Fuego Cruzado
Aisou - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 3405 words
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Summary
Un padre y su hijo viven peleados por temas políticos. Él es agente de la policía y su hijo miembro de los revolucionarios sociales. La tragedia toca a sus puertas... ¿Podrá el amor superar sus diferencias?
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Fuego Cruzado
|| Padre ||
El dolor era insoportable. Nadie de los presentes podía articular palabra. El sordo bullicio de la ciudad por la noche se veía ahogado con los sollozos de un hombre de unos cuarenta años, que vestía un uniforme oscuro, de color verde olivo, pero que entre las rojas e incansables luces de una patrulla junto a él, más la posa carmesí que se liberaba a sus pies, éste se iba volviendo prieto; al igual que su uniforme, su alma se volvía negra con cada segundo que pasaba.
Entre sus manos, arrodillado en el piso, sostenía el cuerpo sin vida de un joven de unos veinte años, quién poseía un agujero justo en el medio de su frente y por el cual se le había escapado el último pensamiento de vida.
Las lágrimas no sirven de nada, pero ayudan a acelerar el proceso; mientras antes todo el uniforme se vuelva negro, antes podrá comenzar con el proceso posterior a aquella noche.
-(Y pensar que tantas veces me lo dijiste… ¡Que esto se podría haber evitado!)
Pensaba mientras abrazaba y mecía el cadáver como si fuera un bebé al que hay que hacer dormir. Por su mente pasaron una serie de flashes, iluminando su memoria y ahondando más su sufrimiento.
…
-¡Es un varón!
Dijo el doctor a un desesperado joven que esperaba a la salida de la sala de partos.
-¡Felicidades!
-(¡Un niño!)… ¡Gracias, doctor!
-En unos minutos más podrá verlo.
-(¡Un varón…! Lo llamaré…) Lo llamaré…
Pensó y habló con tanta ilusión en su voz que cualquiera que lo escuchara notaría que por primera vez era padre.
-¡Doctor, necesitamos su ayuda urgente!
Súbitamente salió una joven enfermera algo descontrolada de la sala de partos. Con los ojos casi desorbitados la inexperta mujer bramaba por ayuda a nombre de sus compañeras.
-¡¿Qué pasa, enfermera?!
Le preguntó igual de alterado, mientras caminaba con ella hacia la sala de partos, seguidos muy de cerca por el neófito padre, quién ya estaba entrando en pánico también. “¿Mi hijo?... ¿Qué le pasó a mi hijo?” Pensaba en ese momento. Hacía dos minutos había conocido la gran y maravillosa dicha de ser padre y no quería perderla ahora; su corazón latía tan rápido que una arritmia cardíaca estaba a la orden del momento. Su joven y preciado niño, el que continuaría el apellido de la familia, el que llevaría muchachas hermosas en cantidades a la casa, el que chocaría su auto al sacarlo a escondidas, al que tendría que hablarle de sexo cuando cumpliera catorce años, al que vería en el altar antes de morir, el que le entregaría su primer nieto… Ese niño… ¿Habría muerto?
-¡Es la señora, doctor! ¡Se está muriendo!
…
-Tu madre, que dio la vida por ti… Ahora debe estar odiándome…
Le repetía una y otra vez al cadáver que tenía entre sus manos. Besándolo en las mejillas y en la boca, tiernamente intentaba despertarlo, aunque no paraba de contradecirse al mecerlo continuamente, como si quisiera que en realidad se durmiera tranquilamente. Sus lágrimas se mezclaban con la sangre que seguía emanando del orificio en su frente. El uniforme ya tenía casi todas las piernas negras, con un brillo a muerte que generaba una carga infinita en el cuarentón; un peso que le desgarraba el alma y sus músculos lenta y dolorosamente.
-Nunca debí descuidarte ni por un momento. Yo pensaba que si te hacías duro nadie te podría hacer daño.
…
-¡Papi, papi, papi!
Corría llorando un niño de prieto cabello, oscuros ojos y pálida piel. Ha de tener unos cinco años de edad. Sus rodillas sangran un poco a causa de unas evidentes raspaduras en ellas. Éste jovencito no puede más con la pena y rompe a llorar aún más fuerte al lado de un grupo de hombres que conversaban mientras bebían cerveza junto al fuego de una gran parrillada de vacuno.
El aroma a carne asada era exquisito y alcanzaba cada rincón de aquel quincho. Un gran patio, lleno de árboles, especialmente destacaba un parrón, del cuál un grupo de niños pequeños trataban de sacar uvas, mas eran regañados por una u otra mujer adulta, las que les recordaban que dichas frutas estaban verdes.
Otros niños se divertían persiguiendo a las gallinas que caminaban entre los humanos como si fueran una mascota más; así mismo, sobre un sillón, se veía dormir a un perro junto a un pequeño gatito tan pacíficamente que ni enemigos naturales parecían.
Por su parte, las mujeres se agrupaban en una mesa, bajo al parrón, cortando y picando verduras para preparar las ensaladas que acompañarían a la carne que sus respectivos maridos prepararían.
Todos parecían divertirse, excepto aquél pequeño, que no paraba de llorar desconsolado junto a las piernas de su papá.
-¡Hazle caso de una vez, para que se calle!
Le dijo otro de los hombres al padre del niño, con cierta molestia, dado que no le dejaba escuchar con claridad el relato de su cuñado.
En respuesta a ello, el padre se dio vuelta y se agachó, dejando su vaso a medio tomar de cerveza a un lado del pequeño. Y como si fuera magia, el niño dejó de llorar apenas su padre le prestó atención. Fijamente lo miró a los ojos, puso su mano derecha sobre su hombro izquierdo y con serio hálito alcohólico se dispuso a consolar a su hijo.
-Papi… ¡Mi primo me pegó! Y me dijo que si yo te decía que…
-¡Shhh! Hijo, hazte hombre de una vez.
Este padre sólo fue capaz de interrumpir el desahogo de su hijo y ordenarle que dejara de quejarse. Tomó su vaso con cerveza y volvió a la conversación entre los adultos.
…
-De verdad pensé que en esos momentos te estaba forjando como hombre… Para que nada ni nadie te hicieran daño. ¡Tienes que volverte fuerte hijo! Si no, la vida se iba a encargar de azotarte con lo que más amas. ¿Hijo? Despierta ya… ¡Tienes que ir a la universidad! No seas flojo, hijo… ¡Levántate! ¡Abre tus ojos y anda a lavarte los dientes!
La incredulidad del padre ante la muerte de su hijo era infinita. Continuaba meciéndolo como si durmiera a un bebé, pero le gritaba a toda garganta para que se despertara. Lo besaba y abrazaba tanto, como si hubiesen sido besos y abrazos que se negó durante mucho tiempo.
…
-¡Esto no es aceptable, hijo!
-¡¿Pero qué dices, papá?! Estamos en todo nuestro derecho de protestar contra un Gobierno que no nos apoya.
-¡Pero ustedes quieren todo gratis! ¡Yo he agotado cada gota de sudor en mi vida para tener lo que tengo!
-¡Que yo no quiero que me regalen nada! ¡Sólo quiero que las cosas sean justas para mí y mis compañeros!
Otra vez una acalorada discusión política distorsionaba el único momento que compartían en familia. El nocturno café de cada uno se amargaba con cada palabra que soltaba su contraparte. ¿No es que de política, fútbol y religión está prohibido hablar en la mesa? Pues estos eran los temas más recurrentes entre este padre e hijo. Separados por sus pensamientos, ambos se miraban de reojo con rabia, como si les doliera en lo más adentro de sus seres el no sacar al otro de su error.
Las tazas sonaban cada vez más fuerte al tronar con los platillos. La tensión en el ambiente se podía cortar incluso con la punta del dedo. A tal fue el punto que llegó, que al hijo, ya con veinte años en el cuerpo, se le cayó su taza y la quebró en la mesa, mojando con café hirviendo todo lo que tenía a su paso, incluyendo la falda del pantalón de su padre, quién como siempre, se sentaba a comer con su uniforme puesto.
-¡Si serás imbécil!
-¡Lo siento, papá! Déjame que…
-¡¿Cómo no te das cuenta que es mi uniforme?!
-¡Ya no me grites! ¡¿Es mi culpa que no te quieras cambiar el maldito uniforme?!
-¡Yo trabajo todo el día para que tú estudies! ¡¿Y así me lo pagas?!
-¡Apuesto que si mamá viviera no gritarías tanto!
-…
Silencio… Sepulcral y eterno… Que fue destruido por una bofetada siniestra por parte del padre contra su hijo. El golpe fue tal, que el veinteañero terminó tirado en el piso con su diestra en la cara, tratando de apaciguar el dolor de su mejilla.
…
-Hijo, si tan solo no te hubiese pegado anoche no te habrías ido de la casa como lo hiciste… ¡Te juro que todo lo que te grité mientras te ibas era falso! ¡Yo te amo, hijo! ¡Yo te amo! ¡Yo te amo…! Sólo hablaba desde el dolor de la muerte de tu madre. Mientras te gritaba que eras un comunista, resentido social y malagradecido recordaba las veces que estuviste enfermo, al cuidado de tus tías y yo haciendo guardia en la comisaría toda la noche. Mi lengua articulaba insultos, pero mi corazón y mi mente sólo te pedían una cosa… ¡Que vuelvas, hijo! ¡Vuelve, hijo…! ¡Por favor, vuelve! ¡No me dejes solo!
…
-¡Atentas todas las unidades! Se están produciendo fuertes disturbios en la plaza principal. ¡Se les ordena a todas las patrullas acudir al lugar!
Sonaba por la radio de la patrulla, que estaba estacionada junto a una oscura bomba de bencina. En su interior había dos policías con sus pulcros uniformes, listos para trabajar. En realidad uno no estaba tan pulcro; tenía una gran mancha de café en la pierna derecha. Dicho policía miraba fijamente la mancha y recordaba todo lo que había pasado la noche anterior, como si el revivirlo le diera la fuerza que necesitaba para poder seguir respirando, o como si intentara buscar algún momento donde pudo haber cambiado las cosas que pasaron.
-¡Atento colega! ¡Ya nos dieron órdenes, tenemos que partir a la plaza!
-¿Eh? Sí, sí, claro…
Estaba tan inmerso en sus recuerdos que ni las indicaciones de la comisaría había escuchado, pero gracias a los gritos de su compañero por fin prendió el auto e hizo sonar la sirena.
A toda velocidad emprendió camino por la avenida principal. Corría enceguecido. Toda la rabia en su interior, por haber peleado con su hijo lo había cegado de ira y frustración contra sí mismo. Y era precisamente por esto que amaba su trabajo, porque podía desestresarse.
Estaban a tan solo un minuto de llegar al lugar, cuando sintieron una fuerte explosión.
-¡¿Qué fue eso?!
Gritó desesperado el del pulcro uniforme, mientras sacaba su arma de servicio y su compañero estacionaba la patrulla.
A lo lejos se veía un convertible arder, rodeado de al menos cincuenta encapuchados que vociferaban cánticos de protesta contra el Gobierno. Bombas molotov surcaban el cielo hasta un edificio fiscal, que estaba totalmente rayado con ofensas en grafiti. Ninguno de estos antisociales pasaba de los veinticinco años de edad, pero parecía que ellos sentían tener toda la experiencia necesaria para justificar sus actos.
Raudamente ambos policías se bajaron con sus armas cargadas y listas para disparar. Eran los primeros en llegar, pero eso no los amedrentó y se acercaron imprudentemente a la horda de manifestantes.
La noche ardía en más de un sentido. El fuego en los corazones de los presentes era aún más poderoso que las flamas del auto y de las bombas en el piso.
-¡Deténganse, en nombre de la Ley!
Bramó el padre enceguecido, dando a conocer su exacta posición a los antisociales, quienes no dudaron ni un segundo en comenzar a gritar insultos contra ellos. Las piedras no se hicieron esperar y comenzaron a caer como si de un diluvio se tratara. Con habilidad los policías esquivaron todos los proyectiles pétreos, mientras avanzaban hacia el centro de la plaza, tal y como sus enemigos.
-¡Si no detienen esto vamos a abrir fuego!
Volvió a advertir, pero no le hicieron caso. Al parecer los alentaba aún más a avanzar. De pronto, desde el fondo del grupo un joven salió corriendo al frente y con las manos desnudas y en alto corrió hacia los policías. Esto fue tomado como un desafío para el del uniforme manchado e instintivamente jaló el gatillo.
Una sola bala bastó para atravesarle la frente al joven y dejarlo tirado en el piso, muerto instantáneamente.
La furia de todos sus compañeros no se hizo esperar y la guerra comenzó, pero justo en ese momento las fuerzas especiales arribaron al lugar y bombas lacrimógenas disiparon la trifulca, antes que alguien más saliese herido.
Luego de unas horas unos diez manifestantes fueron apresados, mientras que el resto huyó para poder reagruparse y así volver a expresar su derecho de libre expresión en otra ocasión.
Consternado, el policía del uniforme manchado fue a reconocer el cuerpo del joven al que, según él, había matado en defensa propia. Tal y como decía el procedimiento, esperó a que los policías forenses llegasen a la escena y junto a ellos procedió a ver cómo le sacaban la capucha de encima.
En dos segundos sus piernas le fallaron y cayó rendido junto al cadáver. Era su hijo, su pequeño, aquel que había recibido la vida de su madre a cambio para estar en este mundo. Todos los policías presentes quedaron mudos por la sorpresa de la decisión del destino. Las lágrimas no dejaron de brotar del mirar del padre e instintivamente lo tomó entre sus brazos y comenzó a mecerlo.
…
-¡Vuelve, hijo…! ¡Por favor, no me dejes solo!
Gimió con toda su garganta por última vez y su uniforme ya se había vuelto totalmente negro.
Al día siguiente, en el funeral al que asistieron todos los colegas del padre y algunos compañeros y amigos más cercanos al hijo el cielo estaba totalmente despejado. Era un hermoso día, pero para ellos era como si una tormenta los sumiera en un concierto de gotas de dolor. Los sollozos eran nulos. Nadie se atrevía a siquiera gimotear, siendo que el propio padre permanecía en silencio, serio, parado correcta y perfectamente junto al ataúd de su único hijo.
La ceremonia fúnebre fue muy austera, aunque la cantidad de coronas y arreglos florales que le acompañaban eran innumerables. Frente al féretro se erguía una gran fotografía del muchacho con su amplia y cálida sonrisa característica. En la base de dicho marco se notaba una de sus frases más características: “Jugando a ser fuerte.”
De pronto una hermosa chica de similar edad que el difunto, que había estado sentada junto al padre se puso de pie. El maquillaje en sus ojos era ahora sólo una demostración de cómo se desgarraba su alma en esos momentos. Se secó las lágrimas y pidió al padre del difunto que se acercara para hablarle al oído.
-Señor, me gustaría decir unas palabras a nombre de su hijo.
Dijo con acongojada y entrecortada voz, pero con firmeza al mismo tiempo. Se notaba que había estado todas esas horas sentada juntando el valor para encarar al padre y verdugo del joven.
-Por supuesto que puedes, hija. Después de mí, eras la única familia que tenía.
Contestó duramente, como si ya no tuviese sentimientos. Luego dio unos pasos hacia atrás para cederle su lugar junto al ataúd de su hijo y que todos le prestaran atención. Este gesto fue totalmente inesperado, dado que el padre no había dejado que nadie se parase en ese lugar ni siquiera cuando pasaban a despedirse del difunto.
Con algo más de alivio por el gesto recibido, la muchacha se dispuso en el lugar y alzó la voz.
-En primer lugar quiero agradecerle a todos los que están hoy aquí, acompañándonos en esta dolorosa despedida. Todos sabemos cómo era este loco que hoy se nos va. Siempre tenía una palabra de aliento para el que estaba acongojado y el regaño preciso para el que se equivocaba. Pero nadie lo conocía más que su padre o yo. Lo conocí a los quince años y me enamoré inmediatamente y hoy vengo a entregarle una noticia a nombre de él y de nuestro amor a su padre.
-(¿Eh?)
Lo último pronunciado por la mujer descolocó incluso al propio padre, quién no pudo evitar contorsionarse por un fuerte escalofrío en su espalda.
Acto seguido, la mujer sacó de su bolsillo una hoja de cuaderno un tanto arrugada y escrita totalmente a mano.
-Señor, esta es una carta que le escribió antenoche su hijo y me gustaría leérsela.
|| Hijo ||
Papá:
No sabes cómo duele el pelear contigo… Hoy nuevamente tuve que irme de la casa, porque ya no nos soportamos. Trabajas todo el día y en la noche llegas tan cansado y estresado de la comisaría que lo único que hacemos en la hora que le dedicamos a la comida es discutir.
Admito que tengo un carácter difícil, pero es porque soy un digno hijo tuyo.
Hoy, a diferencia de otras veces, peleamos porque me levantaste la mano. Nunca habías hecho eso, pero creo que me lo merezco, porque nunca te había criticado el no tener a mi madre a mi lado. ¿Sabes? De niño solía desear tener a mamá junto a mí, que me abrazara, me besara y me dijera que todo iba a estar bien, pero eso lo hiciste tú. Siempre fuiste un padre cariñoso y atento.
Yo extraño a mi madre por obvias razones, pero más que nada era porque veía a otros niños con las propias y me entraba la envidia, pero cuando pensaba en sus papás podía inflar mi pecho a todo lo que da, porque sé que tengo el papá con los sentimientos más puros y hermosos en este mundo.
Lo entendí cuando ya era más grande y me despertaba en las noches al escucharte llorar. Nunca te volviste a casar, jamás llevaste una sola mujer a la casa y lo más importante, nunca sacaste las fotos de matrimonio tuyas con mamá de la casa. Siempre estuviste enamorado de ella y eso es un ejemplo a seguir, algo que me hace entender que bajo esa capa dura de reglas, procedimientos y burocracia que tu institución te ha entregado está el hombre más dulce, cariñoso y sensible que he conocido. De verdad que quiero llegar a ser la mitad de buen hombre que eres tú, porque con eso me ganaría el cielo y podría por fin conocer a mi madre.
Además de querer imitarte en ello, quisiera ser tan sólo un ápice de lo buen padre que has sido conmigo… Sí, perdona que te lo diga con una carta, pero luego de nuestras continuas peleas ya no me atrevo a probar suerte cara a cara contigo.
Desde hace unas semanas que quería decírtelo, pero nunca encontré el momento. Siempre nuestras estúpidas discusiones nos roban el poco tiempo que tenemos para compartir, pero ya no puedo seguir esperando… ¡Vas a ser abuelo!
Mi novia, aquella que tú tan cariñosamente llamas “hija” tiene a la fecha un poco más de cuatro meses de embarazo. Hace unos días fuimos a su ecografía de rutina y nos dijeron que era un varoncito, aunque no es cien porciento seguro, pero con ella creemos que sí.
Ahora tendré la oportunidad de probarme a mí mismo todo lo que he aprendido de ti durante toda mi vida. Eres el ejemplo perfecto de un padre que ama a su familia y es capaz de sacrificarse por ella; ahora es mi turno. Es momento de que tu pequeño hijo te suelte la mano y se la de a su propio pequeño, para guiarlo en esta vida tal y como tú lo hiciste conmigo. Pero esto no significa que quiera que te alejes de nosotros, ¡todo lo contrario! Quiero que seas partícipe desde este preciso momento en esta nueva etapa de mi vida y que te quedes a mi lado hasta que este campeón que está por llegar me haga abuelo a mí y tú seas ya un bisabuelo regalón y lleno de canas.
Con mi novia hemos decidido que si es hombre llevará tus dos nombres, porque de verdad quiero para él una vida recta y honorable como la tuya; mientras que si es niña, la nombraremos como mi madre, porque será como tenerla de vuelta entre nosotros.
El doctor dijo que estaba sanito y muy fuerte, que su corazón latía como si ya quisiese empezar a vivir por sí mismo… ¡Y eso que apenas va en la mitad del embarazo! Se nota quién es su abuelo.
Te amo, papá. Sé que hace tiempo que no te lo digo, pero si después de leer esta carta aún quieres verme, va a ser lo primero que te diga mientras te abrace.
No tienes idea de la falta que me hacen tus abrazos. Pero tengo miedo de que me rechaces y me digas “Hijo, hazte hombre de una vez.”, como cuando una vez de pequeño, en un asado familiar fui llorando hasta ti, porque mi primo me pegaba por defender la honra de mi madre muerta, aunque tú no me dejaste explicarte todo. Pero en fin, eso lo hablamos otro día.
Te prometo que ahora sí me voy a volver el hombre que tú esperas que sea y que sólo te daré orgullos en lo que me resta de vida.
¡Te amo!
Tu hijo.








