Homero Jones y otras mentiras

juancuevas  - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 3747 words

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Summary

cronicas de un escritorzuelo

cronicas de un escritorzuelo

Maldito Pasado

Le vi en la sección de Pedagogía, miraba con gesto concentrado los libros sin tocarlos, como un geólogo en busca de una pequeña pero reveladora muestra de roca. Llevaba la eterna chaqueta desgastada de cuero café y el bigote mal cortado. Llamé su atención como solía hacer en clase, impaciente como solía ser yo. Nuestro trato siempre fue respetuoso a pesar de que los años tienden a igualar las cosas entre alumno y profesor.
Me saludó con un cordial apretón de manos, como si no hubiesen pasado los seis o siete años desde la última vez, murmurando apenas mi nombre. Me sentí un poco defraudado por su falta de emoción, después de todo yo era el gran escritor de moda, el tipo al que todos llaman para entrevistar, todo debido al éxito de mi primera novela.

Le invité a tomar un café en la acera del frente, tenía que mostrarle a mi antiguo maestro de colegio que estaba bien sentirse orgulloso de su alumno más destacado. Su falta de entusiasmo empezó a parecerme ofensiva, miles de fanáticos hubieran dado el brazo derecho por compartir una charla ligera con el autor de Los Crímenes de Homero Jones, podría darse ínfulas con la historia, seguro en el salón de maestros había fanfarroneado más de una vez con el hecho de haber sido mi mentor. Y no se lo reprocho, porque así fue.

Quizá mi destino literario se hubiera trazado de otro modo si al profe de física no se le ocurre crear un periódico mural con nuestro grupo. Íbamos en cuarto y durante tres años mi escondida vocación tuvo pasto para rumiar, luego vino el torneo escolar y su impulso me ayudó a ganarlo.

Unos pocos años malgastados en la universidad y entonces, mientras daba clases de escritura creativa llegó el éxito. Los derechos para hacer la película sobre los crímenes de Homero Jones se vendieron muy bien, era un hecho histórico que un autor de nuestro país lograra un contrato con Hollywood, hecho histórico que me valió una visita a la casa de gobierno y ser felicitado por el presidente.
¿Y este maestro de ciencias aducía falta de tiempo para tomar un café conmigo?, estaba dispuesto a dejarme fotografiar con él, a obsequiarle algunos ejemplares autografiados para sus alumnos.

Tuve que insistir bastante para que mirara su reloj e hiciera el gesto resignado, mientras cruzamos la calle pude verle cabizbajo, con la misma chaqueta gastada de la última vez. Quizá solo se trataba de envidia, el verse rebasado por un antiguo discípulo, mientras el continuaba en el mismo puesto, año tras año dictando las mismas clases. De alguna forma le compadecí.

Se negó a tomar un café y mucho menos una copa, solo se contentó con el vasito de agua que inevitablemente acompaña cada orden en verano. Su falta de interés empezaba a molestarme y decidí ser directo.

-Profesor, imagino que ya sabe usted que me va bastante bien.
-Si muchacho, eso es lo que he oído.

Fue la única vez en la vida que su forma de dirigirse hacia mí me pareció ofensiva. Está bien que de maestro tuviera esa deferencia con algunos, en aquel tiempo ser uno de los “muchachos” del profesor Santos era una distinción, pero ya no era un chiquillo impresionable con las leyes de la termodinámica y su desdeñosa actitud me hizo crujir los dientes.

Miré en rededor y pude notar que todas las miradas apuntaban hacia mí. Desde hacía unos meses me había hecho una figura tan notoria que empezaba a sentirme acosado por la gente, los más osados pedían autógrafos e insistían en preguntar cuando saldría la segunda parte de las aventuras de Homero Jones, mi editor ya me tenía bastante agobiado con el hecho de que debía firmar un contrato por una trilogía como para que un grupo de extraños fanáticos me interrogaran todo el tiempo.

Al Jhonson, mi agente me tenía prevenido: “Esto no es nada, espera a que estrenen la película y entonces sí que te acosarán”. Al tenía gran experiencia en el tema ya que había vendido el trabajo del Club de los Bestsellers de la editorial Bruguera durante los últimos años.

-¿Recuerdas los artículos que escribías en el periódico mural?.
La pregunta del profesor Santos me ofreció un refugio ante tanta mirada acosadora.
-Temo que han pasado muchos años desde eso, profesor. Pero estoy seguro que eran bastante malos.

Mi observación era un coctel que contenía falsa modestia y precaución a partes iguales mezclado con un toque de fingido desdén, Al Johnson ya me había explicado que con el revuelo del libro y sin otra cosa más escrita me lloverían los depredadores con ganas de usar mi nombre para vender cualquier basura. ¿Sería mi antiguo maestro uno de esos depredadores?, ¿conservaría aún después de estos años las hojas amarillentas que violenté con mi cursilería juvenil?, seguramente valdrían algo, el alcalde me nombró ciudadano ejemplar la semana pasada y estaría encantado de montar una exposición con cualquier cosa que tuviera mi firma.

La joven de buena figura colocó la bandeja sobre la mesa y se agachó más de la cuenta para servir el café, exhibiendo un amplio escote y una aún más amplia sonrisa. Corría el rumor cierto de que muchas tomas de la película se realizarían en la ciudad, también se decía que yo podía influir en la elección del elenco local, esto era falso pero el no desmentirlo me había traído una docena de sexo casual a la semana.

-Han pasado varios años, es verdad pero recuerdo muy bien lo que decías. Eran nobles reflexiones de un mundo mejor, un sitio justo y solidario.
-Sí, siempre he sido un idealista.
-Lo eras, muchacho, pero ese libro que escribiste.
-¿No le ha gustado?, bueno está bien, no está escrito con oro.
-No te ofendas, muchacho es solo que…
-¡Deje de llamarme muchacho!.

Las mesas vecinas empezaron a murmurar, tomé aire y me calmé. El único perjudicado con un escándalo es el tipo famoso que sale en las noticias.
-Solo se trata de ficción, un poco de entretenimiento barato. Murmuré con simpatía para dejar el asunto zanjado.
-Precisamente, está bien ganarse el sustento, incluso la fama. Pero no debiste abandonar los ideales.

El viejo profesor abandonó el vaso de agua sin tocarlo y salió con la dignidad intacta.
Por más que endulcé mi café no dejaba de saberme a mierda.

Cocaína
Todo empezó hace 18 meses, en el despacho de maestros de literatura, esperaba mi tarde de tutorías en las que nadie llega a hacer sus consultas porque nadie hace consultas los viernes por la tarde en un colegio privado, por eso tenía ese día asignado a mis tutorías y no pensaba cambiarlo jamás. Logré acceder al cargo de profesor dos semestres antes, casi de milagro.

Con un título universitario en letras completamente inútil para la vida real mi única alternativa estaba en el último refugio de los eternos alumnos, esos tipos que jamás completan los créditos académicos mínimos para graduarse y que se pierden en la marea de actividades extracurriculares o en la política estudiantil. Yo probé de todo para jamás graduarme, desde los clubes de periodismo a los seleccionados deportivos, también fui dirigente estudiantil varias veces y logré sobrevivir a dos reformas del estatuto universitario. Hasta que cumplidos los treinta, el decano decidió entregarme un título de dudosa procedencia con tal de no volverme a ver por allí.

El colegio privado estaba bien, un par de premios de literatura de mediano nivel fueron suficientes para enmendar un poco el lamentable currículo y darme acceso al santuario de los vagos con demasiado orgullo trabajar. Llené la vacante de literatura creativa y apreciación literaria y aunque el salario no era principesco me dejaba tiempo libre para pensar: ¿Qué demonios se supone que deba hacer con la otra mitad de vida que tengo por delante?.

Bien pensado, un hombre sin expectativas sabe que a los treinta ya está en la cima de la vida, luego vendrán otros treinta años más donde se repite el proceso anterior solo que a la inversa y con un poco de suerte, eso sería todo.

Fue cuando Homero Jones llamó a mi puerta, era el cliché del héroe de aventuras más evidente del mundo. Con su sombrero de cuero gastado y la actitud de salvador del mundo. Con tal crisis creativa en el mundo y eternas repeticiones de las mismas ideas en las películas y en los libros era increíble que nadie acertara antes con un nombre tan manoseado, gastado, evidente y sin embargo inexistente. Lo busqué en internet hasta que me dolió la muñeca, ni rastro de ningún personaje de ficción que utilizara aquel nombre.

Homero Jones, el héroe de acción no existía más que en mi mente. Sin embargo el nombre me sonaba de mil maneras distintas. De héroe griego a prototipo del American Way, tenía miles de años de historia para describir al nuevo favorito. Un detective, un vampiro, un superhéroe, villano o bandido. No importaba, mi única motivación estaba en escribir su historia, una historia ligera, mundana. Libre de la cursilería poética, sin falsas arrogancias literarias o imposturas intelectuales. Un simple protagonista para las masas.

Aún pasaron tres semanas de duro tecleo en mi procesador de textos a una media de diez mil palabras de mala prosa donde cada dos o tres hojas el héroe pasaba a ser villano y de ahí a una nueva redención y a la siguiente página un desafío mortal.

Una y otra vez Homero Jones era el personaje que no dormía. Aquel que atrapé en esas eternas horas de ocio y que finalmente me convirtió en su esclavo. No pretendí llegar muy lejos con el libro. Me bastaba con publicarlo en una de esas páginas de internet de autoedición, montar en los foros de ñoños de literatura barata una contundente publicidad, crear un sitio web con el nombre que se me había revelado y vender algunas descargas del libro.

Las suficientes para comprar licor al mayoreo y averiguar cuánto tiempo tardaría en beberlo. Con una agresiva campaña de spam podría hacerse. Todos mis viejos profesores siempre se llenaron la boca con la idea de que escribir un éxito editorial de mala factura es la cosa más simple del mundo, algo tan vulgar que preferían seguir usando el transporte público, vistiendo como pordioseros y almorzando con menos de un dólar antes que someterse a la ejecución de un pecado tan banal.

Pues yo pretendía averiguarlo, aunque solo fuera para comprobar en los hechos que escribir un bodrio de literatura barata no era ni fácil ni efectivo. Saber que la vía rápida al éxito no existía y entonces morir en paz en el conocimiento de que todo esfuerzo era inútil, reconciliarme conmigo mismo entendiendo que daba igual quemarse las pestañas o meterse alcohol hasta reventar. Encontrar mi propia redención en el fondo del abismo.

Pero me salió mal como todo lo que hago.

La promoción del texto resultó más efectiva de lo esperado, más de veinte mil descargas en los primeros tres meses, de un momento a otro tres semanas del único trabajo que he hecho en la vida me daban una rentabilidad enorme, el libro empezó a ser comentado en todos los foros de internet y en pocos días los medios copiaron la noticia. Tres editoriales inundaron mi correo con propuestas para publicar en papel y no faltaron los agentes dispuestos a cobrar el diez por ciento en comisiones.

Así que del licor pasé a la cocaína.

Siempre tuve una sana inquietud estudiantil por conocer de primera mano los efectos de las diferentes drogas que el hombre había descubierto e inventado. Pero en la universidad solo me alcanzaba el presupuesto para una que otra calada de marihuana con el encargado del taller de teatro, al cual por cierto aún le debo una obra.

La buena noticia era que ahora podía iniciar un recorrido por las diferentes maneras de perder la conciencia, la mala era que demasiada gente me conoce como para ir por ahí preguntando dónde comprar droga.

Pero no faltan las buenas compañías, dispuestas a sobrevenderte una dosis de origen incierto. Muchos progresistas pretenden revolucionar la sociedad proponiendo la legalización de la droga, en el supuesto ingenuo de que con ello se acabará con el tráfico. Lo único que conseguirán es eliminar unos cuantos intermediarios, quizá bajar un poco el precio y entregar el monopolio a las multinacionales. Claro, el negocio de la droga estará en manos del selecto grupo de aristócratas mercantiles, se acabarán los vulgares capos con demasiado dinero y nada de estilo.

Y con ello las malas telenovelas de narcos, no es tan malo después de todo.

Mientras eso pasa tengo que echar mano de una prostituta para que me surta, claro con cada entrega ella misma me ayuda a consumir buena parte de la compra, cosa que no me molesta, se pone muy cachonda cuando está colocada y no pone objeciones a la ausencia del condón. Solo espero no morir de sida u otra enfermedad venérea porque está muy trillado y el proceso no es agradable.

Prefiero el clásico de todos los clásicos: un buen pistoletazo en la sien, incluso la lenta agonía de una borrachera interminable estaría bien.

Profesor, no maestro

Un maestro es alguien inspirador que se cruza en la vida para darle sentido a tu existencia, una pequeña flecha en el sinsentido de la vida. La sutil prueba de que después de todo, existe un Dios y tiene un propósito para toda esta mierda y no solo eso, además formas parte del plan de reconciliación con el mundo y por eso estás aquí.

Yo sentí la mano de ese Dios benevolente a los siete años, en Bolivia, el corazón de Sudamérica. Mis padres gozaban de la hermosa aventura del exilio y llegaron al Alto de La Paz en tren, con una mano atrás y en la otra mano yo con un año y medio. Era uno de los desplazados más jóvenes de la dictadura. Pero logré adaptarme tan bien al nuevo estilo de vida que a los tiernos cinco años le preguntaba a mi madre porque los malvados chilenos nos habían arrebatado el mar.

La mano de Dios vino después, en una de las eternas huelgas de transporte que el general Sanchez de Lozada debía soportar, entre uno y otro gobierno de transición. Yo ya tenía un hermano que cuidar y juntos realizábamos el homérico viaje desde nuestra escuelita justo al otro extremo de la ciudad, autopista de por medio. Como no existía posibilidad alguna de tomar el transporte público, decidimos tomar uno de los pocos autos particulares que se animaban a ganar dinero extra transportando pasajeros en tiempos revueltos.

Nos tocó subir a un jeep color mostaza de los que tienen puertita trasera, me sirvieron un banquito en miniatura de los que usan los lustrabotas y tomé ubicación contra la pequeña puerta trasera. Como el viaje era largo no tardé en quedarme dormido sobre el respaldo de la puerta. Los demonios de la muerte decidieron aflojar solo un poco el seguro de mi puerta, aunque pensándolo bien debió ser simple negligencia del chofer.
Lo cierto es que desperté en un segundo y mis ojos lograron distinguir el gris de la autopista con leves líneas, blancas como mis dosis de coca. Estaba totalmente fuera del vehículo en movimiento y con toda una caravana de autos a gran velocidad dispuestos a pintar el pavimento con mis tripas. Una fuerza desconocida me introdujo de vuelta al interior del jeep color mostaza y uno de los pocos testigos cerró la puertecilla de nuevo.
El hecho fue tan impresionante que nadie dijo nada.

Las tristes estadísticas de accidentes de tránsito no hacen más que confirmar el hecho de que estoy aquí con un propósito especial y mientras no lo complete no podré irme de esta vida.

Conocer esta verdad cósmica a los siete años te hace irresponsable con la vida, de pronto sientes que puedes tomar riesgos sin preocuparte por las consecuencias y empiezas a hacer todo tipo de cosas estúpidas, hasta que finalmente creces y te conviertes en profesor de literatura.

Asumes que nada podrá pasarte mientras no cumplas con tu plan de vida y si no tienes plan de vida, mejor.

Pero las cosas cambiaron por culpa de Homero Jones, empecé a ganar tal cantidad de dinero en regalías por ediciones en papel y traducciones en otros idiomas, para no hablar del futuro del criminal en Hollywood, que por primera vez me vi con demasiado dinero para gastar y entonces decidí renunciar a la monotonía académica y viajar por el mundo.

El golpe decisivo lo dio la edición al inglés de Homero Jones, era increíble que me ofrecieran tantos ceros a la derecha por publicar la misma historia de siempre una vez más.

Daba lo mismo que quisieran someterlo a un corrector de estilo y hacer una agresiva campaña de marketing, por mí podían venderla con la BigMac dentro de la cajita feliz, mientras me dieran el cheque. Tomé mi mejor pluma fuente y una elegante hoja en blanco y empecé a redactar mi carta de renuncia al colegio pensaba entregarla, portazo de por medio, esa misma tarde.

Pero el portazo vino de vuelta con una reclamación legal sobre mi producción literaria.
Resulta que una de las estúpidas clausulas del contrato que te hacen firmar al contratarte le da derechos al Colegio sobre las invenciones que el empleado pueda realizar en el curso de su relación laboral con el empleador, un rollo legal que ha sido copiado y pegado sobre los contratos de millones de obreros en más de un siglo de capitalismo ruin, en el afán de poseer no solo sangre y vida del proletario, sino además su espíritu y divagaciones mentales.

Pero no la sacarían barata, finalmente se trataba de una lucha entre la multinacional dueña de mis derechos de autor contra un pequeño instituto privado de país tercermundista. Luego de mostrarse los dientes mutuamente, la editorial ofreció una tajada de pastel en metálico y el colegio contraatacó con una andanada de documentos oficiales.

Yo me limité a mirar a los grandes pelearse por saber quien terminaría por desplumar a la gallina que alguna vez, puso un huevo de oro.

Se supone que Al Johnson, mi sagaz agente tendría algo que decir en este asunto, pero solo le asignaron el papel de comentarista deportivo, ocasionalmente lograba hacer oír mi voz y ambos bandos reaccionaban como quien pretende que una vaca opine sobre corridas de toros.

Mi único deseo era renunciar al puesto de profesor para poder reventarme en los vicios sin interrupciones académicas, daba lo mismo quien vendiera los boletos para mi entierro y como era mi único deseo, no se cumplió.

El acuerdo fue que yo me quedara con el cargo de profesor principal durante un nuevo semestre y ocupara el cargo de profesor “en visita” los próximos cinco años, tiempo estimado en que mi nombre tendría algún valor económico, en realidad no mi nombre, sino el de Homero Jones yo solo era el tipo que escribía sobre el nuevo éxito.
Al instituto no le interesaba tanto el dinero, como el dinero que podría obtener al mantener mi nombre en la nómina, prestigio de por medio. Sí, porque ahora yo representaba prestigio para el centro de enseñanza donde siempre fui una especie de parásito ausente.

Mientras tomábamos el sol en el campus sentados sobre las mesitas de la cafetería Al trataba de darme ánimos.
- Bueno, solo será un semestre mas, después tendrás que venir una vez por año a dictar una charla, creo que la sacaste barata.
- Se nota que nunca has dado clases, de pronto es lo más aburrido del mundo.
- Bueno, los millones seguirán allí después de seis meses, incluso ganarán intereses.
- Podría morir en seis meses.
- No tienes tanta suerte.
- Es cierto, jamás podré morir.
- ¿Cómo dices?.
- Nada
- Aquí no se está tan mal, incluso te dejan beber cerveza en la cafetería. Comentó mientras destapaba dos nuevas botellas.
- ¿Existe una clausula de despido?.
- ¿En serio crees que te despedirían?, ¡estos tipos quieren exprimirte!. Podrías defecar en plena clase y no te despedirían, han rechazado un pastón con tal de retenerte.
- Entonces sí que será un semestre entretenido. Dije sonriendo.

Igual a los demás

Una de las tragedias de ser rico y famoso es la inoportuna presencia de la gente, siempre acosándote en el supermercado, siempre interrumpiendo tus comidas o llamando tu atención mientras conduces tu nuevo coche. Solo existe una clase de fanáticos que me interesan: mujeres dispuestas a acostarse con su escritor favorito.

Fuera de eso, la gente siempre ha sido molesta, es una suerte que no use teléfono celular y que meses antes del éxito mi línea telefónica me fuera amablemente retirada por falta de pagos. Aún recuerdo la nota de la compañía: “muy a nuestro pesar le retiramos el servicio”, muy a nuestro pesar. Como si una compañía pudiera tener sentimientos de algún tipo.

Una de las cosas que más odio de Al Johnson es su profesionalismo, sobre todo en lo que a promoción de mi imagen pública se refiere, no tiene reparos en usar su copia de la llave de mi departamento (copia que aún no entiendo cómo consiguió) para sacarme de la cama a las cinco de la madrugada y arrastrarme a un set de televisión. ¿Por qué los set de televisión te citan a horas tan inhumanas? es algo que nunca entenderé, son igual que la aerolíneas, gozan haciéndote esperar tres horas por unos pocos minutos en el aire.
-Soy el maldito al que le apesta la vida, soy el autor de Homero Jones.
La joven ejecutiva del canal pareció encanecer de pronto su cuidada cabellera, seguro pensó en el desastre de entrevista que daría
-Acompáñeme. Alcanzó a murmurar mientras giraba sobre sus tacones y movía el apretado culo rumbo a los camerinos.

Tan joven y tan muerta por el sistema.
Resultó llamarse Irene y lo contenida que pasaba las ocho horas y más de arduo trabajo en las lides empresariales las compensaba con un par de horas de sexo desquiciado, donde volvía a ser la inocente niña que no le teme a nada, donde reír y gritar no estaba prohibido.

Lo triste es que después de la segunda calada de yerba el Blackberry le volvía a sonar, entonces regresaba a las funciones de esclava obediente del engranaje empresarial. La dejé en la Avenida Portugal, en medio de la noche. La idea de desayunar con la hija de Rockefeller me apestaba y por eso enfilé al sur de la ciudad, donde los poetas son vagabundos y no saben que lo son, las putas son sílfides de callejón y los ladrones aún piensan en sus madres.

Pero sobre todo es el lugar donde nadie me conoce y puedo ser igual a los demás.

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