El Increíble
eccelobo - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 866 words
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Yo tenía unos 8 años. El Increíble vivía en la única habitación situada en la terraza del Hotel Corrientes. Se sentaba en la puerta a ver pasar las vecinas que subían a colgar la ropa, las parejitas de adolescentes que iban a esconderse de la celosa mirada paterna, y los chicos que subían en busca de aventuras y de ratas.
Yo subía con mi amigo Orlando (de quien supe con los años que fue atrapado in fraganti robando en un supermercado, justo enfrente de la comisaría 2ª.), con C’nen (un refugiado laosiano que me enseñó todos los trucos para ganar a las Damas), Montiel (otro laosiano de cuyo nombre desconfié siempre, ya que me parecía que su padre argentinizó su verdadero nombre. Quién sabe si se llamaba M’teh, o algo así. Siempre me decía que su viejo lo iba a llevar a vivir a Sanviciente), y Sergio (con quien siempre nos peleábamos a la tarde y nos amigábamos a la noche). Y tantos otros que olvidé. Mi memoria es un queso Gruyere.
El Increíble nos mandaba a comprar cigarrillos y nos dejaba comprar caramelos con el vuelto. Era un tipo muy querible. Alto, macizo y con el pelo largo. Le pusimos ese apodo por su parecido con El Increíble Hulk. Y también por su forma de hablar, gutural, totalmente inentendible. Ahora pienso tontamente en un cierto parecido a Gene Simmons.
Fumaba tabaco y porro como condenado. Siempre tenía un cigarrillo en la mano, siempre estaba rodeado por un aura de humo que nos lo hacía parecer sagrado. Así, sentado como un monje profano, nos hablaba a los que nos sentábamos en ronda ante él. Nos contaba historias, o al menos eso parecía. Nos reíamos si él se reía, nos poníamos serios si se oscurecía su mirada al relatar, pero no entendíamos un carajo. Era El Increíble y eso era suficiente para nosotros.
Nuestros viejos no querían que subiéramos a visitarlo. Era un drogón, un loco de la guerra, nos decían. Así nos enteramos que estuvo en Malvinas.
Pero igual nos escapábamos apenas podíamos para sentarnos en el piso y ver sus ojos tristes, su sonrisa cansina. Algunos le pedían que les convide un pucho, pero sus gruñidos nos hacían entender que era imposible. Y ni hablar si alguno se robaba algún cigarrillo del paquete al ir a comprar. Tenía una idea de niñez demasiado pura para esos tiempos. Y es que él mismo era un nene grande, jugando al papá.
Muchas noches, me despertaba un sonido del patio. Un dragón gigante se paseaba con pasos pesados, retumbaban las paredes con el golpe de sus puños, y todo era acompañado rítmicamente por el hondo respirar de ese animal salvaje que tal vez carreteara para levantar vuelo sin lograrlo. Sonaba como un fuelle que agitara el fuego del infierno, como el lobo tratando de derribar las paredes de los chanchitos. Los chanchitos éramos todos los habitantes del hotel, y con su respirar nos advertía que no saliéramos, que algo andaba mal en el país del Nunca Jamás. Recorría arriba y abajo el hotel, para que nadie dejara de estar enterado que el infierno ardía como nunca.
Yo me acurrucaba en mi cama y me tapaba pensando que en cualquier momento el monstruo, que de tanto en tanto cruzaba su sombra por mi puerta, iba a entrar haciendo estallar los vidrios. Una noche, tuve el coraje de levantarme de mi cama y acercarme a la de mis viejos. Ante mi pregunta me dijeron que estaba todo bien, que era inofensivo. El Increíble era un drogón y sufría la abstinencia por las noches.
Me acerqué a los vidrios de la puerta y, descorriendo apenas la cortina, esperé para verlo pasar. Esperaba ver su sonrisa y un guiño en sus ojos diciendo: No digas nada, pero estoy jugando al monstruo. Y entonces saldría, lo abrazaría y yo también iría caminando por las baldosas respirando fuerte y golpeando las paredes. Les diría a mis amigos que hicieran lo mismo y seríamos una legión de dragones asustando a los grandes, como cuando había cortes de luz y salíamos gritando y ululando desaforadamente para exorcizar los fantasmas.
Pero cuando cruzó rápido por mi puerta, me quedé congelado al ver que El Increíble tenía los ojos llenos de lágrimas, y su sonrisa era un rictus tenso que parecía a punto de romper los dientes. El Increíble se había transformado. Algo lo habrá hecho enojar, pensé. Regresé corriendo a acostarme y no me preocupé en las siguientes noches. Yo sabía que después de todo, era un justiciero.
A veces me descubro recorriendo las calles vacías, de noche. Caminando solo y con grandes pasos. Entonces, me acuerdo de él y sonrío. Y empiezo a respirar fuerte. Pero dejo de hacerlo ante la mirada ajena. Me hago el gil y me río de mí mismo, prendiendo un pucho. No hay razón para llorar. El infierno ya pasó, o eso creo. Ya no hay nadie que lo agite como lo hacía El Increíble.
El Increíble montó su dragón y por fin levantó vuelo. No le habrá sido fácil. Una mañana, mientras caminaba hacia la escuela, vi una mancha de sangre en la vereda. Me dijeron que se había tirado de cabeza la noche anterior. Me cagué de risa. Pobres chanchitos.

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