Toque
camilo - - 3105 words
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Summary
Ficción especulativa.
Levanté los ojos de la computadora solo para darme cuenta que otra vez sería el último en dejar la oficina. El resto parecía haber huido como si de una amenaza de bomba se tratara. No me quedaba mucho por terminar y sentía que ya era hora. Volví intentar refrescar la página del diario, pero la conexión falló por tercer o cuarta vez consecutiva. Probé otras páginas sin resultado. No había acceso a la red.
Apagué la computadora y organicé algunos papeles sobre el escritorio antes de salir. La llegada del invierno se hizo sentir, saludándome en el estacionamiento con una palmada gélida. El sereno de la noche me dedicó un tibio ademán, contento por volver a meterse en su cabina a escuchar radio y dormitar.
En honor al clima que envolvía la ciudad, las calles no mostraban casi signos de vida. Unos pocos autos de vidrios empañados se desplazaban como en cámara lenta. Las veredas mostraban la misma escena, con anónimos caminantes de rostros cubiertos y cabezas gachas.
Una patrulla de policía pasó como en plena persecución en sentido contrario, rompiendo la calma del cuadro invernal. Las luces azules llegaron a cegarme por un instante. No llegué a escuchar la sirena, o tal vez no lo recuerdo. En cuanto mis retinas se liberaron del brillo azulado, algo en la escenografía de la avenida se me hizo artificial, forzado. Algo no estaba bien, algo no encajaba.
Continué rumbo a casa con la inquietante sensación de estar manejando en una ciudad extraña, en otro país tal vez, o en otro tiempo. Las esquinas y los baches se veían extraños; las casas parecían tristes, abandonadas. Me tomó casi diez cuadras encontrar la respuesta al simple enigma. Las luces de la ciudad. Casi todas la calles y avenidas estaban a oscuras; pero no se veía como un apagón, solo como si alguien se hubiera olvidado de activar la tecla. Muchas casas tenían luces, con seguridad no era un apagón. Al menos no uno total.
Otra patrulla. Esta vez en la misma dirección en la que me desplazaba. Tal vez se tratara de la misma. Se me ocurrió pensar que se habían perdido. Siempre tan profesionales. No pude contener una sonrisa odiosa.
Menos de doscientos metros mas adelante, otro coche de policía me avanzó. Pasó tan cerca que casi los espejos se tocaron. Tan cerca que puede ver el interior de la patrulla por el rabillo del ojo. Tres policías de rostros preocupados. El que viajaba atrás, parecía preparar una arma larga. Un fusil o una escopeta diría, aunque bien podría tratarse de la cachiporra.
Algo no iba bien.
El tráfico comenzó a perder velocidad de manera lenta pero irremediable. La calle de cuatro carriles, se vio pronto ahorcada por una interminable fila de automóviles. Una heterogénea mezcla de caras, en su mayoría trabajadores retrasados en regreso a sus hogares. Una constante se repetía; una mezcla de enojo y preocupación teñía los rostros apenas iluminados por las luces de los tableros. ceños fruncidos y cuellos estirados en busca de una pista. Los dos carriles del sentido inverso permanecían desérticos, ajenos a la apretada situación al otro lado de la doble línea amarilla.
Un accidente. Grande, pensé ante ese escenario.
Miré hacia adelante estirando el cuello copiando la técnica de otros conductores, como si ese inútil esfuerzo cambiara algo; luego miré hacia atrás. La fila se perdía tras una curva. No necesitaba de un GPS para saber que no había salida de ese atolladero. Con el canal a la izquierda y una colección de calles sin salida a la derecha no eran muchas las opciones con las que contaba. Continuar.
El paso se hizo mas lento, apenas haciendo girar las ruedas a cada intento. El carril contrario seguía desierto, lo que incrementó mis sospechas sobre un accidente de dimensiones importantes. Continuamos avanzando en dos filas apretadas. Milímetros entre espejo y espejo, y centímetros entre paragolpes. Una masa uniforme de metal y caucho, moviéndose al compás de una fuerza desconocida.
Miré a mi vecino automovilista, su rostro de barba descuidada se veía cansado. Un cansancio que superaba lo físico, parecía mas de espíritu, si existiera tal cosa. Durante varios minutos de inactividad me dediqué a mirarlo. En ningún momento quitó su inexpresiva mirada del frente. No volvió la vista para ver atrás, ni a los costados para investigar lo que ocurría a su alrededor. Nada. Inmóvil, con las dos manos sobre el volante y la espalda recta. Se me escapo un suspiro ahogado en una sonrisa al sorprenderme pendiente de un desconocido en medio de una avenida. Algo impropio en mi.
Llegamos a un cruce de avenidas, una salida; una alternativa para salir del embotellamiento. Varios autos se amontonaban en completo desorden intentando girar, mientras decenas de conductores trataban de volver a nuestra ruta, luego de ver infructuoso su intento de escapar. No había remedio.
Fue allí en el cruce de avenidas, donde descubrí la razón de la desaparición de los automóviles en sentido contrario. Un camión de la gendarmería bloqueaba los dos carriles y por lo menos una decena de gendarmes se aseguraban de hacer respetar el desvío. Un buen fusil, por lo visto, seguía siendo un gran persuasor.
Una caricia helada me recorrió desde la nuca hasta mis entrañas. En un país con una extensa historia de golpes militares, poco importaba el tiempo que llevábamos en democracia o que no pudiera recordar la vida bajo el régimen, el miedo siempre estaba latente, al menos hasta mi generación. No estoy tan seguro de las subsiguientes ahora que lo pienso.
Casi hundí el botón para expulsar el CD del stereo, cortando así con mi terapia diaria de música y reflexión. Dejé el disco sin cuidado sobre el asiento del acompañante y de inmediato busqué una radio de noticias. No necesite de mucha insistencia, ya que en todas las radios parecía ocurrir lo mismo. Nada de música, distintas voces pero la misma escasa información:
"el gobierno ha movilizado tropas fieles en las principales ciudades del país para hacer frente a una amenaza desconocida hasta el momento."
Algunas radios daban a entender que se trataba de una amenaza militar, un levantamiento. Otras decían que se trataba de una coalición entre militares y un grupo de oligarcas que trataban de hacerse del control del gobierno. Unas terceras decías que nada se sabía excepto de un importante movimiento de tropas lanzado por el gobierno.
Lo único en lo que todos coincidían era en la declaración de un "toque de queda". El gobierno tomaba control de las calles.
Por suerte no iba a mas de dos kilómetros por hora, porque me quedé helado con las manos al volante e incapaz de tomar control del auto. No tengo memoria de la ultima vez que algo como eso había ocurrido en nuestro país; o si la tengo pero estaba tratando de bloquearla en beneficio de mi salud mental.
Seguí mirando el display del estéreo, como si este pudiera enviarle algo de información adicional, pero solo me informó de la temperatura. Quince grados, nada importante, aunque yo sentía el frío apoderarse del habitáculo.
Tomé el celular y con un solo toque marqué el numero de casa. Suponía que mi esposa tendría algo más de información, considerando que ella podía ver los noticieros o la internet.
Nada.
Luego un chillido horrible.
"error de llamada"
Una y otra vez el mismo pitido y el mismo mensaje.
Supuse que se trataba de una congestión propia de la cantidad de gente tratando de averiguar la gravedad y alcance de los problemas, pero la realidad me sorprendería con una respuesta mucho más inquietante.
De repente, la espera eterna en la que estaba metido no me pareció tan importante. La relativización de los problemas es algo que siempre me ha intrigado. En un momento, un problema parece convertirse en el centro de nuestra existencia, un instante después ni siquiera lo recordamos, al ser eclipsado por otro de apariencia mas grave. Es cuestión de como se mire, decía siempre un amigo. Allí sentado en una larga fila de autos, sin lugar a donde ir, ni manera de averiguar lo que estaba ocurriendo, desde mi punto de vista se me hizo mucho mas importante comprender lo que estaba ocurriendo en el país.
Me detuve un instante a reflexionar los distintos jirones de información que habían disparado desde las estaciones de radio. El ejercito, o una parte de él se había levantado, con ayuda o por su cuenta en contra de un gobierno como mínimo autoritario y con tendencias al absolutismo. Se me hizo difícil de creer, sobre todos después el desmembramiento y extremo recorte de poder que el mismo gobierno había producido en las fuerzas armadas. Aunque por otro lado, la historia podría volver a repetirse y algún grupo de esos que en apariencia habían sido vapuleados y hasta vejados por los gobernantes de turno podrían haber reaccionado en alguna forma de rebelión armada. Sonreí con tristeza al recordar las insistentes palabras de mi abuelo, defensor del gobierno militar como única manera organizada de vivir. "Si no, los locos con cadenas hacen lo que quieren" me decía siempre refiriéndose a los rockeros de pelo largo.
Otro grupo armado me devolvió a la realidad de un cachetazo que casi me cuesta el auto, cuando decidieron bloquear el camino con uno de sus camiones, dejando solo parte de un carril libre para el tránsito. Logré frenar de casualidad a milímetros del vehículo del ejercito y el gendarme se me quedó mirándome con cara de "si lo llegas a tocar, volvés a tu casa sin dientes."
Baje la ventanilla en un acto de auto preservación y esperé al soldado que no tenía ningún apuro.
- Documentos.- me dijo cortante.
- Si, oficial, - contesté mientras buscaba con cuidado la billetera. - ¿Necesita los papeles del auto?
- Solo documento. - me cortó al vuelo.
Entregué la identificación sonriendo para el control de rostro, esperando no inspirar en el soldado ningún instinto asesino. Lo mire de reojo y calculé que no tenia mas de veinte o veintidós años. No me hace mucha gracia confiarle mi vida a un muchachito con fusil tan poderoso como para desintegrar mi auto.
- ¿A donde se dirige?
- A mi casa.- conteste tratando de ahorrar palabras para evitarme la bronca del muchacho.
- Vaya directo a su casa y no se mueva de ahí hasta mañana a la mañana. ¿Sabe que se declaró estado de sitio?
- Si. Sabe que es lo…
- ¡Circule! - Me gritó haciendo señas con la mano para que circule, coartando cualquier intento de repregunta.
Avancé mirando las calles como si me hubiera tomado una botella de tequila, sintiéndome torpe y en cámara lenta. Sería incorrecto decir que estaba sorprendido. No lo estaba. Mi querida patria, una vez más, sembrando el desconcierto con algo que parecía salido de un libro de historia, tan lejano en el tiempo que el polvo debía ser soplado de sus hojas amarillentas.
El celular volvió a responderme con el mismo insoportable chillido, despejando cualquier duda sobre el origen del problema. La red no estaba colapsada, había sido intervenida.
Sentí el impulso de acelerar, tal vez para ganar algo de seguridad tras las puertas de mi casa o tal vez para averiguar algo mas sobre lo que estaba ocurriendo. Dominé el peso de mi pie derecho, pensando en lo alegre que se pondría algún gendarme si le alegraba el día poniéndome una diana en la espalda. Las manos me temblaban ligeramente sobre el volante y por mas que intente aflojar la presión tratando de engañarme a mi mismo, fue imposible.
Estiré la mano hasta la radio y volví a jugar con los botones para averiguar algo mas de lo que estaba ocurriendo. Unas pocas estaciones parecían ajenas al escandaloso momento que la historia registraría como otra pagina oscura en el libro de tan solo doscientas.
- Primero,- dijo el locutor que no llegué a reconocer -Articulo 23: “En caso de conmoción interior o de ataque exterior que pongan en peligro el ejercicio de esta Constitución y de las autoridades creadas por ella,”
Lo recordaba parcialmente, pero la solemnidad de la lectura me caló hasta lo mas profundo. La nación estaba en peligro.
- “se declarará en estado de sitio la provincia o territorio en donde exista la perturbación del orden, quedando suspensas allí las garantías constitucionales.”
El estado de sitio se había declarado en todo el territorio, por lo que la provocación era a gran escala. No podía imaginar que amenaza podía perturbar el orden
- “Pero durante esta suspensión no podrá el presidente de la República condenar por sí ni aplicar penas. Su poder se limitará en tal caso respecto de las personas, a arrestarlas o trasladarlas de un punto a otro de la Nación, si ellas no prefiriesen salir fuera del territorio argentino.”
Sonreí con amargura al recordar como habían aplicado en el pasado este ultimo tramo del párrafo, con terroríficas y escalofriantes adaptaciones conforme a las necesidades de las instituciones. El proceso de reorganización nacional, le llamaron en algún caso. Claro que se olvidaron por completo de la sutil aclaración sobre la imposibilidad de condenar o aplicar penas.
Un imbécil que entró en la avenida sin mirar me sacó del mundo de divagaciones político-sociales y casi termino a subiéndome a la vereda donde un vendedor ambulante era gentilmente invitado por los gendarmes a retirarse.
Ya recuperado del sobresalto, traté de encontrar algo de orden en el caos jugando con el botón de búsqueda en la radio. Tarde o temprano en alguna emisora tenía que encontrar algo de información útil, alguna pista en este desmán surrealista del siglo veintiuno. En cada oportunidad el tema era el mismo, los comentarios similares, el mismo tono de sorpresa y consternación, pero ninguno analizaba lo más importante: El “por qué”. ¿Cuál era la causa del despliegue de las Fuerzas Armadas? ¿Cuál era la amenaza que ponía en peligro a la democracia y a sus instituciones?Traté de hilar lo que sabía hasta el momento pero todo lo que logré sacar en limpio fue algo como dos teorías opuestas, ambas descabelladas e inverosímiles, ambas preocupantes y peligrosas. La mayoría de las radios se ubicaban en un extremo de las teorías, anunciando que la desestabilización provenía de una porción del ejército autodeclarado en contra del gobierno democrático con apoyo de la policía, distintas tonalidades de la misma teoría anunciaban diferentes aliados que soportaban la actuación de las fuerzas armadas; desde capitalistas terratenientes codiciosos cansados de un gobierno pseudosocialista bueno para nada, hasta los tentáculos flácidos de una “CIA Gringa” desgastada y sin influencias. En el otro extremo, unos pocos fantaseaban con la posibilidad de que el gobierno, atormentado por la posibilidad cada vez más tangible de perder las elecciones hubiera urdido esta cacería de fantasmas con el objetivo de suspender las elecciones, ganar tiempo y generar un sentimiento compasivo que le permitiera revertir la situación en las encuestas.
Durante varias cuadras avancé en piloto automático, aislado por completo de las nimiedades del tránsito suburbano y absorto en las potenciales ramificaciones del trance al que se enfrentaba nuestra Nación. Todo parecía salido de una película surrealista, con un libreto pasado de moda, trillado y hasta convenientemente olvidado. No podía aislarme de una realidad que sólo conocía a través de una degradada y desgastada conciencia colectiva, algunas lecturas y los borrosos recuerdos de una infancia que prefiero olvidar. Traté sin resultados de encontrar una grieta en los datos que me permitiera acercarme a la verdad, pero aislado en mi mundo de cuatro ruedas estaba seguro de recibir solo una porción corrompida de la información, lo que de una manera u otra, me llevaría a sacar las conclusiones más disparatadas.
Como consecuencia de mi poco amable personalidad, pensé que ninguna de las hipótesis vertidas en la radio podía ser verdad. Creí que se trataba de estúpidas mentiras creadas por los medios para mantenernos pegados a los televisores e incluso las radios. Pero el despliegue de fuerzas no concordaba con un invento de la prensa; a no ser que se tratara de un invento compartido con la prensa para justificarla reacción. Un anzuelo que nuestros periodistas, mitad estúpidos y mitad mediocres se tragarían hasta el fondo, permitiendo que el hierro se les clave de manera irremediable y sólo notarían su error cuando ya no fueran útiles para su guía de turno.
Intenté otra vez hacer una llamada, pero el celular volvió a emitir un chillido agónico, indicando el mismo fallo de red. Recordé haber leído poco tiempo atrás sobre el levantamiento social en Egipto y cómo el gobierno había suspendido el uso de algunos medios de comunicación como el teléfono y restringiendo el acceso a la omnipresente internet. Imaginé, que cuando intentara conectarme a la red, recibiría un inmaculado mensaje de error y un “vuelva a intentar más tarde”; sabiendo que por más que lo intente no volvería a funcionar hasta que un oscuro funcionario se comunique con algún temeroso y calculador ejecutivo para que revierta la orden de incomunicación. Me pareció desconcertante que en nuestro país pudieran aplicarse medidas tan radicales; pero como alguien que ha perdido la capacidad de asombro, o tal vez que nunca la tuvo, lo tomé como una sorpresa mas de nuestro amado país, con los hombros encogidos y la nariz arrugada.
Antes de salir de la avenida, me divertí jugando con la posibilidad de darle un extra de credibilidad a la segunda gran alternativa, que se tratara de una simple cortina de humo, como tantas otras, para hacernos perder de vista lo innegable expresado en forma de encuestas. Me pareció aún más inverosímil. Tan inverosímil que casi paso por encima del cantero al doblar a la izquierda para dejar la avenida. Me hubiera causado poca gracia tener que hacer las últimas cuadras caminando entre gendarmes y gente asustada corriendo a un lugar seguro.
El resto del camino estuvo libre de sobresaltos, como si de repente yo fuera uno de los últimos fantasmas que recorría las calles sin uniforme de combate. Esto me permitió avanzar con más velocidad rumbo a la seguridad de mi hogar, aunque a excepción de violar el último semáforo del recorrido, me mantuve bastante respetuoso de las normas de tránsito.
Ya en casa guardé el auto sin demora, mirando por encima del hombro con más nerviosismo del habitual. Trabé la puerta y noté que la casa estaba en silencio. Apenas el murmullo del televisor se destacaba por encima de la suave respiración de la calefacción. Avancé en la penumbra hasta el living donde mi esposa permanecía inmóvil tenuemente iluminada por el brillo del Canal Estatal. Ella me miró con los ojos vidriosos sin decir palabra. Sólo atinó a señalar el recién iniciado discurso del Presidente.
Las palabras fueron tan etéreas como la identificación de la amenaza, de falsa preocupación diría yo. El mensaje, oscuro y preocupante. El estado de emergencia se mantendría. Las elecciones se suspendían por tiempo indeterminado. Lo impensado se cristalizaba y pude imaginar como una nueva página comenzaba a escribirse.









