William Inodoro Wilson
Tarso - TRANSPORT: GENERAL INTEREST - 1582 words
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Summary
Después de leer al genial Edgard Allan Poe, se me ocurrió este experimento narrativo y consciente de su regular prosa lo dejo como humilde homenaje al célebre escritor.
Voy a contar la delirante historia de un tal William Wilson y las razones por las cuales este buen inglés apegado a heráldica flema y hastiado en depositar sus inquietudes estomacales por largas travesías, inventó el inodoro, al menos para poder cagar y leer sentado el resto de su vida.
De esta manera supongo que transcurrieron los acotecimientos.
Estamos en primavera, cerca de Londres. El británico césped rebosa luminoso y exóticas mariposas se arremolinan entre la flora originaria de remotas colonias. Desde el firmamento, una sutil brisa canaliza el aire perfumado y árboles imperiales flamean cual banderas piratas para depositar todas las hojas en los zanjones, cumpliendo con un imperativo de naturaleza ancestral. Corros de ovejas galopan cual simpáticos carneros dispuestos a dar la vida por el reino unido, mientras entre los menhires surgen aterciopelados e invisibles gritos de vasallos muertos, donde los druidas ocultaron los sacrificios de vírgenes o mas allá, en el pedregal, donde inciertos enanos se procrearon hasta germinar la sangre verde de los reyes bastardos.
En fantasmal campo santo, un espíritu diurno vaga borracho de sol y especulaciones tortuosas. Se llama Willliam Wilson y ha prometido a si mismo concluir las investigaciones sobre el origen de las especies.
De pronto, un ligero malestar estomacal detiene sus pasos.
¿Son recuerdos gastronómicos de la canonical cena o es solo una pobre flatulencia a punto de liberarse?
Víctima de la desesperación, cual camastrón nativo defensor de la bendita corona, William Wilson comienza a sentirse un vulgar comensal terrestre.
En sus elucubraciones, el mundo es fruto del desorden por el universo o la resaca del cosmos y nada ni nadie podrían conmoverlo en su camino, aunque emergieran cascadas de oro liquido del magma de la tierra o brotaran plantas de frutos prohibidos custodiadas por odiscas salvajes, por tanto, piensa William Wilson, estos retorcijos del estómago, son consideraciones viscerales un tanto obsoletas, por tanto no pueden distraerme.
¡Qué nadie salude a William Wilson, indiferente a la belleza anglosajona, ya guiándose por un espíritu ambulante y socarrón, ya mirando sin mirar la formación de golondrinas que dibujan jeroglíficos aéreos por el fin del cielo!
William Wilson continua en su camino y apenas avanza unos pasos, porque desde el centro de la planicie nace una pared de increíbles dimensiones con un punzón en el centro.
-¡Oh my God!-
Aquello nacido en las entrañas de la tierra es un muro tosco y silencioso que ha cercenado meditabundo trayecto.
No hay escapatoria, William Wilson retrocede asustado pero al llegar a los primeros cien metros se detiene.
-¿Esta espantosa muralla no será la clave en mi investigación sobre el origen de las especies?¿Y si la providencia me ha enviado una señal? Debería dejar de lado una reacción tan primitiva y ocupar el lugar paradigmático que la civilización occidental me ha reservado para convertirme en el apóstol del nuevo conocimiento-
Con el mentón elevado, el gesto parco y las manos en los bolsillos, William Wilson regresa despacio, dejando ansiosas huellas en cada pisada hasta lograr observar con microscópico asombro que es mas grande de lo que suponía.
¿Una reliquia tétrica reflotada por macabra magia?¿Un raro monumento con forma de muro? Por momentos parece extenderse y el crujido de las piedras hace temer un desmoronamiento.
La sutil mirada de William Wilson en la inmensidad intenta descubrir una evidencia de fenómeno paranormal.
¡Vamos William Wilson, actúa con certeza!
Aproxima la mano temblorosa en la negra rigurosidad del descubrimiento innoble. Es piedra fuerte y tenaz de pirámide egipcia. ¿Cómo es posible que expanda?
La mente investigadora asciende y desciende por inumerables planteos hasta aterrizar en un callejón sin salida. ¿Se ha desmoronado la física?
Es el tacto que acaricia la piedra cuando percibe un latido en la piel y, de su vestimenta rapta una extraña transpiración pastosa como una lluvia de efluvio calmoso.
El grito de William Wilson se expande por la planicie al percibir la lava estomacal que escapa sin control por los pantalones.
-¡Oh, me cagué encima!-
El cielo parece desmembrarse en un caleidoscopio de gases aromáticos mientras el viento vibra en la copa de los árboles. La naturaleza intenta abanicar el solitario grito de un William Wilson enrojecido y el rumor de las alas de un cuervo, distrae su mirada hacia las nubes.
-¡Desgraciado pajarraco no te burles, te arrancaré los ojos y las plumas!- es lo único que se le ocurre decir a Willam Wilson.
Pero un relincho cercena en el horizonte. Una gitana portando un estandarte de guerra y montada en un exuberante unicornio azul, fabrican otra incierta fantasía. La realidad lo despierta cuando el cuervo planea en círculos descendentes hasta posar en el hombro de la mujer.
-¡Cagón de mierda, soy Minerva, no lo olvides!- la plutónica voz femenina, aúlla desde un inofensivo monte y el furiosos corcoveo del cornudo animal azul hace que William Wilson levante una pierna para desprenderse del sobrante engrudo perfumado.
-El paraíso solo existió en las mentes de Adán y Eva- reflexiona mientras limpia el calzado con gigantescas hojas de parra e intenta espiar por dónde desaparecieron aquellos espectros.
Decide descansar bajo la sombra de un prehistórico nogal para purificar sus ideas y un recuerdo aflora en su orgullo pisoteado. Su amante doncella Clitemnestra lo aguarda en el lecho por la noche y para esto debe desprenderse de las impurezas corporales.
William Wilson lanza una triste mirada al bastión de piedra negra que aún permanece a lo lejos, igual que antes como esperando una respuesta a su desconcierto.
-¡Adiós infausta mole de ladrillos, ya volveré para destruirte!-
El profeta destruido, sigue el árido camino. Duro y torvo, con la mirada en el suelo vencido por la desgracia. No tarda en llegar a una indefinida cabaña, rodeada de apuestos y alegres pinos pigmeos.
Es la posada "El tonel de amontillado".
-¿Cómo abro esta puerta?-se pregunta frente al pórtico.
Aún lleno de miasma conserva un cierto garbo inglés y con solo pensarlo, ingresa en la taberna.
Entre el humo de las pipas, los escasos parroquianos observan con disimulo la entrada de un hombre encorvado. William Wilson renguea para disimular la resaca. Sucio y resentido, la mente consoladora solo visualiza a su amada Clitemnestra.
¿Qué hechizo ominoso se ha producido en un hombre de ciencia capaz de prodigiosos planteos? ¿Quién abrió esta caja de Pandora?¿Qué significan la muralla, el unicornio con la gitana y el cuervo?
Ninguna respuesta aclara los pretéritos acontecimientos.
Escondido en un rincón, William Wilson extrae una navaja y con disimulo, comienza a tallar en la mesa, el nombre de su amada. Cada muesca en la madera es una rara mezcla de resignación y duda.
Un aroma a lonjas de salmón llega desde la cocina y el posadero le acerca una copa para regresar a la barra entre un murmullo que fermenta silenciosas risas apestadas.
William Wilson los estudia contrariado hasta que un soplo de lucidez inunda las ideas. El bálsamo para encontrar las respuestas.
-¡Eureka... es el busto de Palas y el cuervo, eso es todo y nada mas!-
Y recuerda el inmortal poema de Edgard Allan Poe.
Pero una descarnada explosión sobreviene de incógnito. El sonido de un rayo abre la corteza terrestre.
Cual párvulos liliputienses habitantes de Houyhymus, los tertulianos se asoman por el ventanal, suponiendo la presencia de un desconocido Gulliver.
-¡Yahoo!- exclaman todos.
William Wilson eleva su puño barrido por terca furia.
-¡Oh my God, son ellos otra vez!-
Contra el misterio que aumenta los latidos de su pecho, William Wilson empuja sillas, arroja botellas y copas, hasta arrodillarse, tras ocultar su rostro entre las piernas, profiriendo crudos insultos.
Un anciano se acerca a consolarlo.
-Quédese tranquilo my lord, afuera no hay nada que temer...-
Ante tanto alboroto, la ronda de parroquianos desemboca en el cuerpo yacente de William Wilson. Uno comienza a sacudirlo mientras otro le arroja agua en la cara.
¿Cómo explicarles el espantoso espejismo que padece con la materia fecal adherida? La respuesta lo inquieta y, percibe el zumbido de la locura.
Atropellado en las palabras, les explica los acontecimientos ocurridos y su fantasía lo excusa hacia un falso rechazo de Clitemnestra.
Se escucha el rumor de una voz y luego el disimulado cosquilleo de una risa contenida por una tos. En gran solemnidad, algunos vuelven a ocupar sus sitios.
William Wilson calla, silencia la pena, se levanta con los brazos en jarra y deja una moneda sobre la mesa hasta que sus pies se apoyan en la fresca hierba donde no se detiene hasta encontrar su morada.
El mayordomo lo ve entrar pero antes de pronunciar la confusión por el deterioro de Lord Wilson, este le ordena preparar un baño con agua caliente mientras intenta despojarse la diabólica vestimenta.
Luego de una detallada limpieza corporal, reposado y quieto, soñoliento dentro del plácido líquido jabonoso, Willam Wilson queda dormido en la profundidad de un sueño donde aparece agachado o camuflado entre la vegetación de la campiña inglesa, a punto de soltar los residuos estomacales de su heráldica flema escatologica pero algo interrumpe aquella placidez, un dedo gigante surge en las alturas solo para presionar un punzón que sobresale de la sempiterna maldita muralla mientras el cuervo, la gitana, el unicornio y él mismo, William Inodoro Wilson, nadan en círculos concéntricos, sumergidos en un extraño y gigantesco sillón con un agujero en el centro.
¡Qué nadie despierte a Willam Wilson en su onírico viaje final por el oscuro laberinto de las emociones intestinales, despojado del sentido real y cayendo en las profundidades de un abismo fecal...!
Lo cierto es que William Wilson despierta en el agua turbia y detrás de la sorpresa inicial logra salir a la superficie, girando los desesperados brazos, antes de concluir ahogado en su último gramo de oxigeno.
Lo que nadie sabrá es lo que no se llevo aquel sueño, los residuos de su estirpe que Willam Wilson volvió a ver flotando alrededor de la bañera.

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