El barman
juancuevas - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 5339 words
- 216
- 0
- 1
- 1
Summary
Las aventuras de Homero Jones, barman de ciudad metido a detective.
Llegué a casa más tarde que de costumbre, el trabajo no tiene hora de salida pero se supone que con la ley de alcoholes después de las 2 a.m. no deben existir bares abiertos. Claro, eso no aplica cuando Johnny cuchillos decide armar una fiesta, es uno de los mafiosos locales y hasta la policía le teme. Lo peor de todo es que Johnny ni siquiera tiene dinero. Debes atenderlo gratis por la paz, a él y a sus chicas, porque si hay algo que a Johnny nunca le falta es la compañía de un par de buenas hembras, siempre con la palabra sexo marcada en sus rostros, sus miradas lascivas te envían un solo mensaje: “atrévete a matar a Johnny y podrás tenerme”. Pero nadie se atreve porque Johnny no se anda con chicas, a la menor provocación te lanza un cuchillo en el ojo, es tan rápido que no se sabe con certeza donde esconde los cuchillos.
Llegué a mi habitación de hotel y encendí la televisión, ya se me ha hecho una costumbre quedarme dormido con la tele prendida, en realidad no la veo, solo me sirve de compañía y quizá alguna noche que otra puedo disfrutar un poco mirando una buena película, pero no es lo corriente. Podemos decir que de alguna manera la tv ha venido a sustituir el no tener esposa.
Pensando en eso recordé a las mujeres de Johnny cuchillos, imaginé que a esa hora estarían en una cama de hotel como esta, pero en tremenda fiesta. Es increíble que cambie de mujeres tan seguido y nadie le plante cara. Cerré los ojos e imaginé a las dos golfas en mi habitación, sus miradas pidiendo sexo. Pero estaba demasiado cansado para eso.
Me incorporé, quedé sentado al filo de la cama, la televisión me hablaba del nuevo aparato masajeador xtremeFactor3000, otro producto para viejas de mierda. Me agaché y retiré con cuidado la bolsita de nylon que llevo atada a la parte interna del pantalón, corté el paso de la delgada manguera y extraje la bolsita con un cuarto de litro de fino whisky de 12 años. Inventé el adminículo hace unos meses, compré todo en la farmacia del hospital, en realidad Rita, la enfermera con la que salía en aquella época me lo consiguió. Desde entonces robo una buena cantidad de licor de todo tipo, entre trago y trago me las arreglo para verter algo en la funda elástica que llevo escondida entre el bolsillo y la pretina del pantalón.
Cuando Rita se vino a vivir conmigo llenaba no menos de dos botellas por noche, todo mezclado. A ella no le importaba, de todas maneras se lo acababa durante los turnos del hospital, al menos eso pensaba yo, que Rita era una especie de alcohólica y que a pesar de todo conservaba el trabajo de enfermera.
La conocí en el bar, como a todo el mundo con el que tengo contacto, desde hace dos años el bar se ha convertido no solo en mi trabajo sino también en la extensión natural de mi sala, cafetería, parque o cualquier lugar donde sea que se reúne hoy en día la gente.
Al principio era divertido, mis amigos del instituto solían ir al bar a visitarme y de paso se echaban unos tragos, incluso en aquella época en la que el viejo Ron Howard era el dueño del bar hasta podía brindarles uno que otro cóctel, pero esa época ya pasó, mis amigos empezaron a casarse y sus mujeres no les permiten visitarme, otros se fueron del país y la mayoría simplemente desapareció. Hasta Howard se fue, ahora vive en el campo y una vez me envió una postal. El local pasó a formar parte de la cadena “Mágnum” de bares, con presencia en más de 80 países, yo conservé el mismo puesto de barman en el mismo local, lo que para muchos que conocieron el proceso de fusión fue una gran suerte.
Lo cierto es que trabajar en la noche y dormir todo el día no es vida para nadie. Pierdes el sentido de las cosas y todo se convierte en licor y mujeres, a veces me gustaría tener una vida un poco más normal, ya sabes: una esposa, hijos que van a la escuela. Pero sobre todo un trabajo en el día.
Algunas noches me acuesto pensando ¿qué podría hacer para ganarme la vida durante el día?, es lógico que no puedas vivir de preparar Tom Collins o Margaritas durante el día. No en esta ciudad. Quizá embarcarme en un crucero, pero para eso me hacen faltan dos cosas: viajar hasta el puerto y aprender inglés. Incluso la cadena “Mágnum” tiene bares en algunos cruceros, todo está en solicitar un traslado. Pero lo que me cuesta es el inglés, lo normal es llegar molido del trabajo y dormir hasta las doce, luego salgo a comer algo y de paso cumplir con algún trámite, cuando miro mi reloj otra vez es hora de cambiarme de ropa para volver al bar, así día tras día.
Me inscribí en un instituto pero lo único que logré fue acostarme con la profe y que algunos de mis compañeros fueran de visita al bar. Los infelices armaron una pelea y tuve que correr con algunos gastos de los destrozos. Tengo las cintas de un curso de inglés que le compré hace años a un compañero del instituto, por cierto que no lo volví a ver jamás, me pregunto cómo le habrá ido con la venta de los cursos del “aprenda inglés mientras duerme” lo cierto es que fuera de las cinco frases que siempre he sabido decir no obtuve ningún progreso.
La modelo del “llame ya” terminó su parloteo y a las 3:30 a.m. no hay buena programación, el único canal que funciona a esa hora seguro transmitirá alguna repetición, mientras cubren la parte inferior de la pantalla con los mensajes de texto que la gente envía desde su celular. Normalmente los que envían esos mensajes son jovencitos con las hormonas alocadas, todos buscando la vía electrónica de conseguir sexo. Yo he visto demasiadas cosas en el bar como para sorprenderme con mensajitos explícitos a las 3:30 a.m. Pensé en Johnny cuchillos, seguro que él no anda enviando mensajitos de texto. Me quedé dormido con la televisión prendida después del tercer trago de whisky. Pero algo llamó mi atención y logró despertarme, serían cerca de las 5 a.m. cuando un pequeño mensaje de texto parpadeó en la parte inferior de la pantalla.
Se solicita detective privado
El sueño se me borró como por arte de magia, quizá por el simple hecho de estar demasiado cansado o porque recordé que tenía varios dólares acumulados como saldo en mi celular, no tenía intensiones de regalarle más dinero a la compañía de teléfonos así que decidí agotar mi saldo respondiendo mensajes de otros que como yo estarían despiertos en la ciudad. Lo ideal sería responder unos cuantos pedidos de “amistad”, en una de esas conseguía una cita para sexo casual. Es verdad que la mayoría son mensajes camuflados de servicios de prostitución, otro bloque de mensajes corresponde a las gordas y feas y también están los infaltables maricas que esconden su naturaleza hasta en los mensajes de texto.
Pero el mensaje pidiendo un detective privado volvió a presentarse: se solicita detective privado, discreción 09801802.
Solo por diversión, envié un breve mensaje: soy detective, total discreción.
Juro que jamás pretendí meterme en ningún lío, ya he dicho que detrás de la barra ya es bastante difícil lidiar con tipos como Johnny cuchillos como para salir a buscar pelea fuera del trabajo, envié otro grupo de mensajes y me quedé bien dormido.
Soñé que vivía en el campo, tenía una de esas típicas haciendas de las que salen en las películas del oeste, con la diferencia de que esas tierras eran verdes y productivas, no áridas y secas como en el cine. Tenía una hermosa mujer por esposa y al fin me había decidido a tener 6 u 8 hijos. Lo único extraño con el sueño es que mi esposa no tenía rostro, o al menos yo no lograba verlo en ningún momento del sueño.
Desperté con la boca seca, desde hace años he agarrado la mala costumbre de dormir con la boca abierta, una vez leí que si lo haces terminas tragando más de una araña, mosca o mosquito, lo cual es asqueroso pero que le vamos hacer, al menos no tengo a nadie que se moleste con mis ronquidos. Me tomé un buen trago de whisky y subí el volumen de la televisión que ya empezaba a marcar la hora en una esquina de la pantalla: 4h55 a.m. la hora en que ponen videos musicales de los 80`s, básicamente esos videos ponen un cantante joven y un grupo mixto de bailarines con peinados de león y coreografías facilonas, es increíble que con eso condimentara la juventud.
Me tomé otro trago largo de whisky a modo de desayuno cuando sonó el teléfono.
Traté de aclarar la voz todo lo que pude antes de contestar, aún así un extraño contestó por mí.
-Aquí Jones, ¿quién habla?
-Llamo porque necesito sus servicios- la mujer al otro lado tenía la voz intacta de quien ha dormido bien y empieza un día normal de oficina con claro acento de la costa.
-¿De qué se trata?
-¿Es usted discreto?
En ocasiones atiendo fiestas privadas en casa de algún ricachón y lo que más les interesa es que nadie se vaya de la boca con los excesos que la gente “bien” comete cuando está en confianza. Por eso la pregunta no me resultó tan extraña, lo raro es que esta secretaria llamase a horas tan tempranas para solicitar un barman.
-Si usted tiene mi teléfono es porque alguien le ha recomendado, no me anuncio en la prensa ¿sabe?- dije con despreocupación mientras sacaba el último cigarrillo de la cajetilla y lo encendía con el encendedor de plata que me encontré en el baño del bar.
Últimamente los servicios privados me estaban agotando y no tenía intensión de tomar nada extra esa semana, le di mi primera calada al día cuando escuché algo que casi me atora con el humo. La primera vez en 25 años de darle al vicio. Si, ya pueden ustedes calcular que empecé a los doce.
-He recibido su respuesta a mi celular por mensaje de texto, pidiendo un detective privado que sea discreto.
Con las pocas horas de sueño y el cansancio acumulado había olvidado el jueguito de los mensajes. Sentí como un universo nuevo se habría justo debajo de mis pies, sea quien sea el mensaje no era un juego nocturno, podría seguirle la corriente y explorar un poco en aquel nuevo terreno, la aventura ya saben.
Decidí cortarlo de una vez.
-Ya tengo suficientes casos, no me interesa.
Y colgué.
Me quedé un rato en silencio con sensación de pérdida, a veces no entiendo al género humano, nos pasamos la vida soñando con cosas que no podemos tener, con experiencias que no podremos vivir y cuando se nos ofrece una puerta abierta la cerramos de una patada y luego nos arrepentimos.
Tomé el teléfono y decidí subir a ese autobús, aspiré un poco de aire, incluso abrí la ventana que jamás abría, hube de golpearla un poco para que cediera y cuando al fin se abrió una oleada de aire fresco y helado inundó mi habitación, me senté de espaldas a la ciudad que despertaba, en el marco de la ventana y marqué el número del que me habían llamado, pude sentir los latidos de mi pecho agitado por la emoción.
Las haría de detective y qué diablos.
Un pitido, luego un sonido electrónico y la voz metálica que anuncia: “su saldo es insuficiente para completar esta llamada”.
Bajé despacio las escaleras con las pantuflas viejas en los pies y la bata de tela de toalla. Lo de tener baño compartido en el hotel no me trae problemas y ahorro un par de billetes al mes con la habitación sencilla, me di una ducha caliente para sacarme la pereza y en medio del vapor reflexioné sobre lo curiosa que puede ser la vida. No podía jugar al detective después de todo, lo mejor sería volver a las clases de inglés, esta vez compraría un curso de verdad, un buen reproductor de audio y en las horas libres a darle a las lecciones hasta saberlas de memoria.
El próximo año la ducha sería dentro de un crucero en el Caribe.
Tomé una camisa limpia y otro pantalón, mi único guardarropa desde hace tiempo consiste en pantalones negros y camisas blancas, no es original pero resulta efectivo para estar detrás de la barra. Me sentía tan bien que ni siquiera me coloqué el dispositivo para robar licor. Tomé un par de billetes de mi escondite secreto y salí derecho a la cafetería de la esquina. Contra mi costumbre pedí un jugo de naranja y cereal con yogurt, hojeé el periódico de la mañana: las noticias de siempre, aunque había un par de cosas sobre la farándula que no comprendía, las ventajas de no ver televisión durante el día.
Consulté mi reloj y ya marcaba casi las once, no estaba intranquilo, con un poco de orden y disciplina aprendería el idioma gringo y al fin conocería el mundo.
En la tienda de electrónica me ofrecieron una serie de modelos, el dependiente me explicó que además necesitaría un computador para cargar la música en el dispositivo, luego se agachó como suelen hacer los tipos cuando traman algo raro y dijo en un susurro: “si usted quiere le puedo poner música por algo extra”.
Algo extra, era la expresión de moda, se usa en todo tipo de sitios para hablar de pasar dinero bajo la mesa y transar fuera de las normas.
Desde los policías de tránsito a los políticos de alto nivel, todos eran permeables a recibir algo extra para facilitar los trámites. En nuestros tiempos ese algo extra viene siendo el aceite que mantiene en movimiento a la sociedad.
Le pedí un curso de inglés básico, unas baladas y rock en el mismo idioma, en aquel momento se me ocurrió que sería excelente para practicar. Pagué la factura y su extra al muchacho con espinillas y salí de allí con la primera lección en las orejas.
Al doblar la esquina me topé con Pepe, el muchacho que vive en la calle, es la mente sagaz de un adulto en el cuerpo de un crío de doce años, siempre tiene algo que vender y conoce antes que nadie lo que se dice en la calle.
-Hola Sr Jones, tengo tarjetas para el celular, son las de su empresa de teléfonos, solo por hoy, a mitad de precio. Apóyame Sr Jones para el desayuno.
Fue cuando el recuerdo de la noche anterior me vino a arruinar el día. Pepe era buen chico a pesar de ser un ladronzuelo que vive en la calle, le compré dos tarjetas y el mismo me las ingresó al sistema, compré un par de hotdogs y nos sentamos en el banco de la plaza, mientras Pepe devoraba el suyo marqué nuevamente el número de la mujer misteriosa.
Esta vez el teléfono estaba apagado.
Apagué la lección de inglés de la que ya había perdido el hilo y Pepe inspeccionó el aparato, me describió las características y me ofreció uno mejor por menos precio.
-Si necesita algo busque a Pepe, tengo los mejores precios, comentó mientras lanzaba al tacho de la basura la tira de papel donde hace un minuto estaba el hotdog y salía disparado a ofrecerse como guía a una pareja de turistas.
-Speak English sir?, parla il italiano?, fala portuguesse?. Puedo conseguirles buenas fotos, mapas, quieren chocolate?, do you like chocolat?
La pareja miró en rededor y siguió a Pepe para comprar algo de droga.
Es así con los turistas, solo vienen a Sudamérica a reventarse, si lo sabré yo que los atiendo cada noche.
El sol empezaba a molestarme, de algún modo las cosas como cada día empezaban a complicarse y los grandes planes de esta mañana empezaban a tornarse difíciles, aún no era mediodía y las cosas aún tenían que empeorar.
Estiré mi espalda todo lo que pude en aquella banca de parque cuando el teléfono sonó, era el mismo número al que había estado marcando pero por alguna razón ya no me interesaba contestar. Así que oprimí el botón de hablar.
-Aquí Jones, ¿quién habla? Mi mente estaba en blanco y no tenía idea de lo que quería hacer.
-Sr Jones, mi nombre es Marta y en verdad necesito contratar sus servicios. La exagerada pausa después de decir su nombre revelaba que no se había atrevido a decir su apellido.
-Sí, está bien tengo algo de tiempo al mediodía, donde le parece que nos encontremos.
Compré una cajetilla nueva de Lucky Strike que es la única marca que en realidad disfruto y llegué a la cita con media hora de adelanto. Lo hice para inspeccionar el lugar antes de su llegada aunque no tenía sentido ya que yo había elegido el sitio del encuentro.
En realidad no tenía otro sitio donde ir, después de colgar el teléfono pasé por el mercado artesanal y me hice con uno de esos sombreros Panamá Hat que tanto gustan a los turistas, me lo clavé a la cabeza y así entré al café Miró, el sombrero sería la clave para que mi clienta fuera directo a mi mesa.
El café Miró tiene ese nombre en honor a un pintor español, las mesas son toscas y el ambiente espeso a causa del humo y la falta de iluminación. Lo elegí porque es de los pocos lugares que permiten fumar a toda hora y está libre de los controles de salud gracias al “cargo extra” del que antes les hablaba. Pedí un americano bien negro, mi cajetilla estaba a la mitad cuando una mulata entró al café, a los dos pasos inspeccionó el salón principal, una vez que sus ojos se acostumbraron a la falta de luz caminó en dirección a mi mesa.
No esperó a que me levantara ni a que le ofreciera el asiento, simplemente puso el culo grande y hermoso en una silla frente a mí. Mi mente de detective empezó a deducir cosas sin ton ni son. Por su aspecto podía decir que se trataba de una chica de clase media venida de la costa, no más de 30 aunque con las mulatas no se sabe, te puedes encamar con una mujer adulta para descubrir al día siguiente que no tiene más de quince. Buena figura natural, nada de maquillajes ni aditamento, hermosa cabellera negra como mi café y unos ojos verdes grandes e imposibles.
No pude descubrir si eran de contacto con tan poca luz, además el vestido ligero y su grato corte a la altura del pecho ponían el instinto a elucubrar sobre el tamaño y color exacto de los pezones más que del iris de los ojos.
Me saqué el sombrero y lo puse sobre la mesa.
-¿Usted es el detective?, preguntó como si dudara.
-Mi nombre es Homero Jones, ¿con quién tengo el gusto?
-Sonia Rodríguez, pronunció en voz baja y me extendió la mano de forma un tanto cursi.
Sus enormes dedos aprisionaron mi mano con fuerza y se soltaron rápidamente. Entonces no se llama Marta, apuntemos la primera mentira, pensé.
-Usted dirá.
-Necesito protección.
-Habla usted de contratarme como guardaespaldas.
-Algo así.
-¿Alguien quiere hacerle daño?
-He recibido amenazas, verá usted soy reportera del periódico “El Extra” y desde hace unos días me enviaron estos mensajes a mi casa.
Me extendió un sobre arrugado del que extraje tres hojas de papel arrancadas de una libreta de apuntes, todos los mensajes estaban escritos con recortes de periódicos y pegados con poca prolijidad. El primer mensaje decía: DEJA DE JODER O TE VAMOS A QUEBRAR.
-Escueto pero contundente. ¿Es el primero que recibió?
Movió la cabeza afirmativamente, el siguiente rezaba: DEJA TUS JUEGOS O VAS A MORIR.
El último mensaje era similar.
-¿Ya habló con la policía?
-No tengo buenas relaciones con la policía.
-Entiendo, pensé que al ser periodista tendría problemas en destapar escándalos de corrupción y por eso a la policía le importaba poco acudir en su ayuda.
-Un asunto gordo, ¿tiene usted idea de quién puede estar tras esto?
-No se me ocurre nadie, por primera vez sus ojos de esmeralda miraron a otra parte. Mi instinto de detective improvisado me aseguraba que mentía de nuevo, pero la mulata estaba muy buena y que rayos sabía yo de investigaciones después de todo, aunque cualquiera que me viera diría que lo estaba haciendo de maravilla hasta entonces.
-Mi tarifa es muy alta- comenté para sacarle el cuerpo a una situación que podía ponerse peluda, las amenazas de muerte a periodistas siempre se hacen efectivas y nadie puede hacer nada contra eso.
-Sí, lo suponía, pero yo tengo un lote de joyas de oro, valen 9 o diez mil dólares, si me saca de este lío son suyas. Aquí le traje un adelanto.
De uno de sus dedos extrajo un grueso anillo con tremenda roca incluida. La guardé en el bolsillo de la camisa y le expliqué la situación:
-Puedo protegerla durante el día al salir de su casa y acompañarla a sus labores diarias, pero a las nueve de la noche debe estar encerrada en su casa y quedarse allí hasta que amanezca, yo le enviaré alguien para que vigile afuera de su casa por las noches.
-Gracias Sr Jones, me estrechó la mano con cuidado y salió meneando su hermoso culo fuera del café.
Para ser un cadáver ambulante estaba bastante buena.
Lo primero que hice fue pasar por el local de Aniceto, el viejo que transa con todo tipo de joyas y relojes, no sería la primera vez. De vez en cuando me hago con alguna cadena de oro de algún cliente demasiado ebrio, por eso barro cada noche antes de salir y reviso los rincones oscuros con mi linterna. Aniceto comprobó la calidad del oro y pesó la joya, luego entró al fondo de su local y salió con un agradable fajo de billetes, lo conté con calma y miré al viejo, era claro que me estaría estafando, le lancé el fajo en la cara y le amenacé con el puño, el viejo me juró que no valía más que eso pero de todas formas me aumentó un par de billetes. Salí del local del viejo dando un portazo, era la típica función que debía montar con ese tipo. Guardé el fajo de billetes en mi bolsillo trasero del pantalón que es el único que se cierra con botón, aún tenía tiempo de ir al hotel y guardarlo en mi escondite secreto, pero antes quería pensar en mis próximos pasos, así que me instalé en una de las mesas que dan a la calle del Manolo’s, un almorzadero de la avenida Amazonas que se llena de turistas, gringueras y uno que otro jubilado.
Pedí una cerveza bien helada y la empujé con un platón de papas fritas y queso rallado derretido encima. Nada como un almuerzo grasoso para empujar unas buenas chelas.
Por un lado tenía mi recién estrenada doble vida de detective privado, la verdad es que había resultado bastante bien, era la primera vez en mi vida que intentaba algo distinto a preparar cocteles detrás de una barra y me había salido bien, de hecho la recompensa económica era mejor que un año de trabajo honrado. Además la cliente estaba demasiado buena y si me la liaba ya era ganancia, si había tenido que acudir a un completo extraño para tener algo de apoyo es porque estaba sola en el mundo, no existía un señor Rodríguez que la protegiera de los malvados.
Por otro lado estaba el hecho de que yo no tenía ni idea de cómo debía proceder un detective de verdad, pese a todo había obtenido un buen trato: un lote de joyas por mantener con vida a ese pedazo de bombón. No era necesario encontrar a los culpables ni liquidaros, solo mantenerla con vida, lo que me llevó a mi primera gran conclusión.
Cuando alguien te quiere matar lo primero es averiguar de quien se trata, la curiosidad supera al instinto conservación en las mujeres. Pero ella no se mostró interesada en averiguarlo, significa que esa duda ya la tiene despejada.
Y lo que no deja de ser muy extraño, ¿por qué solo necesita que le protejan durante unos días?, máximo un mes fue lo que dijo. Seguro que tenía idea de quien le tenía amenazada, alguna situación que ella podría resolver en unos días y entonces dejarían de molestarle, ya eran demasiadas preguntas sin contestar.
Mientras llegaba a mi primera conclusión Pepe se cruzó por la calle, lo llamé y le invité a almorzar, si quería continuar con el asunto necesitaría algo de ayuda. Claro que también estaba la opción de disfrutar ese fajo de billetes y hacerme el loco con el caso, después de todo sería imposible mantenerla con vida, si alguien la quería fría lo conseguirá de un momento a otro.
Todo estaba en apagar el celular y vendérselo a Pepe para que Sonia Rodríguez me perdiera el rastro, yo seguiría con mi vida y todos tan tranquilos. El muchacho aprovechó su plato de papas fritas en menos de un minuto y luego de mucho pensar tomé la decisión de mi vida.
-Oye Pepe, ¿puedes conseguirme un arma?
Juntos fuimos hasta un garito de mala muerte donde un grupo de borrachos empezaban con el juego clandestino desde temprano, el jefe del lugar habló algo con Pepe y me dirigió una mirada recelosa, luego nos dejaron entrar a una habitación por una puerta oculta detrás de la barra, era la oficina del jefe del garito, nos invitó a sentar y sacó un cajón de madera con cinco armas diferentes.
-Son de jugadores que las dejan como pago por apuestas perdidas, le advierto que no están limpias, lo más seguro es que sean el arma homicida de algún crimen, así que no respondo.
Luego de transar el precio me tuve que conformar con una Smith and Wesson calibre 29, de cañón largo, efectiva pero voluminosa, por el pago en efectivo me incluyó una caja de balas, cerramos el trato y salimos de allí.
-¿Tienes problemas Sr. Jones?- la preocupación parecía sincera en aquel chiquillo que podríamos decir era mi único amigo en el mundo.
No le di ningún detalle pero por un billete mediano le contraté para que vigilara en el departamento de mi clienta durante esa noche y las que hicieran falta. De lejitos y sin meterse, fue la condición de Pepe.
Llegué al bar poco antes de las nueve pero no alcancé a volver al hotel, metí con cuidado el revólver en el casillero, envolverlo en una toalla de mano no ayudó mucho a disimular su tamaño, según el que me lo vendió es la pistola de Harry el Sucio, el personaje de cine.
Quizá solo era para que terminara de decidirme pero la idea de parecerme a un duro del cine me sedujo. Desde que era un niño la gente viene comparándome con algún actor de cine, es porque soy rubio, alto y delgaducho como los gringos de las películas.
Eso y el apellido Jones son las cosas que le debo a mi padre, que a principios de los setenta llegó a este país como emisario de Dios, era de la Iglesia de Los Santos de los Últimos Días y conoció a mi madre en una de sus campañas de fe. El problema es que al enterarse del embarazo, decidió pedir un traslado y desapareció tal como vino. Al menos en el registro civil consintieron en darme su apellido, cosas del tercermundismo.
Me peiné con cuidado frente al espejo practicando mi mirada de hombre malo pero lo dejé cuando el resto de compañeros de trabajo empezó a llegar al turno, como el gerente llega más tarde salimos a fumar a la terraza, era una especie de ritual, los de la barra salimos a la terraza a fumar y a tirarnos pedos antes de encerrarnos detrás de la barra, los meseros se meten a la barra a tomar algo. Trabajar toda la noche preparando tragos mientras a medio metro está la fiesta de la vida puede resultar claustrofóbico. Recuerdo a Martin, que se volvió loco porque no soportó la presión desde que nos quitaron medio metro de espacio para trabajar y así meter más clientes, estar allí de pie te desespera. Martín no lo aguantaba y una buena noche saltó la barra de un brinco y corrió mas allá de la terraza, increíble que un tipo tan delgaducho y bajito tuviera tanta agilidad, yo lo vi antes que la ambulancia lo cubriera con una sábana en espera de la policía, parecía un huevo que se cae de la cubeta cuando abres muy fuerte la puerta del refrigerador.
El local cerró un par de días para investigaciones y a todos nos llevaron a declarar a la fiscalía, el dictamen fue muerte por stress laboral, nos dieron entradas gratis para el cine y a la semana siguiente de vuelta todos al trabajo.
En el funeral nos enteramos que Martín tenía esposa y dos hijas, como nunca hablaba con nadie como podíamos saber.
Entonces llegó Samuel a reemplazarle, un tipo que al principio (durante un par de días) se mostró muy serio y varonil con su bigote de extra mexicano en película de vaqueros. Pero que con el pasar del tiempo se muestra cada vez mas afeminado, se supone que lo hace en son de broma, pero ya voy descubriendo que no es más que un gay reprimido a punto de explotar, solo espero que no decida lanzarse también por la terraza.
-En la peluquería de la esquina está el más gay de los gays. Además tiene un aire a ¡Paris Hilton!, es divertido y tonto.
-Y no puedes dejar de mirarle, completé yo con ironía al verle con la vista perdida.
-No mi amigo, repuso el muy serio. ¡Esas son cosas de maricones! Y yo soy bien machito. Y se marchó agarrándome un glúteo.
Este Samuel y sus bromas estúpidas conseguirán que un día le vacíe el arma en los sesos. Me pregunto qué cara pondría si le amenazo con la S&W calibre 29, hay que ver que es una pistola enorme y está buena para asustar.
Antes de que el portero se dispusiera a abrir el local a las diez como cada noche me puse a cortar limones frescos y cocinar el almíbar para tenerlo a punto.
Lo bueno de pertenecer a la cadena “Mágnum” de bares es que ya no tienes que preparar los jugos tu mismo, todo eso viene enlatado desde USA, increíble que un país que exporta la fruta tenga que importar los jugos. Normas de la compañía, se supone que un Blody Mary preparado en un bar Magnum sabe igual ya sea que estés en la China o en New York, incluso un experto viajó desde Los Ángeles a darnos un curso.
La noche caminó tranquila, solo unos grupos ocasionales de turistas que vienen por el convenio con las operadoras de turismo y uno que otro particular de la calle, lo extraño es que no estuvieron las típicas gringueras, las chicas de la calle un poco más sofisticadas que solo se dedican a chupar dólares a viejos turistas gringos, la verdad es que abundan en los locales con mesas que dan a la calle y durante el día, no me explico que los viejos no se enteren de lo patéticos que se les ve con unas putitas que bien podrían ser sus nietas.
Sé de fuente confiable que las chicas ganan buen dinero con ello, un par de veces me confundieron con turista y me dejé querer un rato. Claro, el negocio solo les funciona durante la temporada de vacaciones en el norte del mundo, que es cuando los vejetes deciden viajar al sur a chuparle la juventud a estas niñas, todos los pecados que en sus países jamás cometerían los vienen a ejecutar aquí por pocos dólares.
Los turistas sí que me fastidian, por eso he llegado a dominar la técnica de escupir en sus bebidas con la rapidez y discreción con que hace trampa un croupier de casino.
Y que me digan a mí que un coctel sabe igual en este bar que en cualquier otro.








