En el río
BrenY - CLASSIC FICTION - 801 words
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Summary
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Como todos los domingos, Castillo sale temprano por la mañana con su bolsa para el pan del medio día. Camina unas cuantas cuadras hasta la panadería, mientras se asoma negocio tras negocio saludando a los comerciantes. Al llegar a su casa, prepara unos corpulentos sándwiches de panceta que guarda cuidadosamente en una cajita de lata. Luego, se mete en la precaria habitación ubicada en el fondo del patio trasero donde almacena desde hace años: tornillos, tuercas, alambres, harapos; hasta el más inútil de los clavos tiene un espacio sucio y grasoso en este cuarto. Saca sin dificultad, una vieja caña de pescar, una lata donde guarda los anzuelos y otra donde llevará la carnada. Nunca olvida el gorro de un gastado color azul marino y unas botas de goma rajadas por el sol y el tiempo. De rodillas en la húmeda tierra escarba y extrae las lombrices necesarias para seducir a los peces. Llena una botella con agua fresca y luego camina pacientemente hasta el manso riachuelo colmado de sauces.
Tiempo atrás, cada domingo se encontraba junto al riachuelo con Garcés, otro fanático pescador. A menudo pasaban juntos medio día con las cañas en las manos y los pies sobre la corriente. En ocasiones, cuando el sol de las diez calentaba sus espaldas, mientras los sauces lloraban incansablemente sobre el agua, Castillo le comentaba a su compañero: <¡Lindo día ¿no?!>, <No podría estar mejor>; eso les bastaba para comprenderse y estimarse.
Ahora, pesca solo. Llega al sitio acostumbrado con el sol quemándole la nuca y se sienta sobre la roca de siempre. Junto a Garcés habían elegido este lugar, porque como la roca desvía la corriente amansando el agua, logra formar un pequeño estanque, donde pueden flotar con calma bollitos de miga que se dejan amasar entre dedos agrietados.
Castillo tiene la heredada filosofía de que debe alimentar y criar a los peces para que nunca escaseen. Antes de comenzar a pescar les arroja pan y algunas lombrices; de este modo siente que cumple con un ciclo.
A medida que las horas avanzan, despierta en el aire algo de soledad. La pesca exige paciencia, cosa que a Castillo, de alma apacible y casera, le sobra, pero sintiéndose tan olvidado como el mismo riachuelo, añora la compañía de Garcés.
Mientras tanto, en el pueblo el olor que sale de los asadores ronda por las calles despobladas. Una pelota rueda por la vereda y un pequeño junto a su perro corren para atraparla. No muy lejos, a Tomás lo despiertan a sacudones las manos gruesas de su abuela. ¡Levantáte! y le planta la caña al lado de la cama. ¡Ojalá Garcés te hubiese enseñado a pescar! La determinación de la abuela es inmutable, así que agarra calle. Al encontrarse con el Colo desaparecen entre las vías del tren. Se pierden a lo lejos entre el pastizal tieso y los carriles dilatados. Al costado de la estación ingresan en una casilla desvencijada. Bajo cientos de lunares de luz que atraviesan las láminas, Tomás enciende fuego en uno de los extremos de una pipa casera; el humo se eleva y estanca. Frente al palpitar de la llama comprime la mandíbula y absorbe. El Colo espera su turno en el umbral de la puerta. Las horas pasan. Afuera todo permanece inalterable; adentro viven euforia, angustia, inseguridad, miedo. La sustancia degrada cada parte de sus cuerpos. Aterrados se refugian en un rincón. Los labios arden y el corazón golpea. Con ojos enormes escuchan el caer de las hojas como balas, el crujir del pastizal les parecen pisadas. El viento zumba, gira y roza las láminas. Cuando una paloma levanta vuelo, ellos corren, huyen, alucinan, escapan.
Apoyado en la piedra, Castillo guarda los anzuelos, enrolla el sedal, introduce la clavija y asegura el carrete. A unos metros, Tomás y el Colo se desploman agotados a los pies de un sauce. Ven al viejo de espaldas refrescándose la cara. Tomás elige una piedra, la más grande y la guarda en su bolsillo. Parados detrás del anciano le exigen dinero. Él los mira desconcertado. No tengo nada muchachos. El golpeteo de algunos peces dentro del balde lo distrae. Tomás saca la piedra y lo amenaza. ¿Qué te voy a dar?, contesta formando anillos en el agua con el vaivén de sus botas. El Colo lo empuja. No tengo nada. Resignado toma el balde con peces y le devuelve al río lo que es suyo. No tengo nada, insiste, pero recibe un golpe que lo deja inconsciente y cae al agua. Los jóvenes lo ven hundirse y volver a flote. Deciden huir.
En el borde de la piedra se ve la caña abandonada. Los sauces lloran. El río enmudece y aminora su marcha. En el agua el cuerpo de Castillo descansa, ella lo cuida y abraza. Al final del día la tarde cae en silencio, solitaria.
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