Sobre Cordura y Demencia

Phenomena  - THRILLER / SUSPENSE - 2652 words

  • 271
  • 2
  • 21
  • 0

Summary

The author hasn't published a summary of this work.

“No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia.
Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño.”

EDGAR ALLAN POE




El peso de su pié provocó un eco fantasmal. A través de la puerta abierta de par en par, una fría ventisca se coló levantando una lóbrega capa de polvo. Se volteó observando la forma en que su sombra caminaba a lo largo de las paredes, desapareciendo cada vez más ante la inminente necesidad de dejar el invierno afuera.
La negrura y el silencio atraparon a la sombría mansión en un hermético arcón. Tras el inevitable enclaustramiento, el húmedo aroma del abandono se incrementó. Caminó hacia una ventana, corrió las cortinas y, sin mucho éxito, dejó que la lúgubre iluminación crepuscular se filtrara a través del cristal.
Todo cuanto logró vislumbrar fueron las desoladas afueras de Baltimore. Corría el mes de febrero de 1909, tan frío y tormentoso como nunca antes se lo había visto. Los árboles lu-cían sus esqueléticas figuras libres de todo signo de vitalidad; sólo tristes y mustios, fúnebres.
Separó una de las doce velas que traía consigo consciente del precario estado en que se veía obligado a finalizar su libro. Le quedaban poco más de doce horas para entregar el ma-nuscrito y aún no había hallado su final. Era caótico. La editorial le había prestado aquel sitio para que pudiese concluir su tarea en tranquilidad pero, honestamente, esa casucha era una vergüenza. En fin, tanto negarse a su hospitalidad como entregar la novela a medias suponía un suicido profesional. Es que, a decir verdad, encontrar una editorial en esos días no era nada fácil.
Con la vela en alto, se acercó a la chimenea y comenzó a separar aquella leña útil de la inservible. Pocos minutos después, el fuego ardía con ímpetu delatando por completo el ente-nebrecido aspecto de la vieja habitación: la mueblería arduamente trabajada en bronce; la su-cia alfombra ceniza repleta de hojas secas; el elegante sillón verde musgo cubierto por una vieja sábana grisácea. Todo, en conjunto, ambientaba el cuarto remontándolo en el tiempo.
En el instante en que se arrellanó en el sofá, el gato saltó sobre sus piernas dispuesto a aguzar sus garras en el almohadón. Su reluciente pelaje carbón lucía una oscuridad tan impe-netrable que el simple contacto resultaba escalofriante, como si la extremidad pudiera ser ab-sorbida por aquel agujero negro viviente. Lo miró con penetrantes ojos amarillos, mostrando su cara desfigurada por una enorme cicatriz en un ojo. Desde el primer momento en que habí-an comenzado a convivir, el felino se dedicaba a dormitar en su regazo. El hecho de ser el único ser vivo en la mansión lo convertía en una ansiada compañía aunque, paradójicamente, su presencia no hacía más que recordarle lo solitario de su condición.
El incompleto manuscrito reposaba inmóvil en el apoyabrazos, instándolo a revivirlo. La falta de desenlace lo volvía tan inservible como a un arma sin balas; totalmente infuncional. Es que los finales actúan como una especie de electroshock de palabras que otorgan vida a las ficticias realidades de un libro. Debía encontrar esas fuentes de sangre; esos incesantes galo-pes que recorrían las páginas…
…Latidos, fúnebres tambores de guerra en su anticipo a la muerte. Parecían tan materia-les en sus oídos que la sensación de soledad se disipaba con cada paso que avanzaba aquel sonido. No supo muy bien en qué momento aquella abstracta metáfora cobró vida, porque lo cierto fue que ese grave resonar traspasó los límites de su imaginación.
Abrió más los ojos eliminando el adormecimiento como causa y, luego, convencido de la realidad, se dejó caer. Su oído lo guió hasta las astilladas tablas del suelo. El arcaico hedor de la alfombra se filtró en su nariz obligándolo a estornudar. Aún cuando se incorporó, pudo sentir aquellas partículas de polvo que, al infiltrarse en su organismo, lo fundieron con el abandono del cuarto.
El palpitar parecía provenir de los mismos entretejidos del tapiz. La súbita certeza que su mente confabuló en pocos segundos se materializó en un ligero movimiento. Varias velas se redujeron a un fino hilo de humo. La luminosidad se extinguió considerablemente, pero no lo suficiente como para ocultar la trampilla que yacía a sólo unos centímetros de sus pies. El pardo atisbo de lo que bien podría haber sido una mancha de sangre quedó al descubierto, atormentándolo y, contradictoriamente, instándolo a develar lo que aquellos latidos encubrían.
Intentó agacharse, pero el zumbido que el golpe seco provocaba en sus oídos se tornó aún más tortuoso e insoportable. El hombre, de puros pensamientos racionales, no compren-dió cómo algo tan ajeno a su percepción visual acometía con tanta violencia en su interior. Por un instante, entendió que, aunque gritara con todas sus fuerzas, no había posibilidad algu-na de sobrepasar aquel sonido.
El metal oxidado que recubría la trampilla se aferraba intensamente a la madera como si hubiese echado raíces en el áspero entablado del piso. Sin embargo, a pesar de la imposibili-dad de abrirlo, no quiso alejarse; el retumbar se volvía cada vez más impetuoso acrecentándo-se con el simple pensamiento de ignorarlo.
La única respuesta capaz de elaborar su aturdido organismo fue delirar y maldecir hasta echar espuma por la boca. El libro, que segundos antes yacía en el apoyabrazos del sillón ver-de botella, se estrelló contra la pared desparramando cientos de sus hojas por el suelo. Su dueño las estudió culposamente, como si se creyera capaz de herir sus propias palabras. No obstante, sus ojos se detuvieron en una de sus páginas; aquella que, peligrosamente, había alcanzado el hacha.
La escritura, testigo de su verdadera forma de ser, logró empalagarlo hasta tornarse in-soportable. Sólo palabras; inocentes y mentirosas palabras.
“La soledad, conforte de aquella antigua mansión, constituía el consuelo de ese triste escritor…”
La ira que desató el fragmento nubló su vista impidiendo que continuara leyendo. Tomó el hacha; su filo, bajo la tenue iluminación, dibujó destellos platinados sobre sí misma. Levan-tando amenazadoramente la herramienta, atentó contra la madera dejando huecos no sólo en ella sino también en su propio libro.
Unos instantes más tarde, algo se hizo visible, y un olor sepulcral se infiltró precipita-damente en la habitación. En ese instante en que su nariz percibió el hedor, logró volver en sí. Sus furiosos gritos desaparecieron tal como si hubiese quedado sin voz; el hacha cayó de sus manos, totalmente vacía de fuerzas; su mirada, antes perdida, se centró en algo en particular. Una segunda habitación había aparecido debajo de las tablas.
Hallándose partícipe de una narración fantástica, supo que debía actuar acorde a los es-tereotipos del género; como escritor que era, sabía que no podía defraudar a su lector.
Alzó su pie tanteando la firmeza de la escalera. El escalón produjo un escalofriante cru-jido pero no cedió. Más seguro, avanzó otro peldaño, esta vez generando una polvareda negra y espesa. Levantó la mano y tomó la vela que anteriormente había dejado a los pies del sillón. La tenue iluminación reveló lo que arquitectónicamente constituía un sótano pero que, estéti-camente, lucía como una sala de tortura.
Sobre la pared izquierda, una innumerable colección de cuchillos relucía por el plateado de sus hojas. Además, una perversa serie de gárgolas le lanzaba miradas de hostilidad desde el muro opuesto. Sin dudas, ese sitio era el peor depósito de objetos que había visto en su vida.
Bajó los escalones que le faltaban sintiendo la críptica sustancia viscosa que se adhería a sus suelas. Las más macabras descripciones rondaron por su cabeza desembocando en una única conclusión: allí había habido un derramamiento de sangre. Presintió, por algún absurdo motivo, que esa habitación había sido el escenario de cientos de prácticas maléficas.
El sonido que aún no cesaba lo arrastró a través de telarañas, ratas y decenas de artefac-tos cubiertos con trapos sucios. El redoble aumentaba conforme él se acercaba hacia la esqui-na derecha, en donde una antigua estantería de hierro se encontraba repleta de objetos olvida-dos, libros y todo tipo de desechos. Un elemento oval oculto por una sábana se movía con un ligero vaivén, producto de una brisa inexistente, atrayendo por completo su atención.
Elevó sus dedos en un intento de remover el velo oscuro. Titubeó manteniéndose inmó-vil y, a su vez, provocando con su respiración un espectral halo blanquecino. Al rozar leve-mente la tela con los dedos, un agudo bramido lo sobresaltó obligándolo a retroceder y caer de espaldas.
Sus manos entumecidas se hundieron en una gruesa capa de polvo y pelusas. La textura, al mismo tiempo suave y desagradable, produjo en él una mueca de asco, no aún comparable con la consternación que aquel objeto inerte, desgastado y pálido le causó segundos después. Eran huesos.
Los ambarinos ojos que lo observaban desde detrás de las rejas relucían secos como si la muerte se hubiera apoderado de ellos, pero los signos de vitalidad eran inconfundibles: el cuervo reposaba tan vivo como él, ajeno a las fúnebres tinieblas que enclaustraban a la vieja mansión.
Se puso de pié, confundido. La idea de que aquel latido era producto de un animal tan insignificante le resultaba inconcebible. Se acercó a él; el tamborileo se intensificó. No había dudas de que provenía del ave; tenía que derivar de ella.
Se inclinó hacia delante resguardado por las rejas que los separaban. Un brillo desubica-do centelló cegándolo por unos instantes. Se hizo a un lado en un intento de eliminar la obs-trucción que provocaba su sombra. Allí estaba otra vez: un metálico destello dorado como la luz del día insolentemente presente de manera indebida.
Hizo la jaula a un lado ignorando el graznido del animal. El latido se mantuvo inmóvil en la biblioteca en la cual reposaba la brillante substancia de bronce y cuero. La tomó en sus manos y la arrimó a la vela. Inmediatamente comprendió lo que era; cualquier escritor podría haberlo deducido.
El sonido saturó su capacidad auditiva exigiendo la atención de todos sus sentidos. Con las yemas de sus dedos, pudo sentir esa especie de bombeo que el latido de aquel corazón de tinta derramaba.
De repente, el libro enmudeció sumiéndose en una muerte absoluta. En unos segundos de omnisciencia, su conciencia alzó la voz sobre su racionalidad. Le transcribió en palabras aquella explicación tan insostenible como abstracta que sólo podía ser producto de la demen-cia. Sentía la proximidad sobrenatural de aquellos estados antagónicos que constituían lo des-conocido. En esa casa, las cosas entraban y salían de la vida; iban y volvían de la muerte, co-mo si esta última fuera sólo una estación de un interminable viaje, donde un boleto de regreso era tan accesible como uno de ida.
Con la incontenible necesidad de descubrir aquellas páginas, tomó la vela con su mano libre y corrió hacia las escaleras. No se sorprendió demasiado al notar que el cuervo, que mi-nutos atrás se alborotaba, ahora yacía inmóvil, sólido, con los ojos artificiales de un embalsa-mamiento.
El fuego que chispeaba vivamente le hizo arder la cara. El impacto del calor de la habi-tación lo llevó a notar el entumecimiento de su cuerpo. Se cubrió el rostro con un brazo y se dirigió a la pequeña mesa ubicada a un lado del sillón. Apoyó la vela sobre la tabla y se sentó en una incómoda y desvencijada silla. El libro, expectante, continuaba debajo de su brazo.
Lo abrió.
El aroma de su condición añeja le resultó extasiante. Las viejas hojas amarillas crujieron revelando un inventario de ideas. A un lado, sobre los márgenes de algunas páginas, una serie de misteriosas iniciales se repetían una y otra vez: E.A.P. De manera imponente, una frase se alzaba sobre el resto. Pasó su mano por la escritura en relieve; las palabras parecían haber sido remarcadas reiteradas veces con una pluma.
Un maullido captó su atención; el felino reclamaba a su dueño enroscándose alrededor de sus piernas. Alargó el brazo para acariciar su cabeza y, en un segundo de asombro, encon-tró sus dedos cubiertos de tinta fresca.
Bajó su mirada y descubrió aquel pasaje líquido que se derretía deformando sus letras. Poco a poco, se volvía cada vez más borroso. Los límites que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Quién puede decir dónde termina una y dónde empieza la otra?
El reloj hizo un clic metálico anunciando la medianoche. Súbitamente, recordó que el día que definiría su futuro como escritor había comenzado. El final que le faltaba; sólo pudo pensar en eso.
Comenzó a hojear el libro que tenía en frente con desesperación. Tenía que encontrar algún detonante que disparara una idea en su cabeza. Sus ojos recorrieron ligeramente las pá-ginas posándose sólo en elementos inútiles y trillados. Escarabajos dorados, artículos sobre catalepsia, el retrato de una mansión olvidada; nada servía.
Dejó caer el peso de la cabeza sobre la palma de su mano y prosiguió con la lectura. La tenue iluminación se consumía, vacilante y tenebrosa, fundiéndose con la noche; se extinguía la seguridad de lo que es alcanzado por la luz, dejando al descubierto leves atisbos de sombras y peligro. La oscuridad se volvió espesa, casi pesada, como si, sin poder evitarlo, cayera sobre sus hombros.
Percusiones; graves repiqueteos retumbando dentro de su cabeza. ¿Eran los del sótano otra vez? Sonaban estruendosamente, algo entrecortados y, por momentos, agrupados en bre-ves series de tres o más golpes.
Respiró profundamente repetidas veces. El polvo se infiltró en su nariz como un intruso. Estornudó, tosió y, entre suspiros, notó que mantenía los ojos cerrados.
A través de sus delgados párpados blancuzcos, una extraña luminosidad comenzaba a poner en marcha su mente. Esta última, ahogada en somníferas tinieblas, no lograba recuperar el dominio de su ausente racionalidad.
Su espalda, flexionada en una curva pronunciada, dejó escapar un leve sonido producto del estremecimiento de sus músculos. Su cuello desarticulado se movió unos centímetros so-bre la fría superficie de la mesa topándose con el ajeno libro de notas. Reposaba sombrío, con una quietud típica de lo desalmado.
El ruido volvió a repetirse aún con más vehemencia sacándolo de su ensimismamiento y concretando en el personaje la certeza de lo material. No provenía de nada cercano, innega-blemente tampoco de su interior.
Al enfrentar sus ojos a la realidad del día, comprendió que aquella noche le había sido arrebatada por sus fatídicas necesidades humanas. La fría habitación en ruinas que había olvi-dado lo sobresaltó, denotando demencia y, a su vez, despertando nuevamente la ira dentro de él.
La puerta insistió; no había dudas de que era el editor. Miró el caos que lo rodeaba, en donde los fragmentos de lo que podría haber sido una buena historia se dispersaban sin orden alguno. Observó el hacha; sus brazos se mantuvieron firmes y titubeantes sobre sus rodillas. Un ataque de violencia no constituía una respuesta habitual de su psicología y, en efecto, tampoco solucionaría nada.
Precipitadamente, se irguió deshaciéndose de forma atropellada de la desvencijada silla y recogió las diseminadas hojas apilándolas de manera desorganizada. Mientras daba sus úl-timos pasos como escritor, se lamentó y sintió, al mismo tiempo, repulsión por su persona; había sepultado su carrera de novelista antes de comenzarla.
Contempló aquellas primeras carillas manchadas por su cursiva monótona. Le era difícil comprender cómo su dedicación se disolvía en vanas palabras; todo era consecuencia de esa noche, de esa casa, de esas últimas páginas.
Se detuvo de golpe frenado por esa presencia que no debería estar allí: la caligrafía que se extendía a lo largo de los últimos capítulos pertenecía a otro puño. Decenas de hojas habían sido agregadas por un alma que no era suya y que, imponentemente, había comenzado a latir sobre la mesa.
Se volteó completamente seguro del proceder de los latidos. Hizo correr las hojas por sus dedos contemplando las idénticas anotaciones: tres iniciales intrusas adornaban los már-genes con burlesca altanería. Satíricamente, esa alma se había apoderado de la gloriosa pala-bra “Final” que había estado guardándose para revivir en la historia. Leyó en voz alta; decía…

Want to leave a comment? Sign Up

Comments

Me gusto mucho, espero leer mas de tu trabajo, lee mi cuento Escritor de suenos y pesadillas.
2009-12-31 13:21:02
"Comprate el libro si quieres el resto" muy bueno el aporte.
2010-09-07 20:20:48