Amor post mórtem
Gideon Kramer - FANTASY - 1026 words
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Summary
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Se pasaba las noches buscando videos porno en donde la chica se pareciera a su novia muerta. Recorría páginas de internet al estilo Youtube y descartaba las antiguas, donde sólo podía ver fotos. Películas también, pero para ello, debía pagar; y Pablo no tenía tarjetas de crédito ni una obsesión peculiar, como la de todos los hombres. Él no quería simple pornografía barata; la quería a ella.
-El sexo es algo hermoso -decía-, pero si se practica con la mujer que amás.
-Para mí -le respondía su hermano-, es hermoso y nunca amé a ninguna.
-Es por eso que nunca vas a hacer algo como esto-. Y le enseñaba un video donde la pareja practicaba una posición indescriptible: las piernas del hombre suspendidas en el aire y las caderas de la mujer sobre una pelota de Pilates-. ¿Te apuesto a que nunca te moviste de la posición del misionero?
Y ahí acababa la conversación. El silencio de su hermano respondía la pregunta.
Pablo no pretendía placer de diez segundos en internet, sino algo de estimulación mental; buscaba aflorar recuerdos que lo hicieran sentir vivo. Imágenes que le mostraran a la mujer que alguna vez había amado y la pasión que había ardido entre ellos. No era un degenerado y nunca lo habían llamado de ese modo; se consideraba a sí mismo un alma solitaria que subsistía gracias al poder de los momentos. Momentos pasados, para su desgracia.
Una noche, su hermano lo arrastró hasta el aeropuerto y lo mandó de vacaciones.
-Si te vas de acá, podrás olvidarla -le dijo.
-Ningún amor muere -respondió Pablo, antes de subir al avión, con nada más que una mochila como equipaje-, solamente cambia de lugar en la memoria. No importa si me mandás a Brasil o a Timbuktu; ella siempre va a estar ahí.
-Ya lo sé, por eso te tengo una sorpresa.
Al arribar al hotel, Pablo vio como una mujer de cabello rojizo y piel grisácea esperaba de pie junto a una fuente de agua. Sus ojos eran pardos y su piel lechosa como el semen. Tenía pequeñas mariposas verdes tatuadas en los pechos -expuestas al sol por la ausencia del bikini- que hacían que Pablo se relamiera los labios. Sin embargo, no fue eso lo que lo excitó a sobremanera, sino el collar con tachas rojas que decoraba su delicado cuello color cadáver.
-No puedo creerlo -se susurró a sí mismo-, su parecido es increíble.
En efecto, la mujer se parecía de pies a cabeza a la chica que alguna vez tuvo entre brazos. Quiso arrimarse y comenzar una conversación, pero un hombre tonificado, en pantalones cortos, la tomó por la correa que pendía de su nuca y la arrastró hacia unos arbustos.
-¡Corten! -gritó de repente un gringo gordo sentado tras un equipo de cámaras-. Suficiente por hoy.
Pablo entró al hotel y el botones lo arrimó a su cuarto.
Ya sobre la cama de dos plazas, el joven sacó su computadora portátil y puso a reproducir uno de los videos que tenía almacenados en la lista de favoritos: la mujer pendía del techo, amarrada de las extremidades por cadenas brillantes y plateadas, mientras un hombre lleno de tatuajes la tocaba sutilmente con una mano enguantada. Pablo se vio a sí mismo en la escena, recorriendo las curvas y la piel pálida de su amada. Nunca habían llegado a experimentar el sadomasoquismo -ella murió de un infarto la noche en que la idea surgió-, sin embargo, Pablo presentía que esa noche algo iba a suceder. Sabía que la mujer con el cuerpo de su novia descansaba en alguna de las habitaciones junto a él, y sabía que iría por ella. Su anatomía era asombrosamente similar, lo cual resultó perfecto para lo que él tenía planeado desde hacía tiempo.
Al fin había encontrado a la actriz porno que había estado buscando durante aquellas interminables noches de insomnio.
-Gracias -le dijo a su hermano, que lo veía desde el otro extremo del planeta, gracias a una webcam-, vaya sorpresa. ¿Cómo la encontraste?
-Eso es lo de menos. Te estabas volviendo loco desde que Melisa murió; no podía dejar que eso te pasara. Te quiero demasiado y me enferma verte mal. Ahora, dejá de perder el tiempo conmigo y empezá con el ritual que solamente puede llevarse a cabo durante la noche del primer avistamiento.
-Sí, tenés razón. Gracias de nuevo.
No fue difícil detectar la habitación de la actriz; los guardaespaldas estaban dormidos de pie junto a la puerta, con la cabeza arrecostada a la pared. Pablo caminó en puntitas de pies y se adentró en el dormitorio.
-Te deseo y quiero que seas mía -le dijo a la mujer que reposaba desnuda sobre una cama del tamaño de un Ford Fairlane.
-Ven a mí, entonces -respondió ella.
Pablo se arrojó sobre la joven y le clavó un sorbete hecho de madera en la base del cráneo. Mientras la actriz intentaba quitarse a su agresor de encima, éste recitó una especie de cántico en una lengua desconocida. De pronto, la mujer dejó de mostrar resistencia. Un humo violáceo comenzó a manar de la punta del cilindro y luego se desvaneció en el aire, formando el bosquejo de una sonrisa forzada. Pablo sacó de su bolsillo una foto de Melisa y la hizo añicos, prendió fuego los pedazos con un encendedor y se los metió a la boca. Soportó el ardor de los recuerdos por un instante, para que el hechizo se cubriera con su sacrificio, y acto seguido hizo una bola de cenizas con su saliva. Posó sus labios en el sorbete y vertió los restos sacramentados dentro del cuerpo de la actriz.
El chico se hizo a un lado y dejó que la suerte hiciera su trabajo.
La mujer se sacudió sobre las sábanas y sus ojos cambiaron de color. Lo único que cambió en ella. Lo demás no lo necesitaba.
-¿Melisa? -arriesgó Pablo, tembloroso, con mil llagas ardiéndole en la boca.
El cuerpo de la chica se retrepó con brusquedad en el cabezal de la litera y giró el rostro hacia el joven.
-Sí, mi amor -esbozó ella, tan dulce como la primera vez que los oídos de su novio lo habían oído-, soy yo.
Y así, mudo por el dolor, Pablo se quitó la ropa y se metió entre las cobijas.
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