Sangre de Peperoni
pabloexploding - ADVENTURE - 5834 words
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Summary
Quién le diría a Cristóbal que volver a casa resultaría tan duro. Perdido entre recuerdos y personas de una vida abandonada años atrás, Cristóbal trata de encontrarse a sí mismo en un viaje agitado por las calles de su ciudad.
1
El tren frenó, desperté bruscamente. “Gracias por viajar con nosotros” dijo una voz dulce. Cogí la mochila roja y fui hacia la salida. Me encanta cruzar los vagones, mirar por encima del hombro, sentirme observado por el resto.
Recorrí el pasillo y vi caras, viajeros, camisas arrugadas, bigotes, mujeres gritando y niños golpeando mis rodillas. Viajeros que quieren bajar, que se agolpan en la puerta, que cierran el paso a la señora que hay en el baño y tiene claustrofobia. Revistas porno, calcetines marrones. Maletas. Un tipo mayor sujetaba su maleta, con fuerza. Sospeché. Desconfío de los que pretenden pasar desapercibidos. <<Seguro que guarda un montón de pollas ahí dentro>> me dije. Nos miramos. Quise abrirle el equipaje, lanzar todas aquellas pollas saltarinas y correr, sólo correr, pero no lo hice y sólo lo pensé.
Salí de la estación y un bochorno pegajoso se adhirió a mi piel. Esa humedad, sólo eso. Por un momento pensé que alguien me esperaba en algún lado y no me había encontrado aún, o simplemente llegaba tarde. Pensé en papá y en Leo. Vi gente abrazada, sentí envidia y soledad. Compré una revista musical y esperé en un banco. No pude leer mientras los demás sonreían. Encendí un cigarro y tiré con ganas. Después me cansé de fumar y fui a por un taxi.
La ciudad se movía lentamente, las chicas paseaban escuetas de ropa. A las seis el sol ya calentaba poco. Era frustrante pensar que, tras un año en el extranjero, volver a casa acarrearía depender de nuevo de mis padres, de mi novia Leo y de un hogar autocrático del que me había olvidado ya. Sin embargo, me reconfortaba saber que no tendría que descargar más televisores.
El coche cruzaba la avenida y los semáforos formaban hileras de colores.
–¿Visita o vuelves de viaje?–preguntó el taxista con voz cazallera.
–Vuelvo–dije.
–Una vez estuve en Londres cuando era joven. Demasiada gente y siempre lloviendo. Aunque muy bonito. Sí, muy bonito, sí. Los museos también. Fuimos mi señora y yo a verlos. No entiendo el arte, no, pero muy bonito.
Reí y no me hizo gracia. No estuve en Londres, no sabía de qué hablaba, pero lo hacía demasiado rápido, resultaba complicado seguirle el ritmo. Me recordó a una de esas impresoras matriciales que chirrían al imprimir, así de molesto era su tono. También me ofendió que sobreentendiera las cosas por sí sólo. Utilizar gafas no equivalía a ser miope intelectual, pero serían las lentes, supuse. Me gustaba suponer. Era un síndrome. Todos sufrimos síndromes no diagnosticados. Aquel tipo me hizo sentir mal. No supe qué decir y no dije nada.
Llegamos a casa, recogí el bulto del maletero y me dio una palmada en el hombro–Vaya con Dios–me dijo. Gilipollas.
Boquiabierto, eché un vistazo a la calle y respiré hondo. Hogar, dulce hogar. Todo igual, más mugriento, quizás, pero todo en orden. <<Nada cambia>> pensé. Vivía en un barrio de clase media, perjudicado tras los años, por los desmanes del desempleo.
En el portal de mi edificio vi una ralladura con llave que hicimos Leo y yo antes de marchar. “Juntos y cosidos por el cuello” decía.
<<Joder, eres un moñas>> me dije. Debí devolverle los e-mails. Retortijones. Toqué el relieve del rayado y agaché la cabeza. Sentí arcadas, presión abdominal y una bola líquida impulsada. Vomité dos veces junto a la puerta y salpiqué el equipaje de maíz, lechuga y troncos de mar. Me limpié con la manga del jersey y apoyé el culo sobre el bordillo del portal.
–¡Oh, mierda!– dije.
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