Atisbo

Aisou  - HISTORY - 883 words

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Atisbo ©

Caminaba bajo las humedecidas y oscuras calles de mi barrio, con mi siniestra cobijada por el interior de mi bolsillo en el jean, mientras que la diestra demostraba la razón de su nombre al llevar por momentos exactos un ya algo fumado cigarrillo. El agua escurría por mi pelo, despojándolo del gel que tan meticulosamente había aplicado en el en la mañana. Dichas gotas un tanto más espesas ahora corrían por los surcos de mi rostro, acariciándome fría y constantemente.

La lluvia no era problema, llevaba años practicando el fumar sin exponer la seguridad de mi verdugo, cuyo humo nublaba mi vista durante los segundos posteriores que lo expulsara con tristeza de mi cuerpo. De manera impredecible, casi etérea fue ascendiendo en el aire, viéndose diluido por las gélidas gotas de lluvia que caían como pequeñas lanzas sobre la ciudad.

Mi mente se preocupaba de mi entorno, sí, mis oscuros jeans azules me hacían recordar el frío que calaba esa noche; era increíble ver cómo el agua se expandía a gran velocidad por mis largas piernas a medida que avanzaba. El caminar con la cabeza gacha, con los ojos fijos en la punta de mis zapatillas me ayudaba a discernir en aquellos momentos que la titilante iluminación pública me concediera un fulgor anaranjado de claridad lo mucho que se había expandido aquella humedad sobre mí. Al comienzo creía que no llegaría lejos, sin más ni más se secará después… pero al parecer éste líquido no se evapora, no sigue las leyes de la química. Al contrario, contra toda lógica se expande, abarcando cada vez más lugares donde mi mirar rehuía su presencia.

“Es imposible escapar.” Me dije a mí mismo. Algo dentro de mí me informaba que ya nunca me iba a secar, que aquello que sentía helar mi piel no era simple lluvia, sino aquellos sentimientos que aquella noche el cielo en mí quería limpiar.
Sin pensarlo redoblé el paso, alcé la vista para cruzar la desolada esquina; la verdad lo hice por instinto, ya que la verdad no me hubiese importado que una fulminante saeta dorada o blanca me hubiera sacado de aquel extraño y desagradable trance en el que me encontraba. Para mi mala fortuna ni siquiera se sentían los perros aullar aquella noche. Sin otra opción me dispuse a seguir mi camino a casa, con aquel cigarrillo consumiéndose cada vez más. La angustia me consumió cuando vi que llevaba más de la mitad y que no alcanzaría a llegar a mi hogar antes de que no me quedara más que el filtro. Quise ir más rápido aún, pero para ello tendría que haber sacado a mi siniestra de su refugio y no tenía ganas de ganar más puntos negativos de temperatura para mi cuerpo.

Simplemente me resigné. Tan sólo me restaba ver cómo aquel cilindro tan adictivo y placentero se seguía consumiendo con cada inspiración que abultaba mi pecho. Destinado a morir estaba desde el momento que lo incluí en mi día. ¿Qué saco con apagarlo y prolongar más su utilidad? Tal vez sea hora de que me entregue todo lo que tenga y despedirme de él de una vez… pero resulta difícil el siquiera concebir un momento sin la satisfacción que me entrega el llevar aquel humo a mis pulmones, tanto así que en un segundo cambio de opinión y me decido a apagarle, pero en el siguiente me arrepiento y mi muñeca activa un contragiro y el cigarro vuelve a quedar protegido por la palma de mi mano, emanando aquel delicioso tizne que se escurre por entre mis dedos.

No entendía por qué actuaba de tal manera. Era como si el hecho de apagar o consumir aquel ejemplar de tabaco fuera una gran decisión en mi vida, algo que en cierta manera me fuera a influir en el modo en que iba a ver el mundo el día de mañana. Clavé los pies en seco, algo necesitaba dilucidar y para ello requería de mi entera concentración y no podía permitirme el caminar. Aquello que pensaba, eso que debatía en mi mente, no era lo que realmente quería solucionar. Era lo que unos mencionan como “metáfora”, algo que se usa para representar trasfondos. “Cosas que pasan… cosas que no pasan. Simplemente un atisbo de la realidad.” Pensé como si hubiera descubierto algo que a nadie le interesara de saber.

La lluvia rugió con un gélido abrazo que me hizo estremecer. Mirando fijamente la ardiente punta de ceniza humeante el pánico se apoderó de mí. Era tan frágil, tan expuesta. Cualquiera de aquel millar de precipitaciones podía darle un fin inesperado a mi debate mental (¿o sentimental?). Preocupado por ello lo escondí entre ambos grupos de dedos y con mi rostro le hice una cubierta de manera tal que lo que quedaba de cigarro ardiera sin preocupaciones. La angustia del sólo imaginar que aquello se tenía que acabar me conmocionó y ya no pude contenerme.

Un suave chasquido acabó con mi dilema. El cigarro sucumbió ante la expansión de una pequeña gota. Aquella noche algo en mí se descolocó, algo que aún no he podido dilucidar. Nunca supe si aquel cigarrillo se apagó por la lluvia o por una lágrima de dolor del ver el fin de aquella amistad.

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Dedicado a mi mejor amigo.
El miedo de que tu nuevo amor desplace nuestra amistad me aterra.

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