En Una Casa Hogar
andreskws - THRILLER / SUSPENSE - 873 words
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Summary
Una noche en una casa hogar
Las luces de los pasillos se apagaron, y la actividad del edificio entero empezó a menguar. Desde fuera se podían ver las lámparas de los cuartos apagándose lentamente, hasta que la oscuridad de la noche lo cubrió en un manto fantasmal. Así como en el edificio, la luz en el resto de la ciudad se apagó lentamente, y para las 11:00 p.m. ya no había ni una sola luz prendida en la calle, ni siquiera los faros nocturnos de seguridad. Gustavo vivía en la habitación 306 del tercer piso, la segunda de la esquina, y su amigo Valentín en la habitación contigua, en la de la esquina, la número 308. En frente de Gustavo, en la habitación 307, vivía Mariana, una niña pálida de unos 14 años, y tan delgada que pareciera que al abrazarla crujirían sus huesos bajo los dedos. Mariana era tímida, casi nunca se le veía y tampoco hablaba mucho. Algunos decían que era muda, pero otros ya la habían escuchado hablar por teléfono, tal vez con su madre o algún pariente que vivía en un país extraño, donde los humanos casi nunca hablaban. Aunque Mariana no hacía ruido, en la noche era común escuchar ciertos ruidos que provenían de su habitación. Gustavo y Valentín de vez en cuando se enfrascaban en una conversación donde Mariana era el tema principal, y el tema de los ruidos extraños se mencionaba invariablemente. Gustavo decía que los ruidos se parecían más al de una sierra cortando un pedazo de madera, pero a Valentín le parecía más como al frote de dos lijas, o tal vez era que Mariana tenía la maña de rascar el papel de la pared; eso también podría ser. De cualquier manera, esa noche los tres dormían. Del cuarto de Mariana no provenía ningún ruido y Gustavo no sufrió de insomnio, al menos hasta las dos de la mañana (normalmente le daba alrededor de la una). Exactamente al dar las 2:06 a.m. Gustavo abrió los ojos. Lo primero que vio fue su reloj despertador azul y los números rojos indicando la hora. Después, nada. El reloj se apagó y el cuarto se sumergió en una oscuridad casi total. Gustavo se exaltó un poco, y al escuchar el ventilador del techo que lentamente se detenía haciendo un chirrido ligero, el exalto se convirtió en un poco de miedo. Permaneció acostado por un par de minutos, tal vez tres, durante los cuales intentó dormirse de nuevo. Pero eso no fue fácil, y tres minutos después volvió a abrir los ojos. El cuarto estaba aún más oscuro, y por un momento no se movió. Después se sentó en la cama, respirando cada vez más con mayor intensidad. Se calzó las zapatillas de noche y se acercó a la puerta. Sin pensar, se asomó por el visor de la puerta y lo primero que vio fue la vela en el suelo, y después a una niña sentada con algo en la mano, algo que parecía un cuchillo. La niña lo afilaba con un pedazo de metal oxidado mientras recargada en su pierna se mecía una muñeca de vestidos blancos. Una muñeca de bebé. Una muñeca fea. Gustavo intentó sofocar el grito que le rasgaba la garganta pero aunque él no lo escuchó, debió de haber salido pues al taparse la boca la niña volteó en dirección a su puerta. Gustavo se congeló. Esperó a que esos ojos malditos se voltearan hacia la vela, pero no fue así. Ella lentamente levantó la mirada, y sus ojos se encontraron a través del visor. Gustavo recordó los dibujos de pájaros que solía hacer cuando iba a la escuela primaria, y le pareció que esos ojos eran como los que él dibujaba, eran ojos de pájaro, pequeños y agudos, y en forma de óvalo, mas éstos estaban cubiertos de un color amarillento que hacían resaltar más el negro de la pupila. Ella se quedó mirando; pareciera que podía verlo. Ella podía verlo. A través del visor, ella lo veía. Gustavo se tapó la boca con más fuerza mientras veía a la niña levantarse lentamente del piso y acercarse hacia la puerta de su cuarto. La muñeca cayó al piso. Gustavo no la miró pero de haberlo hecho hubiera visto el transparente de sus ojos, y luego las pupilas moviéndose de un lado a otro, y hubiera creído que estaban vivos. Escuchó la madera crujir cuando ella se levantó. Sintió el sudor correrle por la cara, entre los brazos, sobre sus piernas. Sintió su boca adormilarse lentamente con la presión de sus manos. Sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. La niña ya estaba en frente de la habitación, siempre mirando a través del visor. Se paró de puntillas y permaneció a pocos centímetros de la puerta, lo suficiente como para poder estrecharse las manos de no haber pared entre los dos. Gustavo observaba. Gustavo temblaba. La niña sonrió, y Gustavo se sumergió en nubes de colores confusos. Gustavo no volvió a abrir los ojos. Ella empezó a reír y el edificio se inundó con su risa infantil, pero era una risa extraña, amarga, espeluznante. Esto Gustavo ya no lo oyó. Esa fue la primer desaparición en la casa hogar “Sólo Tres Días De Soledad.”






