F 20.0
L3ctoR - - 4185 words
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Summary
Un brillante hombre de ciencia descubre la cura final para la esquizofrenia paranoide. Pero aparecerán ciertos obstáculos en su camino. Algunos...infranqueables
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F20.0
¿Y si te dijera que todo lo que conoces,
todo lo que ves, todo aquello a lo que
te dedicas no es más que una ilusión?
¿Qué estas encerrado contra tu voluntad
porque lo que ves, lo ves solo vos
y nadie más?
Capítulo Primero.-
Ahora todos se miran, y no pueden decirme nada. Todos los años que me dediqué a estudiar Bioquímica Cerebral, mientras los demás leían sobre alternativas terapéuticas orientales, ahora por fin rendían frutos.
Ahora lo tenía. Lo había encontrado, y en mi celular no dejaban de aparecer llamadas perdidas de Zuton, BecoPharma, y otras grandes farmacéuticas que me querían entre sus filas. Querían al Ludilo, mi droga, mi invención, el último neuroléptico del mercado que amenazaba con llevárselo todo. La gran cura final de la Esquizofrenia. No era otra cosa que la combinación perfecta entre Escitalopram, Paroxetina y benzodiacepinas, que bloquean los receptores dopaminérgicos d2, pero sin efectos secundarios, lo que lo hace tan deseable.
Nuestro secreto era el clorazepato dipotásico, esa era la idea novedosa en realidad, producir una cura total del esquizofrénico, pero a la vez, y no me juzguen, crear dependencia del paciente a la droga. De por vida.
Increíble. Que un psicólogo haya logrado crear el neuroléptico ideal, sin síntomas secundarios, era una vergüenza para toda la comunidad científica psiquiátrica. Tal vez será por eso que me miraban con desdén. En cada conferencia, en cada presentación de la droga hacían preguntas escabrosas para evaluar mis conocimientos, de los que siempre salía airoso, y generalmente humillando a Dr. Preguntón.
Los ensayos clínicos estaban mostrando resultados grandiosos, los síntomas negativos de la Esquizofrenia comenzaban a disminuir, prácticamente de inmediato a la inyección de la droga, lo que era una de las características más deseables del Ludilo, que además lo hacían único en su especie.
El dinero comenzaba a fluir y recordé porque un profesor de la universidad, me confesaba que los psiquiatras son prostitutas de las grandes compañías farmacéuticas. Al parecer eso es lo que soy actualmente. No un psiquiatra. Sino una prostituta. Pero no me quejo, me la busqué y me la sigo buscando a cada día, con cada contrato que firmo.
La última novedad, era la presentación de la droga en los medios televisivos, para así llegar a toda la población, especialmente a la de las grandes urbes, dónde hay mayores casos de esquizofrenia.
Todos los publicistas que me rodeaban comenzaron a pensar en la estrategia de marketing ideal. Lo hicieron durante tres semanas, mientras los ensayos en diferentes hospitales seguían dando resultados asombrosos y prometedores.
Durante ese tiempo me propuse golpear el tablero de mi vida cotidiana. El consultorio en el que atendía a mujeres viudas, niños tartamudos, y seniles varios, quedó reducido a un Maxi-Drugstore 24 horas, como el luminoso cartel anunciaba. Mis días transcurrían entre presentaciones, reuniones con autoridades, y regodeos de todo tipo con mis colegas, a quienes ahora les parecía atractivo. Ya no era el ratón de biblioteca. Ahora era el Dr. Ulises Vargas, título otorgado aparentemente por los méritos alcanzados, porque en realidad, no era (porque ahora si lo soy) nada más que el Lic. Vargas, el eterno estudioso enemigo de los ámbitos académicos.
Alejandro Zuñiga, el más experimentado de los publicistas, se contactó personalmente conmigo para informarme de la campaña ideal. Me comentó que sería, sencillamente, un estudio de caso, acompañado de un seguimiento transversal. Todo documentado, con testimonios del paciente, su familia, enfermeros, médicos, y por supuesto, de mí, quien explicaría, otra vez más, el accionar del Ludilo, pero esta vez frente a las cámaras.
El entusiasmo de Alejandro se veía en la avidez de sus manos que ilustraban de una manera casi poética lo que estaba pensando. Me entusiasmaba.
Cuando comenzó mi turno para hablar (y por supuesto criticar) le pregunté cómo habríamos de seleccionar al caso perfecto. Para mi sorpresa, Alejandro, quien me caía cada vez más simpático, estaba muy preparado, y formado en la materia.
El caso ya estaba seleccionado, sólo faltaba mi visto bueno.
Se trataba de Carlos Godino Santos, 31 años, abogado, internado en “el Néstor”, cómo le llamaban los estudiantes, desde hacía 9 años, con un diagnóstico de Esquizofrenia Paranoide.
Cuando pregunté cuáles habían sido los criterios de selección, Zuñiga me contestó que se trataba de un joven prodigio, con un C.I de 128, que había ingresado precozmente a la Universidad Católica del Norte (la mejor de todo el Noroeste Argentino), y se convirtió en un renombrado abogado con tan sólo 20 años. Además provenía de una familia de renombre, y había pasado por todos los tratamientos existentes hasta el momento con resultados clínicamente nulos.
Debo confesar que incluso a mí me pareció atractiva su historia. Los hombres inteligentes siempre llamaban mi atención, y este muchacho era un intelectual propiamente dicho.
Pero en todas las historias siempre hay un pero. El encargado de todo el proceso de tratamiento y seguimiento debía ser yo. Por una cuestión de “credibilidad”, decían los publicistas.
El director del “Hospital Psiquiátrico Quirúrgico Dr. Néstor Queiroz”, era Guillermo Bueno, un prestigioso médico clínico, quien había sido mi profesor durante mis años de universitario, con el que mantenía una excelente relación, pues mi interés en su materia, hizo que me transforme en su alumno preferido.
Hacía unos meses atrás había recibido un e-mail de él, felicitándome por mi descubrimiento, que comenzaba a sonar fuerte en los hospitales, aún antes de ser puesto a la venta. Es que los éxitos que estábamos alcanzando en el área de Salud Mental del Hospital Regional se esparcían por toda la ciudad.
De no ser por esa relación de estima personal que mantenía con el Dr. Bueno, no hubiese aceptado trasladar los ensayos a otra institución, pues el miedo al fracaso me inundaba, especialmente en un paciente que había pasado por infinidad de tratamientos.
Al fin llegó el día en que conocí a nuestro caso célebre. Su presencia era impactante. Más allá de sus 1,9 metros. Su mirada parecía rebelde, y no mostraba la serenidad propia de un enfermo mental con años de tratamientos farmacológicos inútiles.
Me lo presentaron, le tendí la mano y no me correspondió, y sin sacarme los ojos de encima, me dijo tras un largo silencio:
-“Se porque están aquí todos ustedes, y yo no voy a colaborar con su programa lucrativo”.
Sus palabras me dejaron asombrado, pero contesté con calma, para lograr alguna suerte de empatía que nos permita acercarnos.
Los planes de filmarlo contando su historia se vieron así arruinados, pero su familia estaba dispuesta a ayudar.
Con ese panorama fue que comenzamos el tratamiento.
Carlos se mostraba reacio a participar, pero poco a poco dejaba de mostrarse desconfiado, y compartía al menos su disconformidad con palabras, y no con chasquidos de dientes y miradas penetrantes.
Se supone que la inyección tarde hasta 6 horas en hacer efecto, pero en los ensayos previos, se veían cambios conductuales a los minutos de haber ingresado la droga en el sistema. Esperaba sinceramente una demora en este muchacho, pues su incredulidad en la efectividad de los tratamientos para la esquizofrenia funcionaba como un placebo pesimista.
Pero no fue la excepción. 11 minutos y 29 segundos exactamente, se registró una leve disminución en su tono muscular, una suerte de relajación, que no sólo podía apreciarse mediante los electrodos, sino por su obvia expresión corporal de relajación.
No hubo variaciones respecto a los ensayos anteriores, quienes alrededor de los 15 minutos ya dejaban ver algún signo leve de mejoría.
Al notificarme mis colaboradores, ya me encontraba fuera del lugar, pues mis convicciones hicieron que al recibir la llamada estuviera camino a mi casa. Realmente fue la mejor noticia de ese día…hasta ese momento.
Antes de terminar la llamada, les pedí a los enfermeros que lo saquen de la sala de observación y lo lleven al consultorio. Al llegar al Hospital, el caso ya me esperaba sentado donde siempre. Pero esta vez, algo fue profundamente diferente. Al entrar por la puerta, Carlos se incorporó de su poco confortable asiento, y me extendió la mano diciendo:
-“Me siento bien”.
Capitulo Segundo.-
Después de la primera entrevista, Carlos (a quien ya llamaba siempre por su nombre y tuteándolo) comenzó a mostrarse cada vez más cooperativo, lo que constituía un gran avance, considerando sus originales ánimos de complot.
Los registros que llevaban mis colaboradores, se acompañaban siempre de una crónica narrada en off que explicaba los efectos de la droga en su sistema, haciendo comparaciones con las drogas anteriores que no lograron mejora alguna.
Sus familiares, en especial su madre, se mostraban muy interesados en todo el proceso, especialmente luego de haber percibido las mejorías en Carlos, abandonando el escepticismo inicial, producto de la desesperanza de años. Ella misma fue una de las primeras en hablar frente a las cámaras contando la triste historia de su hijo.
El mismo había comenzado a aislarse de su familia y sus amigos. Ya era un abogado muy trabajador y estudioso. Pero tenía 22 años, y la agitada vida social que llevaba era una porción importante en su vida cotidiana.
Al pensar su familia que se trataba de stress, consultaron a un psicólogo de la familia que lo fue a visitar, y descubrió en su discurso claros indicadores de esquizofrenia.
Cuando el trato se transformó en un inconveniente mayor, no quedó otra alternativa más viable que internarlo en el psiquiátrico más afamado de la ciudad, el mismo en el que se encuentra desde hace casi 10 largos y dolorosos años.
Todo marchaba sobre ruedas, y de seguir así, comenzarían, los publicistas, con la etapa de edición de todo el proceso.
Pero en todas las historias siempre hay un pero.
El director del psiquiátrico, mi amigo Guillermo, dejaba la institución para sumarse a las filas del Instituto Nacional de Donación de Órganos, dejando el cargo de director vacante, que días después asumió el Dr. Roberto Figueroa, un psiquiatra capitalino que venía, según comentarios, con toda la intención de involucrarse de alguna manera en el proceso que llevábamos a cabo, con ánimos de trascendencia mediática.
De todas maneras, tenía la convicción de que nada ni nadie podía obstaculizar nuestro camino, y si Figueroa quería sumarse, no iba a ser un gran inconveniente.
Llegó el día de la asunción, y el flamante director se mostraba soberbio y seguro de sí mismo. El equipo de publicistas logró que nos acerquemos al finalizar la protocolar ceremonia. Allí fue cuando Figueroa me manifestó que no quería ser parte de ningún circo, y que tenía ciertas condiciones para seguir adelante con todo el estudio.
A la mañana siguiente me acerqué hasta su despacho, como habíamos acordado el día anterior. Figueroa detestaba los tratamientos puramente farmacológicos, era el típico Dr. New Age, que considera viable un tratamiento de drogas, sí y sólo si se acompaña de sesiones semanales de psicoterapia.
El problema no era la psicoterapia per se, sino la extensión de la misma, que debía ser de al menos 6 meses, y detalladamente documentada, como condiciones para seguir adelante. Esto no significaba un detalle menor, puesto que las mejorías que Carlos había logrado, y seguía logrando, eran suficiente como para cerrar el proyecto y lanzar el Ludilo al mercado.
Ahora debíamos incluir una nueva variable, que era la psicoterapia. Y lo peor de todo es que el psicoterapeuta asignado era el creador de la droga…
Así que sin más, me dispuse a ser el psicoterapeuta de siempre. Además, entre psicólogos sabemos que no hay nada más aburrido que un psicótico, que un loco. A pesar de su evidente mejoría, no me imaginaba acerca de que me podría llegar a hablar un alienado mental.
-“Esta es mi idea. Es el camino que quisiera seguir para evaluar lo más eficazmente posible la evolución del Sr. Godino Santos”- dije, cuál vendedor que quiere vender.
Figueroa, que con el paso de los días se volvía cada vez más detestable, lo observó con cara de psiquiatra, mientras levantaba las cejas y aclarando su garganta me contestó:
-“Honestamente no estoy de acuerdo, y siento que usted me quiere contentar con su trabajo…”
Mi expresión-reacción lo desconcertó. Y siguió:
-“Es decir…a lo que me refiero es que yo no voy a evaluarlo. Usted decide el camino. Yo le digo a donde quiero llegar”.
Sinceramente, su desinterés hipócrita me dejó atónito, y no hize más que asentir y encogerme de hombros.
Ahora sabía que Figueroa no iba a interferir. Lo único que le importaba era conservar las apariencias, no quería ver equipos cinematográficos en los pasillos. Zuñiga me había comentado que el flamante director lo había separado para imponerle una serie de restricciones, que en definitiva no eran un inconveniente mayor. Sólo debíamos movernos con cautela. Pero yo sospechaba que Figueroa quería fama, que de alguna manera quería verse beneficiado con el Ludilo, y que lo de aquellos días no era más que un disfraz. Su apatía no hacía más que ir contra mis guts, contra mis instintos.
Mi vida diaria se repartía entre reuniones con diferentes representantes de farmacéuticas multinacionales, quien más me convencía era Franco Kadesault, un gringo que representaba a BecoPharma. El tipo no quería comprarme ni utilizaba marketing, al menos no el propiamente dicho. Su interés no escondía las ganas de beneficiarse. No usaba palabras como “trascendencia” o “quiebre”, en cambio, usaba “ganancias”, “mercado” y otras que me inspiraban.
Mi mujer insistía en que debía firmar el contrato con una empresa nacional, para que sea más “representativo” decía. Pero en este país lamentablemente las cosas se hacen a la ligera, tirada de los pelos como decía mi papá. Es más, ante la previsible negativa de mi parte, ni siquiera se habían contactado conmigo ni con mis colaboradores; y yo no estaba dispuesto a llamarlos. Una cosa es prostituirse, otra muy diferente es entregarse.
Sin consultarlo, le dije a Kadesault, quien con su sinceridad inspiraba a la mía, que estaba conforme con las políticas expuestas. Así, convenimos firmar un pre-contrato al día siguiente. Cuando mi asesor se enteró puso el grito en el cielo:
-“¡Sos un pelotudo! ¿Cómo se te ocurre dar semejante paso sin consultármelo?”
Además de ser mi asesor de mayor confianza era mi hermana. La Dra. Mercedes Vargas, temida en los tribunales, con una gran trayectoria, a pesar de su relativa juventud.
-“No me jodas. Las decisiones las tomo yo. Habíamos acordado que ibas a asesorarme sin tomar decisiones. Lo hecho, hecho está. Chau”.
Mientras me sentía culpable por haber terminado de aquella manera la llamada, fui a ver a mi mujer al trabajo. Siempre es bueno escuchar que alguien diga “hiciste bien”.
-“Hiciste bien mi amor”.- dijo ella, que siempre me apoyaba aunque cometiera los peores errores.
Mi mujer, Ana, era (y sigue siendo) gerente del mejor hotel de la ciudad. Siempre se mostraba preocupada por mí, porque uno de mis grandes defectos era (y sigue siendo) no poder establecer la división entre lo laboral y lo vital, por decirlo de alguna manera. Ella es una mujer muy decidida y determinada, que puede despedir a un empleado con una antigüedad de 25 años, y toda una familia que mantener, y llegar a la casa y preparar el almuerzo mientras ve su novela venezolana.
-“Gracias amor…era el tipo que mas me convencía, ¡y bueno! ¿Para qué perder el tiempo?”
El café frío, y la montaña de papeles que parecían esperarle terminaron por despedirme, con el apoyo que necesitaba en el bolsillo.
Aquellos días eran tan vertiginosos que sentía la compulsión de estar acompañado. Me sentía increíblemente vacío en la soledad, lo que era muy extraño, pues siempre había sido un tipo solitario.
Me fui al Néstor para ver como marchaban las cosas. En mi consultorio estaba Zuñiga esperándome, quien tenía novedades. Todos los testimonios de la familia estaban prácticamente listos para la edición, y lo único que faltaba era mi trabajo de terapeuta con Santos Godino.
A pesar de mi aversión por el trabajo, me acerqué a nuestro caso, quien estaba sentado en un banco del parque del hospital, fumando un cigarrillo con otro interno.
Al verme, se incorporó rápidamente del asiento mientras apagaba el cigarrillo con la suela de su zapato. Esta novedosa reacción que experimentaba al verme era un muy buen síntoma.
-“Buen día doctorcito”- me dijo estrechándome la mano.
-“¿Qué dice Carlos? Hermoso día, ¿no?”
-“Inmejorable Doctor. Cada día me siento mejor. Siento que vuelvo a ser el de siempre”
-“Me alegra mucho oír que así sea, ¿Por qué no me acompaña al consultorio?”
Es increíble cómo una dificultad cerebral puede modificar las maneras de ser-en-el-mundo de una persona. Este Carlos era realmente otra persona. Se mostraba simpático, colaborador, optimista; realmente un nuevo ser, si se lo compara con el monstruo catatónico de nuestro primer encuentro.
Al preguntarle si le molestaba ser grabado contestó negativamente, aunque dejando entrever un poco de inseguridad.
Comenzamos con la psicoterapia, que semana a semana se volvería cada vez más informal, llegando a durar el establecimiento del rapport, prácticamente la totalidad de la sesión.
La reunión con BecoPharma fue un hecho. A la hora de la divina stampa estaban presentes Zuñiga, Kadesault, mi hermana-asesora, un grupo de curiosos, y yo, que apreciaba la escena como el protagonista de la misma.
Zuñiga se quedó con Kadesault a discutir ciertos aspectos de la presentación del Ludilo. Este último se incorporó al equipo, representando los intereses de la empresa que había convenido pagarme realmente una fortuna por la producción de la droga. La eficacia de la misma no necesitaba mayor comprobación, y los 6 meses que seguirían no serían más que a efectos de cumplir con Figueroa, como así también brindarle ciertos elementos más que interesantes a la campaña publicitaria del Ludilo.
Capítulo Tercero.-
Según informaban los miembros del equipo, Godino Santos estaba prácticamente listo para reinsertarse en la sociedad, pero debíamos esperar esos dichosos seis meses.
Cuando llegué al hospital, una enfermera, que había logrado confidencia con nuestro caso, me llamó con cara de preocupada. Yo suponía que se trataba de alguna inquietud institucional, como todas las que ocurren en los centros de salud. Alguna historia clínica incompleta, o mal redactada; pero no, se trataba de Carlos.
Con un cierto presagio clínico temeroso, cualidad que admiro en las enfermeras, me dijo que en los últimos días había notado a Godino Santos un tanto preocupado, y que lo observaba de este modo únicamente cuando estaba en soledad, ajeno a la mirada de mis colaboradores. Esa intención de esconder su preocupación me llamó tanto la atención, las palabras de Teresa, la enfermera, resonaban en mi cabeza como sirenas de alarma, de alerta, a una posible recidiva, una recaída peligrosa para el Ludilo, y todo lo que traía aparejado.
Decidí comprobarlo. Pero debía empeñarme en ganar la confianza que nadie había logrado, porque sinceramente, quien menos trato personal mantenía con el caso era yo mismo.
Lo encontré sentado en el parque del hospital, con una expresión pacífica, mientras observaba a las aves que revoloteaban por entre los árboles. Mi primera impresión me decía que no estaba viendo a un hombre que escondía algo, pero la advertencia de Teresa me hizo vencer mis prejuicios.
-“Carlos. Buen día. ¿Cómo amaneció hoy?”
-“¡Doctorcito! ¿Cómo puede ser un día que comienza con estar vivo?”
Su respuesta llamativamente optimista me sacudió, dejándome entrever que realmente ocultaba algo, y se esmeraba por mantenerlo dentro de él.
-“Muy cierto lo que dices, amigo mío. Cuénteme como está pasando estos últimos días”
Y así transcurrió una informal, y vacía sesión, absolutamente nimia y superficial, en la que cada frase no hacía más que alimentar el prejuicio con el que había llegado a su encuentro. Algo le preocupaba.
Al culminar los 45 minutos más aburridos de mi vida, busqué a Teresa para decirle que me mantenga al tanto, y que si lograba robarle una pizca de información me la transmitiese. Pero Teresa se había ido. Así que le dejé un sobre con tal pedido, con las esperanzas de que su rapport sea más efectivo que el mío.
Mientras tanto, todo parecía encaminarse perfectamente. Zuñiga, que ahora trabajaba conjuntamente con Kadesault, proyectaba la presentación final para Julio, y mi único miedo era esa preocupación de Godino Santos, que esperaba poder conocer a tiempo.
Muchos hechos superfluos se sucedieron entre mis agitados días. Pero ninguno merece ser relatado. Excepto uno. Efectivamente, Teresa averiguó lo que le perturbaba a Godino Santos.
La vibración de mi teléfono en la mañana anunciaba buenas noticias. La notificación viva en la pantalla provenía de quien se convertiría en mi enfermera favorita, Teresa. Había logrado sacarle información al sujeto del caso. “Información urgente” como decía el sms.
Una hora más tarde me encontraba sentado en frente de Carlos quien se encontraba ansioso, como presagiando que me había enterado de sus revelaciones.
-“En este hospital pasan cosas raras”- me dijo de manera seca.
-“¿Raras? ¿Qué quieres decir?” – exageré mi preocupación.
-“Mire doctor…ahora he vuelto a ser la persona observadora y meticulosa que solía ser en mi juventud” – dijo sorprendiéndome el repentino enriquecimiento de su vocabulario-.
-“Prosiga” – atiné a decir.
-“No hay otras palabras para decirlo…este lugar es un centro clandestino de tráfico de órganos”.
Debo confesar que sus palabras me dejaron mudo durante aproximadamente 20 segundos, lo que es una eternidad para lo que acostumbro.
- “Esa es una acusación muy seria. ¿Cómo llego a esa conclusión?” – le dije con un tono acusador.
De repente, se paró haciéndome un ademán con las manos de “espere aquí”. Yo estaba absolutamente desencajado, me sentía incómodo como si fuera un inexperto practicante universitario.
-“Mire. Hojee esto”- me dijo arrojándome un anillado realmente gigante de papeles.
Se trataba de un manojo de historias clínicas con sus respectivas fichas de admisión de ingreso a internación. Todos eran casos de personas que habían entrado a cirugía, y terminaron en coma.
Después de una breve leída, le comenté que las estadísticas de caídas en coma eran altas en todos los hospitales dedicados a la cirugía, como lo era el Queiroz, especialmente porque se especializaba en intervenciones neurológicas sumamente complejas.
-“Eso lo tengo en claro – me dijo desafiante – Lea las remarcadas”
Las remarcadas…se trataban de pacientes crónicos sin apoyo familiar, a quienes se les practicaban intervenciones realmente inapropiadas con respecto a sus patologías.
Las remarcadas… eran muchísimas. Casi su totalidad.
“Este loco de mierda es un hijo de puta” pensaba para mis adentros.
-“¿Cómo conseguiste esto?” – pregunté casi asustado.
-“Tengo mis contactos. Le voy a pedir que no me interrogue al respecto de mis fuentes. Pero puede comprobar su autenticidad por usted mismo”
Tenía razón. Ubicaba por el nombre y los diagnósticos especiales a muchos de esos pacientes, había escuchado de ellos en infinidad de ateneos y exposiciones de casos.
-“Le pido que se guarde esto Carlos” – le dije.
-“Por supuesto. Entiendo la naturaleza de semejante ilícito. No se olvide que soy un hombre de leyes. Sólo usted sabe de esto. A Teresa le asusté con mentiras”.
En los siguientes días me olvidé de absolutamente todo. Del Ludilo, de Zuñiga, de Figueroa, de Kadesault. De todos. Lo único que invadía mi mente era el descubrimiento realmente escabroso de Godino Santos.
“¡Loco de mierda!” era las únicas palabras que pronunciaba en mi soledad.
Me dediqué con todo mi entusiasmo a averiguar el status actual de los pacientes que conocía, que no eran pocos, aproximadamente una veintena.
Efectivamente, la mayoría…habían muerto. Y los otros aún permanecían en coma, en el más profundo estadio y con un diagnóstico reservado.
Se me ocurrió llamar a Guillermo, mi máximo confidente cuando todo de repente cobró sentido. El se había ido…al Instituto Nacional de Donación de Órganos…
“¡Loco de mierda!”. Pudo ver lo que jamás me hubiera imaginado. De repente no podía confiar en nadie. Mis contactos más confiables podrían estar contaminados por esta mafia, que pasaba delante de mis narices, y jamás me hubiese figurado en la peor de mis pesadillas.
No dudé más. Llamé a Mercedes, mi hermana. Era el único contacto que de alguna manera se mantenía fuera del Hospital. Le hablé, sobresaltado, a los gritos, no podía entenderme y tuve que gritarle repetidas veces para que entendiera lo que sucedía.
Su voz sonaba preocupada, me decía que hacía semanas no sabía nada de mí, que mi teléfono estaba perpetuamente apagado, y todos se habían comenzado a preocupar, incluido Kadesault, quien según ella, me había buscado repetidas veces en mi casa, sin resultado alguno.
-“No te muevas de ahí” – me dijo con una seriedad que nunca había escuchado.
Capítulo Cuarto.-
Apenas le abrí la puerta a mi hermana, se sucedieron los hechos que me inspiran a escribir esta historia.
Corridas, inyecciones, gritos, llantos y más llantos. Tengo la imagen de Mercedes desapareciendo poco a poco. Sus ojos llorosos. Una luz en la ventana.
El Ludilo fue un éxito, y hoy es el fármaco líder de BecoPharma. Carlos Godino Santos fue la cara visible, y se encuentra reinsertado en la sociedad, con un trabajo mediocre entre el infierno que significa Tribunales.
Lo que nadie sabe. Lo que nadie quiere creer. Es que el loco es él. No yo.
Un típico síntoma. Una historia delirante. Una invención de tráfico ilegal de órganos en un hospital más pulcro que el bisturí sobre la tabla de operaciones.
Hoy no puedo hablar. Las drogas no me dejan. Paradójicamente, no me medican con Ludilo, no doy con los requisitos diagnósticos, mis palabras escritas son garabatos y mis palabras dichas se reducen a balbuceos.
Hoy ese es mi diagnóstico, F20.0. Esquizofrenia paranoide.
¿Y si te dijera que todo lo que conoces, todo lo que ves, todo aquello a lo que te dedicas no es más que una ilusión? ¿Qué estas encerrado contra tu voluntad porque lo que ves, lo ves solo vos y nadie más?
Fin








