Boleto al Futuro
Phenomena - FANTASY - 2344 words
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Summary
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Ella Vive en la Vía
“El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”
William Shakespeare
-…la vida, en muchos casos, se vuelve monótona e insoportable; una especie de castigo azotado por la rutina que, en el mejor de los casos, puede enmascararse. Sin embargo, los disfraces son insostenibles. ¿Qué tan hábil debe ser un hombre para vestir día tras día el mismo personaje?
»No obstante, existe otro tipo de vida en donde no son necesarias las apariencias, las estructuras, o los límites. Son historias regidas por la espontaneidad y el constante desafío que supone enfrentarse a situaciones nuevas. Porque la libertad no acepta bosquejos, borradores ni correcciones; no se trata de aciertos o equivocaciones. La libertad simplemente sucede.
»El destino, en cambio, desconoce esta distinción, o, simplemente, la ignora. Actúa sobre nosotros sin piedad alguna, porque sólo somos uno más a quien enredar en sus reglas. Es irrelevante que tan libre o preso te sientas porque el destino es un dictador que no acepta sugerencias ni proposiciones. En fin, no importa qué tipo de vida estés viviendo, es hora de que sepas que siempre es predecible…
“Esta mina es insoportable”
Catalina, con esa falsa cara de dulzura, no tenía ni un ápice de paciencia. Su cabeza descansaba sobre su mano izquierda, aislándola de la clase tras una espesa capa de pelo castaño. No le importaba en absoluto la insolencia de su postura, sino que, para rematarla, mantenía los ojos cerrados.
Mora leyó el margen de su Poética de Aristóteles que, para variar, ni siquiera pertenecía a la materia. Detestaban lo que ellas llamaban “clases de autoayuda académica” que, a pesar de tener una “finalidad educativa”, sólo servían para adelantar las lecturas de otras materias o enterarse de los últimos best-seller de Coelho.
Mora rió, quizá más de lo que el comentario ameritaba. Las risas incontenibles eran una de las tantas consecuencias de sus apreciadas “clases de autoayuda académica”, en conjunto, por supuesto, con las arduas críticas a todo aquel que concordara con la profesora y, en especial, a aquel que levantara la mano en el momento justo de irse. Esas eran las viejas de adelante.
No es que tuvieran algo en contra de las viejas, pero ir a hacer amigos a la facultad era patético. Y, para ser honestos, no todos tenían los huevos para soportarlas, en especial Catalina, que ahora se dedicaba a rellenar la capucha de la de adelante con papelitos.
Mora consultó el reloj. Considerando la cantidad de tiempo que les quedaba, para cuando llegara el momento de irse la vieja tendría la capucha como una piñata. Y rió nuevamente, esta vez de manera más escandalosa. La vieja se dio vuelta en el momento justo en el que Catalina estiraba su brazo. Entonces, la miró breves segundos y adelantó su banco con breves pasos que no la llevaron a ningún lado. Eso, sumado a las incontables capas de delineador que habían notado sobre sus párpados, les dio vergüenza ajena.
Catalina miró a Mora con ojos desorbitados; la indignación se reflejaba en su mirada color miel. Mora pensó que de tanto abrir los ojos iba a conseguir que rodaran por el banco como bolitas. No pudo evitar reír; la gente, ya algo molesta, comenzaba a mirarlas, salvo la profesora que seguía navegando con Bucay por alguna espesa nube de pedo.
El aburrimiento las hacía delirar; esa clase era más efectiva que un té de floripondio. Como consecuencia, los cuadernos de ambas eran inteligibles. Los márgenes, adornados de bastas anotaciones, pelotudeces y manchas de mate, atesoraban las mejores obras de arte: dibujos de pollos decapitados o tiras de asado (sobre todo en el lapso de las doce del mediodía a las tres de la tarde), extraterrestres disfrazados de mariposas y, más que nada, un amplio catálogo armamentístico que apuntaba a cada una de las viejas de adelante.
Las piernas de Catalina comenzaron a rebotar impacientemente sobre el piso, lo que generó una oleada de vibraciones en el viejo suelo de madera. Muchos se voltearon enojados, Mora, en cambio, pareció disfrutar de cada una de los movimientos, o al menos eso demostró.
-¡Robert Pattinson! –susurró levantando los brazos y estirando las piernas en una postura que, sin lugar a dudas, generó odio en los de atrás.
A Catalina le costó diferenciar qué parte de todo aquello era real y qué parte exageración; de su amiga podía esperar cualquier cosa.
Miraron el reloj otra vez. Desde la última vez que habían consultado la hora no habían pasado más de tres minutos. Catalina puso los ojos en blanco y, acercando el banco de su fantasiosa amiga, susurró una propuesta que, en realidad, se encontraba presente en la mente de las dos.
-Vamos, Mora.
Procurando hacer todo el ruido posible, guardaron sus cosas y caminaron arrastrando cuanto banco se les cruzó en el camino hacia la puerta. La profesora se vio obligada a interrumpir su divague. Una vez en el pasillo, ambas rieron. Luego, bajaron las escaleras, no sin antes asomar la cabeza en el Centro de Estudiantes. No, no estaba.
-¿Vamos a Metamorfosis?
No hubo respuesta porque la pregunta estuvo de más. ¿Adónde más podían ir con esa lluvia?
Corrieron pisando la mayor cantidad de charcos posibles y embarrándose hasta las rodillas. El terreno que envolvía la Universidad Nacional de Mar del Plata era un tanto irregular. No importaba donde pisaras, siempre había dos cosas: tierra y piedras; o, en su defecto, algún que otro huevo de un recibido; pero eso era sólo en Humanidades.
Subieron las escaleras con la cabeza perdida entre las opciones del menú y se sentaron en una de las mesas que daban a la calle Peña con la mejor vista de la vía.
-Adiviná lo que te traje –expresó Mora con picardía, al mismo tiempo que abría la mochila y dejaba una petaca al descubierto.
-¿Qué es? ¿Más de ese vodka berreta que quedó de tu cumpleaños? –Preguntó Catalina, alzando una ceja.
-No, hoy hay del bueno. Le robé un poco de Jack Daniel´s a mi abuelo –dijo, con orgullo.
La mesera no tardó en traerle los inocentes jugos de naranja que ellas, con su mente peligrosa, habían aprendido a corromper. Ese día estaban más fuertes que nunca, y no dejaban de preguntarse cómo harían para bajar las escaleras. De golpe, Catalina apoyó el vaso, cerró lo ojos y arrugó la nariz. Mora la miró.
-¿Te diste cuenta del olor a mugre que tenía Eddi hoy? –Dijo, con cara de asco- ¿Cuándo piensa lavar ese joggin?
Mora rió. Eddie era, junto con las viejas, su blanco más preciado. En su opinión, nunca se bañaba y, además, siempre se les sentaba al lado. Imitando la cara del muchacho “hEDDIondo”, Mora se encorvó, frunció la boca y abrió las fosas nasales de manera descomunal. Catalina no supo qué le desagradaba más, si el mugriento o el ekeko que tenía como amiga.
Se quedaron en silencio, mirando a su alrededor. A través de aquella lona que cumplía la función de un vidrio, las chicas observaron el movimiento disminuir a medida que la noche avanzaba. La poca iluminación, sumada a las incontables tragedias que tenían lugar en la vía, era motivo suficiente para considerar peligrosa aquella zona. Todos los estudiantes se movían en grupo y con cautela. Los robos eran frecuentes y, la noche, el escenario predilecto para un crimen.
El alcohol era, sin lugar a dudas, el peor amigo del miedo, y su efecto sobre las chicas comenzaba a hacerse notar. Pidieron la cuenta. El etílico perfume de Mora y Catalina provocó una mueca de horror en la mesera que les cobró los inocentes juguitos. Ambas reían, haciendo aún más evidente lo ahogados en alcohol que estaban sus cuerpos.
Frente a ellas, la escalera se presentó como una serie de peldaños borrosos que no cesaban de moverse zigzagueantemente. La coordinación de sus piernas, casi inexistente, las obligó, en principio, a colgarse de la baranda y, luego, a bajar los últimos escalones sentadas.
El suelo, inundado por la incesante lluvia, estaba cubierto por un barro tan negro como el cielo que sólo se iluminaba fugazmente por los avisos de la tormenta.
-Tercera vía y Neoliberalismo: un Análisis Crítico –leyó Catalina, con ojos vidriosos.
Mora se acercó hasta la vidriera que había atraído la atención de su amiga: había una pequeña colección de libros de autores olvidados que, en aquella situación, sólo podía ser de interés para ellas.
Catalina, lenta pero imprevistamente, giró sobre sí misma y corrió hacia la intemperie del aguacero.
-La vía, Mora –dijo, muy orgullosa de su asociación.
Ambas saltaron y corrieron por aquel infinito camino de líneas paralelas. Así que, haciendo un equilibrio fallido y gritando, se olvidaron de todo lo preocupante de su alrededor y dejaron el temor detrás.
Dos hombres las observaban desde la calle de enfrente. Se acercaron interceptándoles las iniciativas de escape. Las chicas se habían metido en la boca del lobo sin siquiera darse cuenta.
Las jóvenes notaron lo que aquellos hombres estaban haciendo, ya no era gracioso. Comenzaron a retroceder, pero la lluvia, al igual que su temor, se acrecentó con tanta vivacidad que la visión se les volvió dificultosa. La adrenalina las obligó a correr en el único sentido en el que pudieron: vía adentro. No miraron atrás, pero el crujido de las ramas bajo los pies de los atacantes fue alarma suficiente para demostrarles que estaban siendo perseguidas.
Tanto la negrura de su alrededor como el silencio oprimían sus pensamientos; no eran capaces de pensar con la claridad necesaria. Luego, sus respiraciones entrecortadas se volvieron en su contra; ni siquiera el miedo logró convencerlas de que siguieran intentando correr. Entonces, sus piernas, vencidas, las obligaron a aminorar la marcha.
Un estruendo las hizo sobresaltar. El cielo, cubierto de nubarrones, se iluminó con un fugaz refucilo que, predestinadamente, dejó a la vista una vieja puerta grisácea.
Aprovechando la oscuridad y el camuflaje que el ensordecedor trueno les ofrecía, se internaron en el terreno y, desesperadamente, golpearon la puerta. Ésta, insólitamente, se abrió con un chirrido que incluso en aquel día fue audible. Luego, se adentraron sin siquiera pensar si eran bienvenidas; lo único que les importaba era su seguridad.
Cerraron la puerta y se mantuvieron de espaldas contra la pared, recuperando el aire. El shock provocado por el repentino riesgo las obligó a mantenerse en silencio varios segundos, con la mente totalmente en blanco.
-Mora, ¿Estás bien? –Susurró Catalina, agarrando su antebrazo con una mano temblorosa.
Mora ni siquiera fue capaz de pronunciar palabra alguna, sino que se limitó a asentir con la cabeza y se dejó resbalar hasta alcanzar el suelo.
Se encontraban en un sitio que era imposible denominar habitación. Una mesa desvencijada y con la pintura saltada estaba rodeada por varias sillas diferentes; lo único que compartían era el gusto arcaico del dueño que las había puesto allí. Las paredes, llenas de manchas de humedad, estaban cubiertas por un empapelado amarillento con flores que, al igual que todo allí, no armonizaba con nada. No sabían qué era peor, si la situación de la que habían escapado, o la pocilga en la que se encontraban. Por lo que veían, tranquilamente podía ser el hogar de los delincuentes que las habían perseguido.
Un maullido las puso alerta y reclamó su atención. Un cadavérico gato salió de abajo de la mesa y se acercó a las piernas de Mora con aires de advertencia. Estaba tan delgado que era imposible concebir la idea de que estuviese vivo. Además, una delgada película transparente envolvía sus globos oculares delatando su ceguera. Aún así, jamás separó sus ojos de los de la joven.
Unos pasos sonaron. El acompasado sonido demostró que alguien se encontraba bajando una escalera. Eran firmes y decididos y, peligrosamente, iban en su dirección. No había escapatoria posible.
Las dos levantaron la mirada en el momento en que una mujer aparecía en el umbral de una puerta. El gato se acercó a ella y le rozó los tobillos mimosamente.
Ellas se concentraron en la mujer otra vez e intentaron grabar un análisis en sus cabezas. Sabían que era grande, pero les era imposible definir su edad; su espigada figura, en conjunto con la infinible cantidad de canas que surcaban su cabello, resultaba un tanto inadmisible.
Un chal cruzado de color violeta cubría sus hombros y alcanzaba su cintura terminando en una serie de harapos deshilachados. Por debajo de éste, asomaba un antiguo camisón con puntillas blancas.
Mora se incorporó generando un cambio en el tenso ambiente que, fácilmente, podría haberse cortado con un cuchillo. Las chicas analizaron hipnotizadas aquellas manos arrugadas que barajaban un viejo mazo de cartas españolas.
-Siéntense- dijo, ubicándose en una esquina de la mesa.
Innegablemente, esa orden era para ellas. Las jóvenes dudaron y se mantuvieron en su sitio, aún conmocionadas por lo sucedido. Sin embargo, la mujer, pese a lo inexplicable de la situación, se mantenía calma y, paradójicamente, sonreía.
El gato saltó sobre sus piernas y se acurrucó sobre su chal. Allí, como adormecido, afiló sus garras en el respaldo de madera que, con permiso de su dueña, ya tenía las profundas marcas de anteriores atentados. Ella dejó el mazo sobre el centro de la mesa, rodeó al animal con un brazo y, con la otra mano, acarició su cabeza. Con la vista baja, comenzó a murmurar.
-Claro que siempre es interesante saber… -Dijo, entre susurros.
El gato maulló y estiró su cabeza. La mujer se concentró nuevamente en las chicas que, aún sin respuesta, se mantenían apoyadas sobre la puerta. Sin embargo, una sola mirada alcanzó para arrastrarlas hacia las desvencijadas sillas. Entonces, empujó las cartas en dirección a Catalina.
-Una mirada a tu futuro no lastima a nadie –manifestó, entornando la mirada. Sus ojos acaramelados dejaron escapar un destello rojizo que les resultó escalofriante- Con la mano del corazón, por favor.
Y se enderezó nuevamente sobre su silla. Al llevarse una mano en dirección a sus hombros para acomodarse el chal, Mora pudo ver que, extrañamente, un verdoso tatuaje –probablemente de tinta china- surcaba su muñeca. Rezaba, en letras cursivas, “Viola”.
Catalina miró a su amiga y, algo intimidada, estiró su brazo izquierdo en dirección al mazo. ¿Qué otras posibilidades tenía? Además, Mora, al igual que ella, se encontraba paralizada, por lo que ni siquiera logró trazar en su mente un plan mejor. Después de todo, ellas no creían en esa basura de las cartas.
Catalina cortó y Viola se puso en marcha. Al igual que todo en aquella habitación, el dorso de las cartas estaba cubierto de un polvo grisáceo que, al correr por los dedos de Viola, les hacía picar la nariz. Además, el ambiente se encontraba impregnado de una extraña fragancia a libro antiguo y sahumerios que nunca antes habían olido.
La mujer dispuso las cartas en tres hileras de seis naipes cada una. Luego, frunció el entrecejo e, involuntariamente, llevó una mano a su regazo para acariciar al viejo gato. Mientras, con la mano libre, tanteó la mesa de atrás en busca de unos grandes lentes con considerable aumento. Estos, al posarse sobre sus ojos, le dieron un aspecto algo cómico, pero ninguna se atrevió a reírse; no allí, no en esa situación.
Se inclinó sobre la mesa y entrecerró los párpados. Sus pupilas comenzaban a ver sobre el mantel más que un pequeño conjunto de cartas; allí, era capaz de contemplar el destino de una joven de diecinueve años que, de frente a ella, se encontraba aterrada a la espera de una devolución.
Y comenzó a hablar. Le dijo cosas sobre sus amigos, le comentó cómo le iría el resto del cuatrimestre en la facultad e, incluso, le hizo sugerencias para que incorporara en su novela. Pero era todo muy general. Las mismas cosas las podría haber leído en el horóscopo del diario y aún así habría encontrado una relación con situaciones de su vida. Viola era una farsante.
La mujer se quedó en silencio y comenzó a juntar sus cartas. Mora, que ya había logrado tranquilizarse hasta el punto de sentirse hastiada de la mujer, tomó a la chica del brazo y le susurró al oído un ligero “vamos”. Ni siquiera les importaron los hombres que minutos atrás las habían perseguido, sólo querían irse de ahí.
Acto seguido, ambas comenzaron a ponerse de pié y a reacomodar sus libros que aún llevaban en los brazos. Viola, al otro lado, había dejado únicamente dos cartas sobre la mesa: una sota y un dos de oro.
-Aún no terminé –dijo.
Las chicas se miraron. Eso era demasiado. Le agradecieron el resguardo que les había proporcionado y caminaron nuevamente hacia la puerta. No podían ni querían pasar un minuto en ese lugar; algo las inquietaba.
Mora abrió la puerta y la voz de Viola les llego desde el fondo de la habitación. La predicción era grave, lo suficiente como para lograr que Catalina, que aún no había logrado recuperar el color en su rostro, dibujara una extraña mueca de asco que su amiga nunca antes había visto.
-Tu hermana está embarazada. –Había manifestado la mujer.
Catalina se volteó, la miró a la cara y, luego de dejar escapar un insolente bufido, habló con voz clara.
-Mi hermana tiene diecisiete años, enferma. –Su rostro se había ensombrecido- No hables más.




