a todo menos a el humo en el ojo; la fritura del cerebro se detiene a escasos once minutos y treinta segundos; la babosa va y viene sin salirse de su camino resplandeciente como si fuera su casa sin que se meta en mis asuntos (incluso siendo una agradable compañía); el mate permanece en su eterna vida interna donde al parecer hay elecciones a juzgar por algunas banderitas hechas de pedazos del envoltorio del azúcar; todo ya ingresó al punto de ser completamente normal excepto el humo en el ojo.
Viendo a la babosa desaparecer por la abertura de la puerta pienso que es mejor dar una vuelta. Poco a poco avanzo siguiendo al pobre y lento molusco que ahora empieza a bajar el escalón adherido a su espesa secreción que continua asqueándome, pero qué le voy a hacer, si le digo algo capaz que se enoja y no vuelve. Por el pasillo todavía le sigo sin apresurar el pie, ya tranquilo lejos del humo del cigarrillo. Media baldosa más, otro cuarto, baldosa entera. A las dos y cuarto de la mañana ya eran dos las baldosas avanzadas junto a la babosa que no reprime su paso. Me prendo un cigarro cerrando fuerte los ojos mientras espero que la babosa traspase el aluminio que bordea la tapa de la cloaca. Afuera el viento sopla suave pero la humedad se aprecia en el sudor de las paredes y en la presencia del sin pies que esta a milímetros del suelo. A tres baldosas de la puerta y siendo las tres menos cuarto de la mañana todo se encamina lentamente a la perfección. La calle, que se encuentra a metros de distancia se percibe silenciosa y sin presencia de seres humanos que avisten nuestro peregrinaje, después de todo a quién le importa... como si nadie nunca se hubiera dispuesto a seguir a una babosa.



La irregularidad de las baldosas detiene el arrastre del bicho aminorando su velocidad lo que me otorga algo de tiempo para observar el panorama nocturno del barrio: para ver que doña Lucía todavía sigue despierta escuchando suave una sintonización de radio de puro tango; para venir a enterarme de que Gufo, el perro de Jacinto de enfrente duerme en la calle; que Carmela duerme con la ventana abierta y que Oscar sigue bebiendo altas cantidades de vino a juzgar por las botellas que el recolector debe pasar a juntar alrededor de las cinco o seis de la mañana. La babosa continúa acechando al cemento imparable pero siempre a milímetros de la pared con aquella amorfa silueta que se impulsa sudando diminutas estrellas refulgentes.
Hora y media más tarde, llegando a la esquina y sin siquiera darme cuenta comienzo a ingresar en ella; a meterme adentro de aquella diminuta cabeza compuesta de baba, agua y mucho de no sal, arrastrándome por el cemento frío de la noche invernal tan sigilosa e indiferente ante el mundo humano dejando también un rastro brillante y de engrudo a cada centímetro avanzado. Toda mirada es desde lo bajo, a escaso medio milímetro del suelo desgastando mi lomo que queda esparcido por las baldosas como migas de pan en Jansel y Grettel o simplemente como el hilo de Teseo; toda una mitología en una babosa que ahora yo personificaba. Me encontraba observando el inmenso universo en el que vivía siendo humano y siempre pareciéndome pequeño.
Nuevamente sin darme cuenta, en segundos, voy retirándome del diminuto mundo y volviendo al metro setenta y tres de distancia donde ya la noche era más fría y el oxígeno más contaminado, lugar en donde la sal se torna un condimento ideal, las marcas de mis pasos invisibles y aquella baba volvía a ser la repugnante baba de aquel ser despreciable pero amigo, muy amigo; guía. A media cuadra de la posición anterior comenzaba a sentir las nauseas de tanta lentitud, del medio paso y a esperar, de la paciencia infinita que en mi vida es una tortura, pero es la babosa quien manda y el ritmo es el suyo; jamás el mío.
Así pasaba la noche, ella y yo en silencio, pero siempre dialogando con ese idioma de hermanos; de amigos de toda la vida. Siempre en desacuerdo entablamos conversaciones irrepetibles que llevaban una profunda reflexión atada a mi parloteo y aquella secreción que ya comenzaba a agradarme. Un refrescante chapuzón en un charco en la acera parecía haberle dado a la babosa una nueva oleada de aire que lo impulsó a una marcha algo más ligera. Aquello atrajo a mi garganta ansías de cerveza que llevaron a buscarla en los lugares más insólitos; entre los pastos de los canteros, dentro de las cajas de agua y luz, en algún que otro buzón, incluso me aventure a alejarme de mi estimada babosa unos metros para buscarla debajo de un auto; obviamente ninguna de aquellas búsquedas tuvo un certero destino. A pesar de la garganta seca y el atado de cigarrillos casi consumidos, aquel paseo ya era una delicia, cada monólogo mío era apreciado por la babosa que en el brillo de su rastro parecía esbozar alegría; mis labios se ensanchaban en placer al caer en la cuenta de que las estrellas del negro cielo sean dibujos formados por el arrastre de inmensas babosas intergalácticas; todo un descubrimiento. Cada minuto era un descubrimiento.

Ya transcurrida la noche e ingresando a la mañana, vaya a saber uno por qué pero ya en el momento indicado cuando la lentitud era mi paso, después de cuatro horas cuarenta y cinco minutos de persecución, a la babosa se le da por insertarse entre la reja de la alcantarilla y ahí quedé, solo en el mundo. Sin un mísero saludo. Uno siempre se arriesga por una compañía que lo termina dejando solo; absolutamente solo como una babosa en la noche; se ve que no les atrae la compañía, pero por fortuna siempre dejan su rastro como guía, fue por ello que pude volver a casa.

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