Feliz cumpleaños.

AnnieSwan  -  - 3789 words

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Summary

Marie es una joven mujer que se ve afectada por la muerte de su novio Martín. El día de su cumpleaños número veintiséis, su recuerdo comienza a acosarla ¿Será todo una simple coincidencia? ¿O tal vez Martín esté comunicándose con ella en ese fa

Marie es una joven mujer que se ve afectada por la muerte de su novio Martín. El día de su cumpleaños número veintiséis, su recuerdo comienza a acosarla ¿Será todo una simple coincidencia? ¿O tal vez Martín esté comunicándose con ella en ese fa

Marie sostuvo aquella expresión fría, casi sepulcral, durante algunos segundos, aquellos que tardó Manuel en azotar la puerta a escasos diez centímetros de su nariz empolvada. Suavemente, con el sigilo que le caracterizaba, bajó los escalones desde la puerta del departamento hasta la calle atestada de gente.

“Feliz cumpleaños Marie” pensaba mientras caminaba rápidamente con el rostro aún rígido de ira. Lanzó un vistazo fugaz a su reloj que marcaba las ocho menos quince de la noche y dobló una esquina mientras buscaba con la mirada el bar más cercano. Un luminoso de letras rojas llamó su atención del otro lado de la solitaria calle anunciando un pequeño local llamado “Siempre”. Nunca supo que la atrajo a ese sitio, la única certeza que podría tener en un futuro es que nunca olvidaría su cumpleaños número veintiséis.

Esa misma mañana.


Suavemente abrió los ojos cuando los rayos del sol irrumpieron por la ventana. Trece de septiembre, un día completamente normal si todos ignorasen el hecho de que Marie Longobardi cumplía veintiséis años. Respiró profundo y caminó hacia la cocina con una media sonrisa. Algo le decía que ese día sería diferente. Bebió un par de tragos de leche directamente de la botella y se limpió los labios con el reverso de la mano. Tomó una ducha, se vistió y desayuno como de costumbre. Su cabello largo y negro estaba suelto y caía en cascada hasta casi tocar su cintura, sus ojos grandes y de color miel estaban enmarcados con largas pestañas negras, su piel tersa e increíblemente pálida hacía contraste con unos labios que, sin necesidad de labial, se teñían de un intenso color rojo. Marie tenía una excepcional belleza y un aire misterioso capaz de llamar la atención de la persona más indiferente, sin embargo, era una mujer solitaria que disfrutaba del silencio y de su propia compañía.

El teléfono sonó estrepitoso, deshaciendo la red de pensamientos que se tejía en la mente de Marie, quien se levantó de la mesa y lo tomó.

“¿Hola?” dijo frunciendo ligeramente el ceño. No solían llamar a su casa, ni mucho menos a esa hora. Sin embargo, todo lo que escuchó fue silencio del otro lado de la línea. “¿Hola?” repitió sin recibir respuesta. Bufó y colgó.

Se giró aún extrañada ¿Quién la llamaría para luego no responder? Nadie tenía el número de teléfono de su casa, de eso se había asegurado, ya era suficiente con recibir cientos de llamadas y mensajes al día en su móvil como para que también la mortificasen llamando a su casa. Los únicos que conocían ese número eran su madre, quien se había ido un mes atrás a Europa, su hermana, que de seguro estaría demasiado atareada hasta para recordar su propio cumpleaños, y Martín. El simple hecho de pensar en él hacía que un dolor punzante le atravesara el pecho. Habían sido novios desde la secundaria, era la única persona que podía entender perfectamente a Marie y con la única que había mantenido una verdadera conversación acerca de lo que pensaba y cómo se sentía. Sin embargo ya no estaba, Martín manejaba hacia la casa de su hermano un viernes por la noche cuando de pronto un conductor ebrio chocó su auto contra él. “Murió al instante” fueron las palabras pronunciadas por el hombre de la ambulancia cuando Marie llegó al lugar.

Rápidamente sacudió la cabeza intentando borrar aquellas imágenes que se tatuaron detrás de sus párpados y eran, a diario, el motivo de sus pesadillas. Decidió olvidarlo, así que tomó su bolso y su chaqueta y salió del departamento rápidamente. Se colocó el abrigo mientras bajaba por las escaleras y sacó el móvil del bolso, lo encendió y esperó mientras llegaban todos los mensajes y notificaciones de llamadas perdidas. Aceleró el paso hasta la parada del autobús, desde el accidenteseis meses atrásdejó de usar su auto. Una docena de mensajes y siete llamadas perdidas. Resopló y lanzó el teléfono dentro del bolso, por ser su cumpleaños esperaba que la gente dejara de molestar. Era viernes, ya había celebrado un par de cumpleaños en viernes trece, así que no creía mucho en supersticiones. A decir verdad no creía en muchas cosas, su imagen de Dios era completamente diferente a la de los demás; no negaba su existencia, creía en el, sin embargo, su visión no era como la de las distintas iglesias, así que tenía su propia forma de Fe.

Abordó el autobús apenas llegó. Miró su reloj, las ocho menos quince de la mañana. De pronto algo llamó su atención del otro lado del cristal, unos ojos grises que conocía perfectamente relampaguearon en los suyos y desaparecieron en menos de un segundo. Ahogó un grito y cerró los ojos fuertemente. No estaba loca, los ojos de Martín la observaban desde afuera, tan cerca que si no hubiese estado el cristal hubiese podido sentir su aliento. Al abrir los ojos notó su respiración agitada y sentía el palpitar de su sien como martillazos. El joven en uniforme escolar que estaba sentado a su lado la miraba de reojo. Volvió a ver por la ventana conteniendo la respiración, el autobús estaba en marcha y la parada se había perdido de vista. Pasó la mano por su cabello relajándose y suspiró.

Se convenció de que no había visto nada, a diario soñaba con él y pensaba en él a cada segundo. La muerte de Martín había sido, por mucho, su propia muerte. Pasaba los días trabajando hasta tarde y cuando la enviaban a casa se dedicaba a dormir todo el día y ver triviales programas de tv. Se había aislado hasta de su propia familia y ahora vivía una vida vacía y rutinaria. Sin embargo, tuvo la esperanza de que ese día pudiera ser diferente.

Se bajó del autobús con cuidado y subió hasta su oficina. Trabajaba en el décimo piso de una torre de oficinas, allí había una respetable empresa de publicidad donde comenzó como asistente del departamento creativo y ahora se desempeñaba como gerente del mismo. Entró a la oficina, colocó su abrigo en el perchero y soltó el bolso sobre el archivador, revisó de quienes habían sido las llamadas y las devolvió todas, menos una. El número de la primera llamada, recibida a medianoche, no figuraba en la lista; solo podía leerse más que un montón de símbolos y cuando presionaba el botón de llamada sólo se oía el pitido que indicaba que el supuesto número no tenía ninguna conexión. Tal vez era su madre desde Europa y el número se había distorsionado, de todos modos la llamaría luego, supuso.

Andrés, su asistente, entró con una sonrisa mayor a la acostumbrada y una taza de café. Marie le devolvió el gesto deslumbrándolo. Ella sabía que aquel chico de piel trigueña se sentía atraído por ella desde el primer día, sin embargo se hacía la desentendida.
“Feliz cumpleaños jefa” dijo sin dejar de sonreír y dejando el café sobre el escritorio.

“Muchas gracias Andrés” dijo ella sonriendo nuevamente y tomando la taza con ambas manos. “¿Hay mucha gente enterada?” susurró.

Andrés rió y asintió. “Traté de mantenerlo en secreto, pero desde que actualizaron el sistema de computadoras ahora indica las fechas de cumpleaños de todos” dijo el joven encogiéndose de hombros. Marie suspiró y pasó la mano de nuevo por su cabello.

“Bueno, no importa, supongo que un par de felicitaciones en la oficina no resultarán tan terroríficas” dijo seriamente para luego reírse. Andrés asintió y rió también, luego se dio la vuelta para salir de la oficina.

“¡Andrés, otra cosa!” dijo Marie en voz baja. Él volteó y la miró. “Sé que eres bastante bueno con esto de la tecnología ¿Podrías hacerme un favor?”

“Pues algo sé” dijo él apenado “Dígame”.

“Esta mañana recibí una llamada que creo que es de mi madre, pero el número se ha estropeado o algo, así que no puedo devolverle la llamada ¿Podrías ver qué pasó?” El muchacho asintió y ella sonrió como gesto de agradecimiento mientras le daba su móvil.

“Gracias” dijo ella, él le respondió con un guiño y salió de la oficina con una sonrisa.
Se sentó de nuevo detrás del escritorio. Tenía una montaña de papeles frente a ella, así que comenzó a ordenarlos. Solicitudes de comerciales, publicidades en revistas y memorándums de reuniones constituían gran parte del papeleo que iba y venía de su escritorio a carpetas, gavetas y la papelera, mientras que ella estaba absorta en sus pensamientos. El teléfono sonó haciéndola saltar de la silla. Lo miró con los ojos abiertos de par en par por un segundo y luego rió burlándose de su reacción.

“¿Hola?” dijo colocando el teléfono en su oreja y sosteniéndolo con el hombro mientras seguía leyendo por encima algunos papeles.

“¡Hola preciosa!” dijo la voz de Alicia, su madre, desde el otro lado de la línea. Marie suspiro con cierto deje de alivio recordando lo de la mañana.

“Hola mamá” dijo con una media sonrisa.

“¡Feliz cumpleaños cariño!” dijo su madre con emoción en su voz. “¡No puedo creer que cumplas veintiséis ya! Pensar que fue ayer que te cambiaba los pañales y te ponía lacitos rosa en el cabello, me hace sentir tan vieja…” Marie rió.

“Mamá, no seas dramática, no estás vieja” dijo en un tono reconfortante “Disculpa por no atender tu llamada anoche es que ahora apago el móvil por todo el lío de las…”

“¿Llamada? ¿Qué llamada?” Preguntó Alicia interrumpiéndola.

“Pues tengo una llamada desconocida, fue a medianoche… Pensé que habías sido tú” dijo Marie confusa.

“No cariño, iba a llamarte antes pero estoy ahora en una posada en Irlanda y sabes cómo soy con el tema del inglés. Me costó un poco conseguir un teléfono con el administrador, Tuve que conseguir que alguien tradujera.” Ahora era Alicia quien sonaba confusa y un poco apenada.

“Oh, está bien entonces.” La voz de Marie sonaba tranquila mientras que su mente iba y venía entre las personas que pudieron hacerle esa llamada.

“Bueno cielo, debo irme. El autobús turístico no tarda en llegar y no quiero perderlo. Disfruta tu día. Te amo.”

“Y yo a ti mamá, gracias por llamar” Marie estaba enternecida y colgó el teléfono con suavidad cuando escuchó el pitido en la línea. El pensamiento de quién podría haberla llamado a esa hora seguía dando vueltas en su cabeza. Pensó en su hermana Lucía, pero ella la habría llamado a la casa, también en Leticia, su única amiga de la universidad, pero ella no tenía el número de su móvil. Frunció el ceño al no encontrar más nombres ¿De verdad era así de asocial?

Escuchó la puerta abrirse y levantó la mirada para ver a Andrés entrar con un papel.

“Mandaron esto de presidencia” dijo con voz burlona. Marie subió la mirada de nuevo y tomó el papel. Era una carta impecable y extremadamente formal dirigida a ella para felicitarla por su cumpleaños. Alzó una ceja y la colocó sobre el escritorio restándole importancia. Andrés rió.

“¿Pudiste averiguar algo?” Preguntó Marie dirigiéndose a él que negó con la cabeza.

“No hay ningún dato en el teléfono, solo esos símbolos” dijo encogiéndose de hombros y regresándole el móvil. “Lo siento”.

“No te preocupes cariño” dijo con una sonrisa. “ya mi madre me llamó y hablamos”.

“¿Si fue ella?” preguntó el curioso muchacho.

“Si” mintió Marie. Él sonrió y salió de la habitación.

El tiempo pasó volando mientras que Marie diseñaba el anuncio de un nuevo auto. Estos le costaban más que cualquier otro. De vez en cuando miraba el móvil fijamente preguntándose por qué se habría estropeado. De pronto, en una de esas larga miradas vibró haciendo que el escritorio se estremeciera. Lo miró un instante y lo tomó.
Era un mensaje nuevo, así que lo abrió. No pudo ver el número del remitente, volvieron a aparecer los mismo símbolos de antes, sin embargo esto no fue lo peor para Marie. “Espero que disfrutes mucho este día ratoncita, te amo. Feliz cumpleaños”. Leer eso hizo que sintiera caer un balde de agua helada en el medio del pecho. Matías era la única persona que le llamaba de ese modo. Las lágrimas se amontonaron en sus ojos, amenazando con chorrear el maquillaje que cuidadosamente se había puesto horas antes. Sin embargo, las lágrimas de tristeza se mezclaban con lágrimas de ira. Escribió un texto maldiciendo y diciendo lo insensible y egoísta que esa persona era, sin embargo el mensaje no se envió. “Por favor indique un destinatario válido” era el mensaje que se podía leer en la pantalla del móvil cada vez que pulsaba el botón send. Marie bufó y lanzó el teléfono contra el mueble, este dio un salto y fue a parar detrás de un archivador metálico.

Se levantó de un salto de la silla, tomó su bolso y buscó el móvil viéndolo con cierto recelo. El golpe hizo que el aparato se desarmara y, por más que intentó, no logró volverlo a encender. Lo lanzó, sin preocuparse demasiado, dentro del bolso y salió por la puerta de su oficina.

“Andrés, necesito salir. Si alguien llama por favor que deje un mensaje” le dijo al muchacho sentado en el escritorio fuera de su oficina sin siquiera verlo. No se preocupo en cerciorarse de que la hubiese oído. Tomó el ascensor y esperó un taxi frente al edificio. Tenía el ceño fruncido y el cuerpo rígido, mientras que su corazón latía con fuerza dentro de su pecho. Habían sido demasiadas coincidencias en un día. Recordó de pronto la llamada del departamento, lo ojos de Martín en el autobús, los símbolos en su móvil, el mensaje… Sacudió la cabeza. Iba a volverse loca.

Tomó el primer taxi y pidió que la llevara a casa. Necesitaba ver el número de la mañana, tal vez el teléfono lo habría guardado de alguna forma. Durante el recorrido no habló siquiera, solo al llegar le agradeció al conductor y pagó con algunos billetes sin siquiera contar. El hombre la miró extrañado pero no dijo nada. Subió los escalones de dos en dos, los pies comenzaban a dolerle. No era fácil correr por las escaleras con unos zapatos de tacón, pero no iba a perder tiempo esperando el ascensor. Cuando llegó a la puerta del departamento, ubicado en el quinto piso, las manos le temblaban sin control. Respiró e intentó calmarse para poder sacar las llaves.

Una vez que estuvo adentro lanzó el bolso sobre el mueble y corrió directo al teléfono. Miró a la pantalla y revisó la última llamada recibida. Lo que vio hizo que la sangre se le helara dentro de las venas. “Martín” marcaba la pantalla, debajo volvían a repetirse los mismos símbolos de su móvil.

Se dejó caer en el mueble del recibidor. No podía creerlo, se negaba a creer que eso estuviese pasando. Martín había muerto, ella misma lo había visto tendido sobre el pavimento aquella noche, apacible, como si durmiera. Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos y a correr por sus mejillas. Luego de algunos minutos en los que se permitió llorar en silencio decidió ir a la casa de Manuel, el hermano mayor de Martín.
Se lavó la cara y volvió a maquillarse. Sabía que no debía verse tan afectada, tomando en cuenta que no veía a Manuel desde aquel fatídico día en la autopista. Se cambió la ropa y al darse cuenta de que había dejado su abrigo en la oficina buscó otro.

Un imponente edificio de ladrillos se alzaba ante ella. Nunca había visitado la casa de Manuel, pero sabía que vivía en un departamento en el primer piso de aquel edificio. Caminó hacia la puerta, evadiendo a la multitud que caminaba rápidamente, casi sin mirar a quienes pasaban por su lado.

“Buenas tardes. Vengo a visitar al señor Manuel Arteaga, por favor.” Dijo al vigilante que amablemente sonrió y le indicó el número de apartamento antes de abrir la puerta. Cuando llegó frente a la enorme puerta de madera miró de reojo su reloj que marcaba las seis de la tarde. Respiró profundamente y tocó la puerta con los nudillos.

No obtuvo respuesta, así que volvió a golpear. Tac, tac, tac. Esperó enrollando nerviosa el borde de su camisa. Finalmente escuchó pasos del otro lado de la puerta. Una mujer de unos cuarenta años la miró con ojos curiosos.

“Buenas tardes” dijo Marie educadamente. “Vengo a hablar con el señor Manuel, por favor”. La mujer la miró expectante, examinándola de pies a cabeza, luego asintió y quitó la traba de la puerta haciéndola pasar a una salita bastante impersonal.

“Mi esposo vendrá en un momento” fue lo único que dijo antes de echarle una última mirada y desaparecer por una de las puertas. Marie paseó por el recibidor, mirando todo. Aquel lugar era pulcro, claro y ordenado, cualidades que recordaba del hermano mayor de su novio-¿o debería decir ex novio?-el ruido de una puerta la sacó de sus ensoñaciones. Se volteó para encontrarse con Manuel, un hombre alto, rubio y regordete que la miraba con grandes ojos grises.

“¡Marie! ¡Qué sorpresa!” exclamó con una sonrisa. Ella sonrió un poco apenada, se sentía culpable de no haberlo visitado antes.

“Hola Manuel ¿Cómo has estado?” dijo ella intentando sonar relajada para no alarmarlo.

“Pues aquí estoy jovencita. Trabajando duro, como siempre lo he hecho. Veo que conociste a Helena, mi esposa” Marie asintió como una niña pequeña y él le sonrió. Sus gestos eran muy parecidos a los de Martín. “¿Y tú cómo has estado? ¿Qué te trae por aquí?”

“Pues la verdad he venido para hacerte unas preguntas” dijo Marie apenada. “Hoy ha ido un día bastante… Extraño, por así decirlo. Pero de resto he estado muy bien.”

Ahora Manuel la examinaba con la mirada, curioso.

“Pues adelante, dime” fue lo único que salió de sus labios.

“Hoy es mi cumpleaños y… bueno, yo… quería saber si sabes a donde fue a parar el teléfono de Martín luego de, ya sabes, el accidente”. Las palabras salieron atropellándose de su boca. Respiró profundo y lo miró dudosa.

“No entiendo que tiene que ver tu cumpleaños con el teléfono de mi hermano” dijo él en un tono neutro. Sus ojos cambiaron su aspecto alegre y ahora lucían oscuros y profundos. “Ese aparato está en una de las cajas con sus cosas. Las tengo amontonadas en el maletero”.

Marie lo miró, buscando la forma de explicarle todo lo que había pasado. Sin embargo, al llegar a ese punto notó que no tenía evidencia alguna que mostrar si el hombre decidía no creerle, que era lo más probable. Su móvil estaba muerto en su bolso y el otro registro estaba en el teléfono de su departamento.

“Verás Manuel” comenzó Marie buscando las palabras correctas. “Desde que me desperté esta mañana han estado sucediéndome cosas extrañas, todas relacionadas con Martín” dijo pausada. En seguida le narró cada uno de los hechos de ese día. Al terminar aquel hombre la miraba incrédulo mientras ella le devolvía una mirada suplicante.
“Jovencita, no sé si esto es una broma de mal gusto o qué demonios. Sea lo que sea creo que debes irte” dijo Manuel. A pesar de tener treinta y siete años, luego de la muerte de Martín había envejecido hasta parecer mucho mayor, ahora que lo notaba sus ojos estaban rodeados de arrugas y grandes ojeras y su cabello dorado se comenzaba a llenar de canas. Marie lo miró.

“Es verdad, todo es verdad Manuel” dijo con la voz quebradiza. “Necesito que me creas, por favor”.

Él caminó sin siquiera verla y abrió la puerta del departamento haciéndole una seña con la mano para que saliera. Ella caminó temblando y sin verlo salió. Cuando estuvo afuera se giró para ver a Manuel de frente.

“Sé que es doloroso. A nadie le duele más que a mí que él ya no esté. Pero no me lo estoy imaginando ni estoy loca” le dijo con voz bravía. El la miró con el ceño fruncido y azotó la puerta. Se quedó mirando la puerta con la expresión de un muerto. Su rostro, pálido y terso como la porcelana estaba congelado en una mueca fría y sepulcral y sus ojos estaban clavados en el punto donde segundos antes habría estado el rostro de Manuel.

Suavemente bajó los escalones y salió de nuevo a la calle repleta de gente. Necesitaba un trago y aclarar su mente. Ya había anochecido. Caminó dentro de la multitud algunas cuadras, cuando de repente se vio en una calle solitaria. Miró su reloj que marcaba las ocho menos quince de la noche. Dobló la equina y examinó la calle con la mirada. Un grupo bastante ruidoso reía y bailaba en la otra esquina, un hombre bastante sucio dormía en medio de la acera y, del otro lado de la calle, brillaba un modesto cartel luminoso con letras rojas en las que se leía la palabra “Siempre”.

Marie caminó decidida al pequeño local. No supo que la llevó a ese sitio, sin embargo, no parecía un lugar muy extraño. Al entrar se encontró en un saloncito lleno de personas, sin embargo, algo le impedía mirarles a los ojos. Se sentó en la primera silla libre en la barra y pidió un trago de whisky seco. Pasaron los minutos rápidamente, pidió un par de tragos más y los bebía de un solo golpe. Cuando miró su reloj eran las diez y cincuenta minutos, la hora en la que aquel conductor ebrio chocó su vehículo contra Martín, matándolo en el acto. De pronto sintió una mano posarse en su hombro. No volteó, suspiró llenando u pulmones del suave perfume característico de Martín.

“¿Cómo estás?” le escuchó decir. Sus ojos se llenaron de lágrimas que se desbordaron y comenzaron a rodar por sus mejillas.

“¿Me extrañas?” dijo de nuevo la voz de Martín. Marie asintió fuertemente, cerrando los ojos. Un gemido escapó de su garganta y se dio cuenta de que sollozaba fuertemente, sin embargo, a nadie parecía importarle. Sintió el gélido tacto de una mano rozar u mejilla y enjugar sus lágrimas. “También te extraño. Cada día que pasa”

“¿Por qué me dejaste?” dijo ella entre sollozos.

“Nunca te dejé. Siempre estuve ahí, contigo” Dijo él. Ella negó con su cabeza.

“No. Te fuiste y me dejaste sola, sabías que te necesitaba y aún te necesito. Sabías que sin ti…” no terminó la oración. “Quiero ir contigo”

“No” dijo él con voz fría.

“Por favor, aquí ya no hay nada para mí” su voz se quebraba y las lágrimas seguían cayendo. De pronto, aquella presencia que sentía junto a ella desapareció. Se volteó con desespero, no podía encontrarlo. Todos los presentes eran sombras que danzaban a su alrededor. De pronto lo vio, iba saliendo del local. Marie soltó un fajo de billetes, que consideró suficientes para pagar lo que había tomado, sobre la barra y lo siguió evadiendo a aquellos seres que cada vez se tornaban más abstractos. Cuando cruzó la puerta una luz la cegó. “Feliz cumpleaños, mi amor” fue lo último que escuchó antes de sentir el impacto del auto.

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