El samurai de otro país.-
Purvesh San Martin - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 9259 words
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Summary
Un hombre de negocios moderno que pertenece a una tradicional familia samurai vive perturbado por la visita de una vecina de su casa de campo. Ella es una exitosa pintora que vive en París y sufre una decepción de amor misteriosa.
La trama se desarroll
EL SAMURAI DE OTRO PAIS
La lluvia de otoño le daba un matiz melancólico a aquella mañana, la gente corría apresurada buscando reparo del viento que hacía sentir las gotas frías en la cara. La calle quedó desierta a excepción de un hombre que caminaba desafiante bajo la lluvia, disfrutando de una actividad horrorosa para muchos japoneses: mojarse.
El aguacero se intensificó. Matsuo Haramatta se detuvo frente a un edificio de oficinas y vio su rostro reflejado en el vidrio mojado, se quedó por un momento observando esa cara sin edad, el cabello cortado a la moda, los ojos negros y rasgados que lo miraban desde un lugar que no se comprendía.
La lluvia caía tan fina que se volaba con el viento y algunos periódicos. Su cara reflejada en el vidrio mojado seguía pegada a su recuerdo, caminó unas cuadras más y decidió regresar a la oficina. Se dirigió al distrito financiero, justo cuando paraba de llover, Matsuo entró en una de las torres más altas de Tokyo.
En el piso cuarenta, el ascensorista abrió la puerta, hizo una reverencia baja y se quedó en esa posición esperando la salida del presidente de industrias Itzamuo, uno de los conglomerados más poderosos del país. Matsuo entró en su impresionante despacho y se dirigió al departamento privado. Era una suite, adyacente a su oficina, que utilizaba para descansar cuando se le hacía tarde. Tomó una ducha caliente y se puso un traje italiano.
Cuando se sentó en su escritorio lo invadió una sensación de tristeza. Hubiera querido más de la tormenta, más intensidad, más violencia, como si quisiera utilizar toda la fuerza del temporal para borrar ese dolor innato que sentía desde que tenía memoria.
En su despacho, Matsuo atendió algunas llamadas y se reunió con un grupo de arquitectos para analizar la construcción de un complejo de oficinas en Singapur, pero su mente vagaba, no podía concentrarse, un acontecimiento desconocido perturbaba sus rincones más íntimos.
Matsuo Haramatta tenía el noble semblante de un samurai, era alto, con una figura esbelta y poseía una mirada inteligente y penetrante, había heredado los negocios y propiedades de la próspera familia Haramatta. Una familia samurai que tenía sus orígenes en el 1600. Sus padres habían fallecido juntos en un accidente aéreo hacía cinco años y siendo el único heredero, Matsuo se había hecho cargo de la conducción de los negocios familiares.
Pasadas las ocho sonó el intercomunicador.
- Sr.Haramatta, lo esperan en el helipad, dijo Michiro, su secretaria.
En el piso 45, un asistente con un enorme paraguas, acompañó a Matsuo hasta la puerta del Sikorsky negro que esperaba con los rotores en marcha.
El helicóptero sobrevoló la ciudad encendida de neón. Matsuo disfrutaba volar y lo hacía tan a menudo como podía, se sentía libre de la fuerza de gravedad que lo tenía atrapado. Tan sólo doce minutos tardaron en llegar al elegante penthouse en la Avenida Ichimara. El aparato negro descendió en el pequeño helipuerto del club de vuelo tan suavemente, que Matsuo pensó que todavía estaban en el aire.
Apenas se abrió la puerta, la figura de Hiro, su mayordomo, apareció con un paraguas abierto, hizo una reverencia rápida y lo acompañó al jaguar negro que esperaba con las luces encendidas.
De arquitectura moderna y decoración tradicional, el penthouse tenía un aire austero y espartano, desde el piso 16 se veían las luces de la ciudad, extenderse hasta el horizonte.
Matsuo fue a su cuarto y se cambió. Bajó con un kimono negro y colocó un compact en el equipo. El concierto para violín de Mozart inundó de sonido el amplio living.
Matsuo se sentó en el piso, sobre unos almohadones blancos frente a la mesa baja de caoba, observando el maravilloso jardín iluminado, su espalda estaba tan derecha y era tal su inmovilidad que daba la sensación de que el espacioso salón estaba vacío; su presencia era más una ausencia.
Se sentía extraño, su impecable disciplina le indicaba que algo no estaba bien, sus sentidos percibían algo inminente, pero aún no podía decifrarlo y esto lo perturbaba.
Siendo integrante de un selecto grupo de familias samurai tradicionales, Matsuo tuvo una educación incomparable. Además de graduarse en artes y ciencias económicas, el joven samurai había sido entrenado en aikido y arquería.
Pero Matsuo era demasiado rígido. El dolor detuvo el fluir de su vida, le quitó eso que sus maestros llamaban el requisito imprescindible: la espontaneidad.
Un dolor que estuvo desde siempre, sin memoria de cómo se había iniciado y le imponía una cortina de acero que lo separaba de sus sentimientos y emociones.
Matsuo se destacaba por su gran habilidad para los negocios, era uno de los más jóvenes y eminentes empresarios del Japón y un experto en volar halcones.
Control era su forma de vida, poder; su manera de expresarla. Matsuo estaba sólo en el mundo. Algo en su pasado lo acechaba, desde pequeño, se sentía culpable de algo que había hecho, pero no podía acordarse. Este recuerdo lo perseguía en sus sueños y era un enigma que, ni con su propio analista, podía descifrar.
Nunca se había casado y su vida estaba regida por el orden y la disciplina. Casi no tenía actividades sociales excepto aquellas derivadas del trabajo. Su relación con las mujeres era extraña, alguna que otra vez recibía las visitas de elegantes jóvenes prostitutas con las que consumía el acto casi como un deber, como si se liberara de una culpa ancestral. Era un acto frío y perverso que secretamente lo excitaba, pero siempre lo dejaba con un gusto metálico en la garganta y el corazón cerrado por reparaciones.
Luego de una comida liviana, Matsuo fue a su estudio y encendió el ordenador para observar el estado de las bolsas del mundo. Cuando Hiro sirvió el té verde, hizo una corta reverencia.
-Matsuo-san, recuerde que el próximo domingo es el tradicional pic-nic de todos los años en la villa de campo.
- Me había olvidado, Hiro. Haga los arreglos para partir el sábado temprano.
Cuando Hiro se marchó, tuvo la sensación de que la ida a la villa de campo cobraba un valor inusitado, que había un sentido oculto detrás de todo, que no podía percibir.
Terminó de ordenar unos papeles y se retiró a descansar con el sonido de las sirenas de Tokyo.
A la mañana siguiente, luego de la inefable salida a correr y sus ejercicios, Matsuo tomó un té parado frente al jardín, fué hacia la puerta, se puso el impermeable, bajó por el ascensor y se subió a su jaguar negro.
Una vez al mes, religiosamente, Matsuo visitaba a su único pariente directo vivo, Itô Haramatta. Un anciano, hermano de su padre que padecía de una enfermedad terminal y pasaba sus últimos días en una clínica especializada. En la recepción, se encontró con el médico.
-Matsuo-san, me temo que tengo malas noticias. Ito-sama tuvo complicaciones hepáticas y su estado es grave.
Matsuo sintió que un puño le apretaba el corazón, su único pariente en el mundo estaba desapareciendo.
-¿Cuánto tiempo le queda, doctor?
-No vivirá más de una semana, lo siento.
El médico hizo una reverencia y se retiró, dejándolo solo y vulnerable. Se dirigió a la habitación de Itô.
El anciano dormía plácidamente, tenía suero y medicamentos aplicados al brazo y estaba conectado a varias máquinas ultramodernas. Matsuo se acercó a la cama y se quedó inmóvil junto a su tío durante varios minutos. Al rato, el viejo se despertó y pareció reconocer a su sobrino predilecto. Le sonrió con los ojos intentando despedirse y volvió a quedarse dormido.
Matsuo no estaba preparado para perder a su tío, pensaba que la enfermedad tomaría meses o años antes de llevárselo. Salió del hospital y se subió a su Jaguar, aceleró el potente motor y bajó las ventanillas para sentir el viento frío en la cara y despertarse de esa pesadilla.
Ya en su oficina, trató de concentrarse en el trabajo, habló con los directores de varios proyectos en seis países diferentes y participó en una reunión de la sección automotores. Ya casi al finalizar entró Michiro y le dijo algo al oído.
Estaba retrasado para una cita, debía almorzar con los gerentes de una compañía americana de electrónica que querían asociarse con una subsidiaria de Itzamuo.
Llegó al elegante restaurante japonés y luego de excusarce, fue recibido por Mikado Osei, una agente de relaciones públicas que había visto docenas de veces en reuniones corporativas y que su empresa contrató para cerrar la operación. Ella lo presentó y todos se sentaron a la mesa.
Los americanos eran aburridos y hablaron de negocios. La atención de Matsuo se paseaba entre las inversiones millonarias y los ojos de Misako, que lo invitaban a acercarse. Pero él rehusaba, estaba aislado tras una cortina de inescrutabilidad y no podía responder. Se concentró en los negocios, sólo faltaba su aprobación personal ya que sus abogados y analistas le habían dado luz verde al proyecto. Consideró que las condiciones eran propicias y aceptó la propuesta.
De vuelta en su despacho, estaba perturbado. La invitación en los ojos de Misako había despertado energías que Matsuo reconocía perfectamente y que no le hacían mucha gracia.
Hizo un llamado breve, fue frío, sólo indicó su penthouse y la hora y colgó. Odiaba tener que hacerlo pero sabía que su reloj biológico no lo dejaría en paz.
Cuando llegó a su casa le indicó a Hiro que iba a recibir visitas. Para Hiro esto significaba cena privada en la terraza e irse a la cama temprano. Mientras iniciaba los preparativos, Hiro pensaba en la botella de sake extra añejo que tenía en su ropero y sonrió. Más de cuarenta años al servicio de los Haramatta y sólo había bebido en su cuarto cuatro o cinco veces. A pesar de haber servido al padre de Matsuo, siempre tuvo una debilidad especial con él. Y desde que los padres murieron, el viejo Hiro era una sombra que velaba por el cuidado de este hermético y enigmático joven.
Cuando sonó el timbre, Hiro tuvo curiosidad por saber quién sería esa noche y cuando abrió la puerta y la vió, le puso la mejor de sus sonrisas, ella era su preferida.
Alta para ser japonesa y de un refinamiento y belleza fuera de lo común, Obi-san era una criatura encantadora. Hiro la condujo hasta el privado de Matsuo y se retiró. Cuando se quedó sola, Obi-san entró al cuarto de baño y se cambió. Sabía como le gustaba a Matsuo, como una occidental. Con un vestido minifalda blanco, medias blancas de seda italiana y zapatos blancos con tacones altos.
Cuando Matsuo entró en la habitación, ella era el sueño de un dios del Olimpo, mezcla de inocencia y sexualidad, un bocado difícil de rechazar. Ella le esperaba sonriente y poco a poco, a medida que la gélida vibración de Matsuo se apoderaba de todo lo que manifestara vida en ese lugar, la sonrisa en la delicada boca de Obi-san, desaparecía como una gota de rocío con los primeros rayos del sol.
Ella lo sabía, estaba entrenada para eso. No esperar nada de sus clientes. Pero Obi-san era un caso particular. Todavía tenía ese corazón adolescente que quería enamorarse e imaginaba un idilio con Matsuo lleno de ramos de rosas. No podía estar más equivocada. Comieron sushi a la luz de las velas y Matsuo se mostraba rudo y bebía más de la cuenta.
Estuvieron en silencio un rato.
- Porqué eres tan frío y duro contigo mismo, Matsuo-san? Dijo con timidez Obi-san.
- Culpa, resentimiento, quién lo sabe? Contestó el samurai y volvió a beber una buena medida de sake.
Como un ritual que ambos conocían, Obi-san empezó a seducirlo, puso música y comenzó a bailar enfrente de él. Solamente estar vestida así, la excitaba y desde chica había sentido una atracción muy fuerte al exhibicionismo, le gustaba mostrarse sexualmente y cautivar a los hombres.
Matsuo la observó por un momento, se levantó y se acercó lentamente. Comenzó a acariciarla mientras Obi-san emitía sonidos tímidos de placer. De pronto sintió un temblor y un frío lo invadió. Se detuvo, no podía disfrutar, estaba bloqueado. Casi violentamente la llevó a la cama, Matsuo peleaba contra su propia frustración y aún así jugó con ella, fingiendo ser el amante que no era.
Le quitó el vestido e intentó una vez más entrar en un juego erótico pero era inútil, no podía sentir, esta vez los escalofríos fueron más intensos y se puso frenético. A los pocos minutos se separó de ella, hundido en su dolor.
Al cabo de un rato, Matsuo despidió a Obi-san, indicándole la caja de laca negra que estaba sobre la repisa. Como siempre ella la abrió y encontró mil dólares, como si esa fuera la cifra que Matsuo estimó lo liberaría de la culpa de tener sexo sin amor.
Obi-san, dolida, se cambió rápidamente y entre lágrimas bajó a la recepción donde la esperaba el chofer que la conduciría a su casa.
El chofer pensó que era una lástima, una mujer tan bonita pero con la inhabilidad para ser feliz y hasta se le cruzó por la cabeza que la culpa de todo la tenía el maldito dinero. Él nunca tuvo nada y sin embargo llevaba casado más de treinta años y era un hombre feliz.
Matsuo estaba sobre su cama con un piyama negro, unas lágrimas salieron de sus ojos y resbalaron por la mejilla hasta su boca, tenían gusto amargo.
El corazón de Matsuo era una cámara congelada donde no entraba nadie, un vasto paisaje desolador.
Lo único que lo reconfortaba era la ida al campo. Allí encontraría refugio para su alma perdida. A la mañana siguiente, se quedó en la cama mucho más tiempo de lo normal. Le costaba estar vivo. Se levantó y tomó su habitual desayuno; té verde con arroz y pikles y le ordenó a Hiro que había decidido partir hacia la villa de campo, esa misma tarde.
Mientras Matsuo llamaba a la oficina y consultaba los ordenadores, Hiro comandaba a los criados que corrían con valijas, canastos, libros, raquetas de tenis y otros objetos que eran indispensables para un viaje a la villa de campo.
El chofer estaba cargando el equipaje mientras Hiro le daba instrucciones al ama de llaves. Matsuo recibió un llamado de la clínica.
-Matsuo-san? .Soy el doctor Sisheda, me temo que Itô Haramatta entró en coma esta mañana y lo hemos transferido a terapia intensiva.
-Sí, doctor. Entiendo, avíseme cualquier novedad, gracias.
Se quedó un momento tratando de acomodar la noticia en algún lugar que no duela y al no encontrarlo le indicó a Hiro que era hora de partir.
El veloz 4 x 4 atravesaba la campiña japonesa. Los hechos de la noche anterior lo tenían preocupado. Antes podía disfrutar de la compañía de Obi-san y otras hermosas jóvenes que a menudo lo visitaban pero últimamente se había vuelto casi imposible. Lo asaltaba un pánico y lo invadía un escalofrío que lo desconcentraba y le hacía sentir la imposibilidad de relacionarse con mujeres. Sintió que estaba cayendo en un pozo oscuro.
Abrió la ventanilla y respiró el aire puro, habían hecho buen tiempo y decidió dormir un poco, se acurrucó en un rincón y cerró sus ojos, se quedó dormido inmediatamente.
II
Aunque había dormido algunas horas, todavía sentía jetlag del viaje desde París.
Hizako Mishamaro sentía aún los efectos del champagne de la fiesta que sus amigos le dieron en su departamento de la Rue Jeanne d'Arc. Y también estaba triste, ya que en París había pasado los mejores años de su vida. Su fascinación con la pintura la había llevado a graduarse en la Academia de Beaux Arts de París.
Hizako adoraba pintar, era el único momento en que se desprendía de su personalidad y el dolor paraba. Se pasaba días enteros en su atelier, pintando al son de la música, cuadro tras cuadro sin detenerse.
El último día en París había sido frenético, no solamente tuvo que empacar todas sus pertenencias ya que dejaba el departamento definitivamente, sino también sus pinturas que eran más de cincuenta. Su agente le había confirmado una exhibición en Tokyo y otra en Osaka y apenas había suficiente material para ambas.
Hizako sintió que por sobre todo había concluido un ciclo, y que estaba al borde de iniciar un cambio fundamental en su vida.
Egresada de Beux Arts y con una exposición exitosa, Hizako parecía integrar esa generación de artistas jóvenes japoneses que se destacaban por un talento extraordinario.
Hizako tenía una belleza especial, frágil como una muñeca de porcelana china, tenía un halo de delicadeza que envolvía a cualquiera que estuviera cerca. La gente admiraba su delicado encanto y su pureza.
Su vida en París le había abierto puertas antes ni siquiera soñadas Su independencia, el arte, la bohemia de Montmartre eran ahora parte de su vida. Hizako se había descubierta a sí misma y le encantaba su nueva personalidad. Era considerada de avant garde entre sus pares y tenía gustos excéntricos. Se vestía de acuerdo a raras escalas de colores y atuendos que otros no podían comprender. Su sofisticación era tal, que amedrentaba a los jóvenes de su edad, temerosos de lucir vulgares en su presencia, era una especie de escudo que usaba para protegerse. Era raro que Hizako no tuviera relaciones normales con hombres. Tenía siempre una gran desconfianza y no podía entregarse sexualmente. Sólo tenía amigos, cuando la amistad entraba en terrenos más íntimos, ella tomaba distancia inmediatamente.
Volvía a vivir definitivamente en Japón y tenía planes para exponer sus obras, pero percibía otra razón para su regreso, quizás relacionada con su herido corazón. Un velo denso cubría los sentimientos de Hizako que no le permitía activar su corazón
Su familia la había recibido con los brazos abiertos en la mansión de Tokyo. Su madre le informó que irían a la villa de campo en apenas unos días a pasar la consagrada semana de primavera y esto a ella le encantaba. Adoraba la casa de campo, de niña solía pasar horas en los jardines, se sentía como un hada madrina del bosque que protegía a todos los animales y plantas vivientes. Solía bajar hasta el arroyo y buscar piedritas de colores.
Moderna y anti tradicional, Hizako tenía una gracia natural, sus acciones fluían como el agua de un manantial, sin planificar. Era dulce y cariñosa y dedicada con todos los de su familia, inclusive con los sirvientes a los que consideraba especialmente, siempre atendiendo problemas personales y de salud.
Esa noche, mientras intentaba ordenar sus pensamientos, se dio cuenta de que su regreso al Japón no era casual.
Desde niña, Hizako había sido muy frágil, como si hubiera vivido un dolor muy fuerte que la dejó en estado casi de shock. Luego, con el tiempo, se recuperó aunque nunca supieron la verdadera causa de ese estado.
Se había instalado en su viejo cuarto que ocupaba cuando era niña y lo había transformado en su taller de pintura. Tenía tres atriles con canvas que pintaba alternativamente en un desorden de pinceles, pinturas al óleo, bosquejos y bandejas con restos de té y comida. Sus dos hermanos menores, Ekai y el pequeño Suki, la observaban con ojos enormes al son de música rap francesa.
-Hizako-san, estas pintando tres cosas a la vez. Me parece que todo esos años en París, te afectaron la cabeza, dijo el joven Ekai.
-No, mi querido hermano. Antes tenía la cabeza como un zapallo, como ustedes, dos zapallitos. Pero ahora mi cabeza funciona muy bien, gracias a mi experiencia en tierras lejanas.
Los niños reían mientras Hizako seguía agregando colores a los diferentes canvas en una danza graciosa y creativa.
Por la noche, Hizako se retiró a descansar. La gran casona de Tokyo le traía tantos recuerdos. Se acordaba cuando era niña y llegaba del colegio con su uniforme azul y sus trenzas largas, de su vieja nani, que la esperaba con pasteles de arroz calientes. Recordaba el jardín interior con los cerezos en flor y los diminutos árboles bonzai. Y las noches de luna llena en las que no podía dormir y salía descalza a caminar por la galería.
Su dolorosa adolescencia fue lo más difícil de superar. Hizako pasó por momentos duros. Tenía el corazón partido y lo peor de todo era que no conocía la causa de ese terrible acontecimiento, no tenía memoria de ningún incidente que la hubiera llevado a sufrir de esta manera. Ese misterio la acongojaba, la dejaba indefensa, le congelaba la esperanza.
La madre de Hizako iniciaba los preparativos para la partida hacia la casa de campo, mientras Hizako, ayudada por Suki, empacaba los óleos en impecables maletas de madera. Hizako se asomó por la ventana y vió el viejo Bentley color crema, los sirvientes cargando el equipaje en el baúl y miró el cielo, era un día espléndido para salir de viaje.
Hizako jugaba con sus hermanos en el asiento de atrás del Bentley, estaba muy excitada con la ida a la casa de campo. En esa casa, era el lugar del mundo donde se sentía más protegida y justo ahora, sentía que tenía que estar allí. Se detuvieron a la orilla de un río para tomar una merienda, Hizako y sus hermanos tiraban piedras al agua y reían. Cuando continuaron la marcha, apenas subieron al auto, Hizako y los dos niños se quedaron dormidos.
El ruido de las llantas rodando sobre el pedregullo la despertó. ¿O fue el perfume de los jazmines voladores? Los grandes cipreses adornaban la entrada de medio kilómetro hasta la suntuosa casa. La villa de los Mishamoto era inmensa, construida a fines del siglo XVII, perteneció al bisabuelo de Hizako, un noble samurai al servicio de los señores feudales, quién recibió tierras en una de las áreas más ricas del Japón.
Hizako solía perderse de niña en los interminables pasillos y vagaba sola en la oscuridad hasta que tenía que tocar un timbre para que un sirviente la venga a recoger.
El Bentley estacionó enfrente a la puerta principal de teca. Hizako salió corriendo a recorrer los jardines y el estanque con las flores de loto que recordaba de niña. Caminó por el bosque y encontró los árboles con escondites y su templo de piedras. Sabía que la villa de campo guardaba la clave para resolver su enigmática situación aunque ella no tenía ni idea de como encontrarla, confiaba en su percepción, que era aguda y en la misma existencia que la guiaría por el camino indicado.
En vez de instalarse en su cuarto de siempre, decidió por el play room de arriba que era más espacioso y así podría montar su taller de pintura junto al dormitorio. Hizako tenía horas muy irregulares cuando pintaba. Entraba como en un trance y perdía completamente la noción del tiempo. Dormía poco a poco, un par de horas como mucho y continuaba pintando.
Desde Tokyo, había enviado sus pinturas y atriles en camión y estaba todo prolijamente empacado en un rincón, el ama de llaves le había preparado un ropero extra para su ropa y todo estaba como Hizako deseaba.
Bajó a tomar un té en la galería y observó el inmaculado jardín, la tarde traía colores rosados en las nubes y el perfume de los jazmines y rododendros se adueñaba del aire.
Durante los veranos, la familia Mishamoto se instalaba en la villa de campo y fue en una de esas vacaciones, cuando tenía cinco o seis años, que conoció a sus vecinos, los Haramatta y con ellos, al joven Matsuo. Lo recordaba apuesto y fuerte y siempre se sintió atraída por su misteriosa personalidad aunque sentía una timidez inusitada, casi inexplicable cuando se le acercaba.
Tenía tantos planes, quería ponerse a trabajar lo antes posible. Necesitaba retocar al menos veinte obras antes de poder entregarlas. Después de su exitosa exhibición en París, las galerías de Tokyo se peleaban por ofrecerle una muestra. Había conseguido a la galería más prestigiosa del país, con sucursal en Osaka y la habían invitado a exponer sesenta obras de pintura al óleo. Para una artista tan joven como Hizako era un honor y estaba orgullosa de lo que había logrado.
La pintura se convirtió en una terapia, pintar era su único refugio, era su territorio de libertad privado, casi un mundo onírico donde la sensualidad y la pasión tenían forma de colores. Expresarse a través de los colores era un atributo de la naturaleza y ella sentía la misma necesidad. Si no lo hacía, la invadía una ansiedad que la asfixiaba lentamente.
Pasó el resto de la tarde deambulando por el jardín, investigando formas y texturas. Solamente en Japón, había esa clase de jardines y bosques silvestres, se alegró de estar de vuelta.
Las cigarras anunciaron el inicio de la noche mientras el clima era cálido y el aire fresco y ligeramente perfumado.
Al día siguiente, desayunaron todos en familia, todavía estaban sentados en la mesa de roble, aunque ya habían terminado. Estaban escuchando las historias de Hizako en la ciudad luz.
-El primer año viví en la casa del Japón en la ciudad universitaria, tenía un cuarto enorme con vista al jardín y todos eran muy respetuosos y buenos, pero cuando me mudé al barrio latino con una compañera, era otro mundo, conocí a pintores, escritores y artistas. Aunque pasábamos la mayor parte del día en la Academia de artes, a veces salíamos por las noches y nos divertíamos mucho.
-¿No dibujaban modelos desnudos?, Dijo Ekai antes de lanzar una carcajada que desató también la del pequeño Suki.
-! Niños!, esas cosas no se dicen, dijo la madre sin autoridad.
-Sí, pintábamos a modelos desnudos y ¿qué? El arte trasciende la moral, pero eso es algo que ustedes pequeños todavía no entienden, dijo Hizako entre las risas de los niños.
Los jardineros estaban podando las rosas blancas y el sol ya se asomaba por detrás de los altos robles, algunas vacas privilegiadas pastaban en los prados dorados de trigo.
Hizako volvió a su cuarto y puso óleos frescos sobre la tabla mezcladora, en ese momento pensó en que volvería a retomar Tai-Chi, una antigua arte marcial con movimientos lentos que practicó mucho en el Japón y que la calmaba, dándole un poco de serenidad a su tormenta interior.
III
Matsuo se despertó unos minutos antes de que la camioneta gire a la izquierda y pudo ver la entrada y la tupida arboleda de la propiedad. La villa de campo de los Haramatta tenía casi cincuenta hectáreas, una enormidad de tierra en el Japón, plantada y cultivada por generaciones de granjeros al servicio de la poderosa familia Haramatta.
Matsuo se instaló, como siempre, en el cuarto de arriba, tenía una gran terraza que daba a los jardines y baño privado. Cuando sus padres murieron, cambió todos los muebles y la decoración de la villa de campo, no podía vivir entre tantos recuerdos y encargó a un anticuario la subasta de la vasta colección de muebles, obras de arte, platería y antigüedades que la gran casa cobijó por casi trescientos años. La redecoró con estilo tradicional, aunque dejó mucho espacio vacío, cosa que lo reconfortaba, le daba más amplitud a sus pensamientos.
La vuelta en primavera a la villa de campo, le traía también a Matsuo, recuerdos de la infancia. Era un lugar ideal para pasarse horas escondido en los jardines exquisitos que rodeaban la suntuosa casa. Aunque solitario y duro como el acero, Matsuo ocultaba un rincón de calidez y dulzura que nunca expresaba ya que los códigos de honor de su tradición, no se lo permitían. Hacía más de un año, que no se tomaba vacaciones, su cargo le imponía un ritmo de trabajo impresionante y no encontraba el tiempo para descansar.
Matsuo estaba inquieto y no podía concentrarse frente a la powerbook que tenía delante que le daba información del movimiento bursátil en las bolsas del mundo, además del estado de cuenta de todas sus compañías. Se extrañó ya que todo estaba en orden, por el contrario, había alzas indicadas en sus inversiones. Como, además, no tenía ninguna relación sentimental y creía estar en control de todas sus emociones no podía entender de donde venía esa sensación preocupante.
Bajó a comer al imponente salón que tenía una enorme mesa de madera baja rodeada de almohadones, las puertas corredizas estaban abiertas y entraba una suave brisa con aroma a jazmines. Una galería interna bordeaba el jardín con un arroyo de agua que fluía entre rocas y juncos.
El jardín estaba tenuemente iluminado y mientras esperaba la comida, Matsuo se quedó mirando la sofisticada combinación de plantas, piedras, bambú y arena que le daban vida propia a ese delicado entorno.
La ansiedad se había multiplicado por mil, casi ni pudo disfrutar de la excelente cazuela de pescado que le había preparado la cocinera, ni del sake añejo y caliente.
Estaba intrigado, sabía que estaba teniendo una premonición, ya le había pasado otras veces en los negocios. Alguna vez sintió convicciones y certezas que lo llevaron a hacer inversiones donde otros recomendaban lo contrario, obteniendo ganancias espectaculares.
Cuando sus padres murieron sintió lo mismo, sabía antes de enterarse. Y una vez, durante uno de sus retiros zen, el monje residente le dijo que tenía cualidades especiales para percibir de antemano los acontecimientos.
Como todas las noches antes de acostarse, Matsuo se sentó en meditación, además de seguir la respiración con toda su atención una parte de su inconsciente estaba abierta para tratar de recibir alguna información respecto a su estado. Al finalizar la meditación, Matsuo estaba alterado, había sentido que su muerte estaba cerca.
A las cinco de la mañana, Matsuo corrió cinco kilómetros antes de ducharse y bajar a desayunar. Su rostro estaba demacrado y pálido, su preocupación se acrecentaba.
Fue al jardín, a recoger rosas para su estudio y se encontró con el viejo jardinero que lo vió nacer.
-Buenos días Matsuo-san, dijo el viejo haciendo una reverencia.
-Buenos días Daishu-san, dijo Matsuo devolviendo el saludo. Vine a buscar algunas rosas blancas para mi estudio.
Con manos expertas, el viejo jardinero cortó una docena de rosas blancas y las ató con una tira de bambú para dárselas a Matsuo.
-Quisiera una rosa roja en el medio del ramo, si no es inconveniente, Daishu-san.
Tomado por sorpresa por el extraño pedido, el viejo reaccionó a tiempo.
-No hay problema, aunque nunca mezclamos los colores, trae mala suerte, Matsuo-san, dijo Daishu mientras cortaba una rosa roja del cantero siguiente y la colocaba en el centro del ramo.
Sin entender porqué había pedido las rosas de esa manera, Matsuo se sentó con el ramo en sus manos en la galería, observando a la rosa roja resaltar entre los delicados capullos blancos.
Pidió un té verde y se quedó saboreando el sutil aroma. Por primera vez en su vida sintió miedo, lo sentía ahí mismo, en la boca del estómago, con el corazón latiendo como campanadas y una ahogadora sensación de incertidumbre. Se quedó en la galería escuchando los pájaros despedirse de la tarde y del sol y le pareció que él también se estaba despidiendo de la vida, del verde de los árboles y el azul del cielo.
Empezó a sentir un desapego inusual con las cosas de su vida, el trabajo, las pocas personas que tenía cerca. Se sentía distante, como que ya no pertenecía a la clase de gente que vive una vida normal, estaba tratando de adivinar su destino, como un ciego perdido en las tinieblas.
Al otro día, a media mañana, Matsuo se calzó el duro guante de cuero negro y salió hacia una de las casitas que estaban en el patio trasero de la casa. Abrió la jaula y sacó a una hermosa ave. Un joven halcón negro azabache, con los ojos predadores amarillos que había bautizado con el nombre de Rayo en honor a su primer halcón.
Hacía mucho que no lo veía y el ave tardó unos segundos en reconocerlo. Salió a campo abierto y cuando partió de su puño, Matsuo sintió la fuerza de sus músculos, admirando la impecabilidad del ave que sólo mataba para alimentarse.
Rayo sobrevoló la casa, dio varias vueltas y cuando su amo lo llamó, descendió suavemente y se posó en el puño firme de Matsuo, que le colocó la capucha de cuero y lo llevo a su jaula, donde le dio de comer y beber.
Por la noche, cuando analizaba unos reportes financieros, se detuvo, no le encontraba sentido. En sólo un día había perdido el interés por los negocios, que ahora le parecían una actividad banal.
A la mañana siguiente salió a la hora de siempre y corrió más fuerte que de costumbre, como empujando el límite. Tomó varias curvas peligrosas cerca del acantilado y enfilo hacia el río, bajó por la pendiente entre verdes pinos y algunos bambués amarillos.
Súbitamente, paró de trotar y se arrodilló junto al agua clara del río, tomó agua con las manos y se refrescó la cabeza, respiro profundamente y cerro los ojos.
Al abrirlos, la vió inmediatamente. Estaba del otro lado del río, sobre una roca mojada por los rápidos, era una mujer joven con un kimono negro que realizaba una lenta danza que Matsuo reconoció como una de las formas avanzadas de Tai-Chi-Chuan con ciertos nuevos movimientos incorporados. Esto lo sorprendió, ya que no podía imaginar como se podía agregar algo a las formas de Tai-Chi que el mismo Matsuo había estudiado con grandes maestros durante años.
Se quedó observando la elegante gracia de la joven mujer cuyo cuerpo parecía flotar en la roca brillante. Matsuo se ocultó detrás de unos cerezos, hipnotizado por la sublime figura y perdió noción de la realidad. Caminó por el bosque tratando de recolectar sus pensamientos. Nunca hubiera esperado sentir un impacto tan fuerte, su centro emocional se desató como una tormenta salvaje.
Cuando volvió a la casa estaba agitado y confundido, sentía que su inconsciente le estaba revelando un secreto que era mejor no conocer.
Después de ducharse, bajó a desayunar. Hiro le informó de la llegada de sus vecinos los Mishamoto y particularmente de la joven Hizako que había regresado de París.
-Ha crecido y se ha transformando en una hermosa jovencita, dijo Hiro cumpliendo su deber de cupido, mientras recogía la bandeja a medio comer.
-El domingo es la tradicional fiesta con los vecinos, me imagino que va a ir.
-Sí, pasaré a saludar un rato nomás
Matsuo volvió a su habitación y se tiró en la cama, repentinamente asoció la graciosa figura del bosque con la pequeña Hizako que ahora era una hermosa mujer de cabellos largos y negros como la noche. Todo se complicaba. A una sensación de miedo perturbadora que la asociaba con su muerte, Matsuo sentía la presencia de Hizako como parte de un acontecimiento inminente.
Su largo entrenamiento le permitía desprenderse de las emociones y del miedo y habitar su centro ecuánime y silencioso.
Pasaba largas horas encerrado en su cuarto causando la preocupación de Hiro y de todos los sirvientes que no sabían como sacar a Matsuo de la depresión en que había caído luego de ver a la joven Hizako en el bosque.
IV
Hizako estaba parada junto al gran ventanal de su atelier. Era temprano, en la mañana, miraba el cielo nublado que le daba a los jardines de la villa un tono sombrío y triste que se reflejaba en su rostro frágil y los ojos llenos de lágrimas.
Hizako vivía en un realismo cuyo tono era la tristeza, como una corriente subterránea que viajaba por debajo de sus gestos, acompañando su manierismo social y la tradicional sumisión femenina japonesa.
Era la tristeza de una amante que no pudo amar. La desoladora misión de vivir con un amor sin recipiente.
Lo que más confundía a Hizako era que ella nunca había estado enamorada de ningún joven y aunque tenía sentimientos verdaderos hacia Matsuo desde chica, sólo lo había visto tres o cuatro veces en su vida y apenas si habían intercambiado unas pocas palabras.
¿De donde venía esta sensación de tener el corazón destrozado?
Los últimos días fueron aún más extraños para Hizako, desde que llegó de París estaba sintiendo una sensación de resolución en sí misma. Como un deber ancestral que la estaba llamando a cumplir su destino. Una nueva fuerza le ganaba a la tristeza, más determinada, con más foco y precisión.
Se vistió con un kimono negro para sus ejercicios y bajó a la amplia sala, tomó un té de jazmín sentada en la galería. Recién el sol se asomaba por detrás de los altos cipreses y miles de pájaros actuaban naturalmente.
Salió a caminar por el jardín y llegó hasta la puerta de atrás, la abrió y se interno en el bosque, tuvo una rara sensación de que su pena se hacía más liviana y llevadera.
Bajó por el arroyo entre enormes piedras blancas, se detuvo a observar los delicados diseños de verde sobre el amarillo opaco de los bambúes, caminó feliz en la naturaleza. Por un instante su mente no la dividió entre esto y aquello, y durante un segundo se levantó el velo del mundo fenomenal y ella se transformó en los juncos de la orilla balanceándose con la brisa fresca de la mañana.
Se acercó a unas rocas grandes y húmedas que ayudaban a que el chi fluyera desde la tierra y comenzó la práctica habitual. Su cuerpo inició la lenta danza y en apenas unos segundos su respiración estaba equilibrada, era una expresión de armonía total.
Casi al finalizar, la rápida atención de Hizako captó la presencia de un hombre, que subrepticiamente se ocultó detrás de unos árboles para observarla. Una tenue sonrisa se dibujó en los labios de Hizako, que sabía que ese hombre era Matsuo, su vecino, que no veía desde hacía ocho años, antes de irse a estudiar a París.
Cuando concluyó el último movimiento de la forma de Tai Chi, juntó las palmas de las manos a la altura del pecho y se inclinó en una larga reverencia. Luego volvió a la casa cantando una suave melodía que entonaban los pescadores cuando regresaban del mar.
Verlo a Matsuo no la sorprendió demasiado, sabía que desde que era chica había estado enamorada de él, pero ahora la invadía una sensación de deber y una frialdad desconocida se apoderó de sus sentimientos. Hizako sabía que su regreso a la villa de campo tenía el sólo objetivo de encontrarse con Matsuo y sentía además una macabra sensación de venganza que empezaba a agitarse en sus aguas internas.
Hizako tuvo siempre una meta que cumplir, que iba mucho más allá de una carrera, o la pasión por la pintura y las artes, trascendía el deseo de exponer y ser famosa, era algo que ella nunca pudo comprender. Ahora empezaba a adivinar sus intenciones. ¿Qué era eso que la llevaba hacia un destino que no se animaba a admitir? ¿Qué recuerdos del pasado estaban conectados con ese irresistible mandato incomprendido?
Esa noche se despertó abruptamente, y aunque la luna brillaba y había una dulce calidez en el aire se sintió resuelta y dura, observó su rostro en el espejo, nunca antes había tenido esa expresión. Cada momento era la confirmación de un camino sin retorno.
Se dio cuenta de que algo venía de su inconsciente y quería revelarse. Apenas rozó el recuerdo sintió el profundo dolor en el corazón, se quedó con los ojos llenos de lágrimas, negándose al recuerdo del dolor, era insoportable.
Pasó el resto de la mañana sorda a los esfuerzos de su madre y hermanos para animarla. Estaba entrando en una nube de emociones que ella reconocía profundamente pero se resistía a investigar.
Pensó que caminar le haría bien y salió sola por el jardín, se dejó llevar por la brisa matinal, contando pequeños saltos en las rocas, como hacía cuando era niña. Bajó hasta el río y visitó las cuevas y tomó un sendero hacia el bosque. Caminó hasta un claro cuando vió al magnífico halcón volar bajo por sobre su cabeza. Lo siguió a través de un grupo de pinos verdes hasta otro pequeño claro y lo vió posarse sobre el puño de Matsuo.
Parecía un verdadero samurai, vestido de negro, con el atuendo para volar halcones con los amplios pantalones negros y la pechera y guante de cuero negro con remaches de plata. Estaba con otro hombre, mayor, que parecía ser el viejo sensei de Matsuo.
Hizako se quedó fascinada y recordó escuchar que el sensei le decía a Matsuo que ya no tenía nada más que aprender de él. Se quedó mirando al halcón tomar su presa y le dio escalofríos. Al volver Hizako sentía una nueva energía inyectada en su vida, todo empezaba a ser más claro, sus días como víctima estaban contados.
V
La tarde en que llegó la invitación oficial para el pic-nic de primavera con todos los vecinos, que consistía en un grupo de niños que traían canastas con frutos del bosque y pan recién horneado, Matsuo estaba tan inmerso en su angustia que se había olvidado por completo de este evento y reaccionó. Pensando que a lo mejor podía encontrar una respuesta a lo que le estaba ocurriendo, redactó un mensaje con el emblema de los Haramatta y lo mandó con los niños, aceptando la invitación. Enfrentaría la realidad como un samurai.
Matsuo se quedó con un gusto raro en la boca y la sensación de que la vida se le escapaba hacia un sitio lleno de tinieblas. Se quedó absorto, inmóvil hasta que vio a Hiro acercarse con el teléfono en la mano y un semblante de dolor.
- Matsuo-san….Es el doctor…. Mitzamuo…. Dijo Hiro no pudiendo concluir el mensaje.
Matsuo tomó el teléfono con los ojos de un niño desamparado.
- Haramatta. Dijo Matsuo con voz temblorosa.
- Matsuo-san, habla el doctor Sisheda…lamento informarle que Ito Haramatta ha fallecido hace algunos minutos….
- Entiendo, doctor…gracias por informarme. Me haré cargo de hacer los arreglos para su funeral, gracias otra vez.
La sensación de soledad lo golpeó de lleno en el pecho y se quedó sumergido en una angustia extraña y fría. El resto del día se quedó encerrado en su habitación observando como se había quedado solo en el mundo.
Hizako sabía que el pic-nic representaba la liberación del dolor que su corazón había infringido sin piedad sobre su delicado cuerpo, pero no tenía idea de cómo ni cuando. Algo en ella sabía perfectamente qué hacer a su debido tiempo, pero su mente consciente no lograba decifrarlo.
Faltaban tres días para el evento y los sirvientes ya habían iniciado los preparativos, colgando los primeros adornos tradicionales japoneses y preparando las largas mesas. Hizako participó ayudando con los arreglos aunque se mantenía distante y pensativa.
El día anterior al evento, permaneció encerrada en su cuarto, pintando un paisaje con un cielo cargado de nubes.
Ese mismo día, Matsuo, también estuvo encerrado en su cuarto casi todo el día, sólo miraba por la ventana, sentado sobre los almohadones negros, condenado a su propio karma. Se estaba preparando para enfrentar el momento más difícil de su vida, todos sus sentidos en estado de alerta lo confirmaban.
Cuando por fin se decidió por el traje blanco de Armani, Matsuo estaba confuso y preocupado, la inmediatez de algo muy importante le dejaba un vacío en el estómago que no conseguía llenar con té verde. Su sentido de guerrero le indicaba una sensación en el hara, debajo del ombligo que sólo sentía en combate o en situaciones de alto peligro, pero esta vez se trataba de un pacífico pic-nic con los vecinos. A su humor de samurai, no le hacía ninguna gracia.
La noche anterior no pudo dormir bien, todavía lo acechaba una sensación de impotencia ante un enemigo invisible. Terminó de vestirse y bajó al salón.
Matsuo decidió tomar el sendero del jardín ya que las dos casas se comunicaban por una puerta lateral. Caminó por el jardín sintiendo que se acercaba a la resolución del enigma, se sintió más energético cuando cruzó los árboles podados y abrió la puerta de la mansión Mishamoto.
Los invitados llegaban en coches lujosos y se instalaban alrededor de las mesas, distribuidas estratégicamente en el jardín, cubiertas con lino blanco y deliciosos bocados,
Hizako estaba todavía en su cuarto, con sus dos hermanos pequeños que trataban de ayudarla a elegir un vestido apropiado. Finalmente eligió un vestido verde claro, corto que le quedaba muy bien y la hacía hermosa como una flor de primavera.
Después de saludar a algunos invitados, caminó alrededor y se sirvió una taza de té frío. Cuando lo vió llegar desde el jardín de atrás, todo vestido de blanco, estaba radiante, sintió que su corazón iba a explotar y lo esquivó, mezclándose con unos adolescentes que estaban alrededor de una mesa, devorando exquisitos bocados de arroz, pescado, pickles y algas marinas.
La madre de Hizako recibió a su vecino y del brazo se pasearon por las mesas, saludando y haciendo mutuas reverencias. Siempre creyó que Matsuo era el candidato ideal para su única hija que ya estaba en edad de casarse y darle nietos.
Se encontraron en la galería, Matsuo venía del brazo de su madre, cuando ella apareció como por arte de magia. La madre hizo las presentaciones de rigor y luego se excusó con una suave reverencia que los dos contestaron.
Se quedaron solos y los dos sintieron el acercamiento de una intensidad que empezaba a aclarar sus propios destinos. Las palabras fluían como para cubrir una realización a flor de piel.
-Hizako-san, no te veo desde hace más de ocho años, me enteré de que te fue muy bien en París. ¿Te vas a quedar en Japón o vuelves a Europa?, dijo Matsuo casi sin pensar.
-Aún no lo sé, creo que me voy a quedar por un tiempo, me han propuesto exponer en Tokyo y Osaka. ¿Cómo está tu tío Matsuo?
Matsuo se sorprendió que ella conozca su intimidad y su dolor más personal, aunque era normal siendo vecina. Se recompuso inmediatamente.
-Ha fallecido recientemente. ¿Por qué? ¿Lo conocías?
-Sí, cuando era chica, me regalaba flores cuando venía a visitar y me decía pimpollo, era muy cariñoso conmigo, lo lamento mucho.
Caminaron hasta la mesa y se sirvieron refrescos, se habían relajado un poco aunque ambos estaban intrigados porque estaban seguros de que el otro era la clave para resolver el dilema que cada uno vivía por separado.
El sol se estaba poniendo y la tarde de primavera era perfecta y tenía un liviano olor a jazmines, más abajo en el estanque había magníficas flores de loto blancas suspendidas en el agua y parches de grandes hojas verdes creaban una alfombra natural.
Un instinto de supervivencia los retenía cerca de la casa, rodeados de gente. Ambos sabían que si se alejaban, cruzarían una frontera peligrosa, pero también sabían que tenían que hacerlo y aunque a los dos les agradaba retrasarlo, se acercaba el momento del desenlace.
A partir de ese instante, no hablaron, desde que se levantaron de la mesa y lentamente caminaron hacia el estanque donde Hizako acarició los pétalos de la flor de loto, se entendieron a través de una especie de telepatía.
Hizako señaló la casita con la pérgola sobre el otro lado del lago y caminaron juntos. Ambos sentían como una sintonía con el otro y hasta tenían los movimientos coordinados. Matsuo intuía algo que no lo hacía sentir muy bien, estaba pálido y concentrado, su angustia aumentaba a cada segundo al mismo tiempo que la de Hizako, disminuía.
VI
Llegando a la pérgola, Hizako recordaba cuando era niña y se encontraban en el muelle con los niños del vecindario y saltaban al agua, riendo y jugando ante la atenta mirada de las niñeras.
Matsuo estaba absorto marchando a su destino. Apenas conocía a esta joven y sin embargo compartían sentimientos profundos que iban más allá de la dimensión del presente. Llegaron a la pérgola y se levantó un viento extraño que duro poco y dejó el aire inquieto.
Hizako tenía otra cara, mas serena y determinada, lo miraba a Matsuo con una fría y lejana compasión. Se asomaron por la baranda del muelle, el agua del lago estaba tranquila como un espejo. Hizako tomó algunas piedras pequeñas y las arrojaba una a la vez, mientras miraban los círculos que formaban en el agua, agrandarse más y más hasta desaparecer.
Cuando le quedaba la última piedra en la mano, una profundidad descendió sobre ellos, se quedaron quietos, mirándose fijamente a los ojos, sintieron que oscurecía por un instante y entonces Hizako lanzó la piedra al aire y el tiempo pareció detenerse. Fue un momento larguísimo, antes de escuchar el sonido de la piedra
caer al agua.
Matsuo se dio cuenta que había llegado el momento que estaba esperando durante días, le pareció que todo giraba y vio a Hizako acercarse deliberadamente hacia él.
Se acercó lentamente y siempre mirando el negro de sus ojos le dio un suave beso en la boca. Matsuo sintió como una corriente de alto voltage que lo golpeaba al tomar contacto con los labios de Hizako, tuvo un fuerte estremecimiento y se desvaneció.
Cuando volvió en Sí y miró a su alrededor, tardó unos minutos en comprender lo que había ocurrido. El beso de Hizako lo había transportado al pasado, doscientos años atrás, al Japón feudal. Matsuo era un alto samurai al servicio del Shogun. Hizako, una hermosa doncella comprometida con otro hombre. Ellos se amaban desde jóvenes ya que compartían las viviendas detrás de la casa imperial. Hizako estaba en edad de casarse pero Matsuo era joven y casarse le arruinaría las perspectivas de trabajo como samurai de alto rango así que la pobre Hizako, perdidamente enamorada de él tuvo que aceptar, presionada por sus padres, la propuesta de un rico comerciante de arroz sin entender por qué Matsuo no la reclamaba.
El beso de Hizako lo transportó a ese preciso momento en que Hizako partía a encontrarse con su prometido y se miraron. Ella hubiera dado su vida por quedarse con él y al ver que el palanquín se ponía en movimiento y Matsuo no reaccionaba, sintió que su corazón se rompía para siempre.
Matsuo sabía que tenía poco tiempo para apreciar lo que había hecho, el rostro de Hizako expresaba un dolor terrible que él había provocado. Horrorizado por su propia frialdad, se le caían lágrimas llenas de culpa al ver el palanquín con guardia de samurai, atravesar el puente y alejarse.
Una bruma vertiginosa lo envolvió y parecía traerlo de vuelta al presente,
A Matsuo le pareció que estuvo como una hora fuera del tiempo cuando volvió en sí, parado en la pérgola junto a Hizako. En ese momento sintió el plop que hizo la piedra al caer al agua y comprendió que todo había ocurrido en una milésima de segundo.
El deshonor que vivió Matsuo fue tremendo, no podía mirar a Hizako a los ojos, estaba avergonzado y humillado por su cobardía y falta de amor.
Juntos y en una silenciosa armonía, caminaron sin decir una palabra hasta el jardín de los Mishamoto.
Matsuo sentía su cuerpo flotar y los sonidos le llegaban desde muy lejos. Los dos sintieron un alivio, el tiempo se aclaraba e Hizako sintió una extraña sensación de satisfacción...
Al llegar a la galería que rodeaba la casa, los dos hicieron una reverencia larga y pausada
-Gracias por hacerme acordar, me había olvidado, dijo Matsuo mirando hacia el suelo.
-Yo no me acordaba, fue mi corazón...discúlpame Matsuo-san.
Otra vez se inclinaron frente al otro y ella desapareció tras la puerta de vidrio. Matsuo caminó hasta el jardín y se dirigió a la puerta lateral. Se sintió liberado. Su instinto de guerrero tenía razón cuando había presentido la muerte.
En vez de dirigirse hacia la casa, tomó hacia el arroyo y se sentó en una roca mientras observaba el agua cristalina buscar su camino entre las rocas. Sabía lo que le esperaba, lo había estado presintiendo durante varios días, pero jamás se hubiera imaginado que su falta venía de una vida pasada. Ahora entendía muchas emociones que tenía cuando era chico y la extraña relación que siempre tuvo con Hizako, cargada de culpa.
Después de meditar unos minutos decidió su destino final con un desprendimiento y serenidad dignos de un noble samurai. Caminó lentamente hacia la casa y fue a la casita de los halcones. Se despidió de rayo y le dejó la jaula abierta al partir, el halcón se quedo mirando la puerta de la jaula abierta y a su amo alejarse sin guante y su instinto animal comprendió que algo estaba mal.
Matsuo subió las escaleras y se detuvo en el entrepiso, donde estaban colgadas las espadas samurai heredadas de su bisabuelo, estaban hechas con el metal más noble que existía en la tierra. Tomó la katana más pequeña con las dos manos y se encaminó hacia su habitación.
Matsuo acomodó todos los elementos con una atención total. Colocó la katana sobre El amohadón pequeño con el mantón blanco, enfrente a él, preparó el altar con la estatua del Buda y prendió velas e incienso. Se dio una ducha fría y se puso su mejor kimono de seda estampada. Se sentó en meditación durante varias horas hasta que el sonido de los pájaros lo sacó del vacío pacificador y le dio la única opción que le quedaba.
Con total serenidad, Matsuo desenvainó la afilada katana y el noble metal brilló a la luz de las velas en el preciso instante en que el grito de libertad de Rayo estremecía a los sirvientes cuando sobrevolaba la casa.
Hiro estaba preocupado por el estado de Matsuo y cuando esa mañana tampoco bajó a correr, pensó que debería hablar con algún doctor para que trate a su patrón que estaba pasando por momentos difíciles.
Cuando subía las escaleras con la bandeja del desayuno y llegó al entrepiso y vió que faltaba una de las espadas samurai, lo invadió un miedo paralizador. Sabía que esas espadas nunca se tocaban, a excepción de un caso de vida o muerte.
Hiro dejó caer la bandeja y corrió escaleras arriba. Con manos temblorosas abrió la puerta y vió el cuerpo sin vida de Matsuo, que había cometido seppuku, suicidio ritual, y estaba con los ojos abiertos y una expresión de paz.
Hizako viajaba en el asiento de atrás del Bentley, con sus dos hermanos, estaba callada, perdida en sus propios pensamientos.
Finalmente habían concluido los servicios fúnebres de Matsuo, que a pedido suyo, en una carta encontrada por Hiro, solicitaba ser cremado en su propiedad y que sus cenizas sean esparcidas al viento, en el arroyo lindero a la casa.
Hizako presenció la ceremonia y se sintió apenada de que era necesaria la pérdida de una vida para liberar a otra, pero entendió que eran las leyes del universo y aceptó humildemente los acontecimientos.
Finalmente se había liberado de su dolor, se sentía nueva, sin cuentas pendientes y con toda una vida por delante.




